Espectáculos

04-08-2023 08:06 - Más allá de los algoritmos

¿Para qué sirven hoy los festivales de cine?

Figuras hollywoodenses se bajaron del Festival de Locarno en solidaridad con la huelga del sindicato de actores, y lo mismo podría ocurrir en Venecia, Toronto y San Sebastián. La Berlinale anunció un fuerte recorte presupuestario para 2024. Al mismo tiempo hay que admitir que muchos festivales han perdido relevancia cultural, comercial e interés mediático.

Por Diego Batlle
Por Diego Batlle
04-08-2023 | 08:06
La alfombra roja de los grandes festivales europeos no tendr tanto glamour ni estrellas este ao Foto Archivo
La alfombra roja de los grandes festivales europeos no tendrá tanto glamour ni estrellas este año. (Foto: Archivo)

Esta columna está escrita desde el amor, jamás desde el desdén o la indignación. Cubro de manera ininterrumpida festivales como Mar del Plata desde su regreso en 1996, el BAFICI desde su creación en 1999 y Cannes desde que asistí por primera vez en 2001.

Gracias a los festivales he viajado por los más recónditos lugares del mundo, descubierto obras maestras, conocido a artistas y colegas de enorme talento. No tengo nada que reprocharles y sí mucho que agradecerles. Sin embargo, hoy los festivales están en crisis y, si uno quiere a algo o a alguien, es mejor plantear los problemas antes que hacerse el distraído y que todo siga “en piloto automático”, como si nada pasara cuando las turbulencias son evidentes.

En los últimos días se anunciaron importantes recortes presupuestarios en la Berlinale que obligaran a reducir las dimensiones de la prestigiosa muestra alemana ya para su edición de 2024; figuras como Cate Blanchett, Riz Ahmed, Stellan Skarsgård, Molly Gordon y Ben Platt se bajaron del Festival de Locarno, que comenzó esta semana, por la huelga del sindicato de actores (SAG-AFTRA) que impide a todos sus afiliados cualquier tipo de actividad promocional; y lo mismo podría ocurrir en las próximas semanas en Venecia, Toronto, Telluride y San Sebastián si antes no se llega a un acuerdo con los estudios y productores.

Pero, más allá de cuestiones coyunturales (crisis económicas, conflictos gremiales), lo cierto es que los festivales han perdido en muchos casos relevancia cultural, incidencia comercial e interés mediático.

Hasta hace algunos años el afiche o spot de una película que incluía una Palma de Oro (premio máximo de Cannes), un León de Oro (Venecia), un Oso de Oro (Berlín) o incluso un galardón menor obtenido en alguna otra muestra concitaba el interés de un nutrido segmento de cinéfilos. Hoy la mayoría pasa inadvertida por un puñado de salas o, peor, ni siquiera se estrena.

El destino habitual es, en el mejor de los casos, alguna plataforma de streaming de nicho como MUBI u otras más populares donde quedará sepultada por los algoritmos que jamás se las recomendarán a los usuarios.

Los festivales, es cierto, siguen siendo una de las plataformas de lanzamiento preferidas para que muchas películas valiosas y audaces se den a conocer al mundo, pero cada vez hay más producción, más muestras, menos público y una cobertura más limitada por parte de los medios masivos. Y, con un circuito de cine de autor cada vez más reducido, la mayoría se contenta con recorrer el camino de las muestras nacionales e internacionales para luego llegar a un estreno comercial efímero, casi testimonial. Así, cada vez más el alcance de esos films se limita a un selecto grupo de programadores y críticos, y a un público muy especializado y minoritario.

Los organizadores de los festivales siguen probando, intentando y, en muchos casos, copiando las iniciativas que han implementado con algún suceso sus competidores. Se amplificaron las ayudas a las producciones en proceso, se incorporaron las series, se potenciaron los asociaciones con ámbitos juveniles para explorar nuevos públicos (Cannes con la red social TikTok, por ejemplo), pero por el momento ninguno parece haber encontrado la manera de trascender las viejas fórmulas del glamour de la alfombra roja, el foco puesto en su competencia principal y un cierre con los premios finales.

Menos presupuesto, más recortes


Los festivales cada vez tienen menos auspicios de empresas privadas y de fondos públicos. La  “víctima” más recientes de esta tendencia es la Berlinale, uno de los festivales más prestigiosos, influyentes y mejor organizados del mundo. Con un presupuesto que llegó a ser de 32 millones de euros, se convirtió en un lugar insoslayable a nivel artístico y comercial, ya que en simultáneo se realiza en la capital alemana el European Film Market (EFM), uno de los mercados audiovisuales más importantes del año.

En las últimas horas los organizadores de la Berlinale informaron que el financiamiento público se reducirá en casi una tercera parte y que, por lo tanto, achicarán la programación de los 287 títulos que tuvo este año a unos 200 en 2024.

Todas las secciones del festival, con la excepción de la Competencia Oficial, tendrán menos películas, según confirmaron el director artístico Carlo Chatrian y la directora ejecutiva Mariëtte Rissenbeek, y dos apartados directamente desaparecerán: Perspektive Deutsches Kino, que presentaba lo mejor del nuevo cine alemán de cada año; y Berlinale Series, dedicada precisamente al estreno mundial de series. La segunda competencia oficial, Encounters, y las secciones paralelas Panorama, Generation, y Forum se mantendrán a pesar de los citados recortes.

“Teniendo todo eso en cuenta, debemos introducir ajustes estructurales para crear una base presupuestaria estable para la organización e implementación de la Berlinale en el futuro. Este proceso trae consigo la oportunidad de optimizar la presentación y percepción de las películas invitadas utilizando un programa más enfocado”, indicaron los responsables del festival en lo que parece una justificación y admisión de la crisis más que un paso adelante.

Si los recortes se sienten en Europa en general y en Alemania en particular, qué les queda entonces a los frágiles festivales latinoamericanos, incluidos los locales BAFICI (que luego de la pandemia ha tenido ediciones con menos películas, salas y público que en sus épocas de gloria) y Mar del Plata (que también depende en buena medida de las raleadas arcas del INCAA para su financiamiento).

Si al imperio del streaming hogareño y a la crisis de las salas de arte se le suman ahora festivales con menos días, menos títulos, menos funciones, menos invitados y una audiencia cada vez más limitada, el horizonte luce a todas luces preocupante y desesperanzador.

Muchos irán languidenciendo en el futuro y otros -los más preparados, los más inteligentes, los más sensibles, los que mejor sintonizan con los profundos cambios en el consumo y las necesidades de su público- sabrán reciclarse, adaptarse o directamente reinventarse para seguir siendo una fiesta del arte y una celebración de la comunión cinéfila.

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