Opinión

08-12-2023 12:32 - El Sanatario de Ariel Prat

Sin lavaplatos

Primera parte de un relato deliberadamente subjetivo, pleno de reminiscencias sonoras y búsquedas de esos momentos felices y de aquellos no tan felices. 

Por Ariel Prat
Por Ariel Prat
08-12-2023 | 12:32
Telam SE

A Vicente le gusta fregar los cacharros a mano en la cocina. No hay forma de que use el lavavajillas incluso cuando vivía años atrás en España y teniendo aún el artilugio en las existencias hogareñas no lo usaba jamás.

Es su momento de entrega a una actividad íntima y lo usufructúa para reflexionar, incluso sobre sucesos que tal vez pasaron hace años en los que también solía estar lavando en la cocina, recordando otros momentos hasta sospechando de una especie de déjà vu. Entonces intenta recordar aprovechando ese convite íntimo, de donde, cuando y como tal cosa. Definitivamente, fregar es un alto momento de abandono y pensamiento. Los ruidos o conversaciones en la casa dejan de existir. Vagos efluvios de lo cotidiano en forma de ecos suenan para Vicente, que a veces persiste en el acto de repartir ordenadamente la vajilla y los vasos o las ollas por cada sector destinado a ellos obsesivamente.

Le resuenan voces indefinidas que aún retiene en un punto de sí mismo y se pregunta acerca del origen de tales reminiscencias sonoras, intentando recordar si son momentos felices o apenas señales de un pasado sentimentalmente caprichoso y puramente de amarre a lo que ya no volverá a pasar. De ahí salta a repasar años y una parte de lo que él considera fundamental, que es el fragmento sustancial de cuando conoció a la madre de su hija. Nunca tiene claro si realmente fue una buena etapa de su vida, si la amaba realmente o en definitiva al menos desea resolver cómo era su vínculo con ella para que finalmente naciera Sofía, su hija amada. Desde la ciudad lejana a su punto de partida, todo se transformaba en un puente de luz caprichosa e intermitente pero brillante como un faro en donde marineros alucinados chocaban con tenacidad suicida.

No es esta la mera historia de Vicente con su intimidad de cocina, no, pero evidentemente para él se trata de un momento de tenaz búsqueda de lucidez en una vida que no le resulta fácil llevar, aunque la fortuna muchas veces ha estado de su lado; es su vida un día a día. Eso y la intuición animal desarrollada notablemente, le procuran un transcurrir más o menos agradable y hasta en cierto modo interesante.

Ya de pibe supo que el destino le deparaba más tiempo de vida. Una bala a su rodilla que no era perdida de un alterado vecino que ponía en fuga a él y a sus compañeros de juego luego de varios intentos de persuasión para que abandonaran la puerta de su casa a la hora de la siesta; le dio de rebote. Tranquilamente pudiera haber acertado en otra parte, en el abdomen o en el pecho, pero giró veloz saltando a tiempo, logrando que pegara ahí. El segundo disparo paró en un árbol y el que le diera a él pegaba en el mejorado de la calle primero hasta hacer impacto en su rodilla izquierda como un golpe seco que le quemó la carne hasta el hueso. Aun así, logró corretear rengueando hasta un descampado cercano. Sus amigos habían volado dispersos por vaya a saber dónde en los terrenos despoblados. Su madre nunca supo que fue una bala, un cohetazo, sino que compró el relato de una caída en medio de un picado. La inseguridad en ese barrio humilde no pasaba de rencillas domésticas y hasta recuerda herido incidentes habituales parentales en su casa, hundido en la situación familiar.

Muchas veces pensó en escribir sobre su vida. Pero el tiempo de vivir era al mismo tiempo el ímpetu que le arrastraba por fuera de la percepción absorbente de la escritura.

¿Por qué no haber atrapado esos momentos de una forma más fuerte, quizá un amarre de modo armadura, un escudo anti melancólico que en los momentos de alcohol intenso aflora intolerante y a veces castiga al entorno que en definitiva es castigarse, sufre hasta cuando lo menta allí mismo entre los ruidos ajenos de platos calientes sobre el plástico ordenador? Todo le suena como disparos en la noche de perdidos eslabones de la jungla conurbana. Esa inconformidad ante la poca retención de los momentos claves o sutiles que dejan la marca como un chupón en la memoria, tatuado en donde el deseo siempre impredecible se presenta aunque desea intuirlo como una clave a un tesoro inmaterial. Vicente no logra quedarse piola como la vieja canción de los sesenta. Todo es disparos en los huesos de lo sentimental que intenta separar reprimiendo a una melancolía intolerante.

(continuará...)

Besos de esquina y abrazos de cancha.

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