Cultura

14-05-2023 18:06 - narrativa

Marina Closs: "Tratar de ser sincera es casi mi verdadero oficio. No realista, sino sincera"

En "Pombero" la autora reúne cuentos que cruzan las tradiciones con lo imaginario y refelxionan sobre la construcción de un a identidad.

Por Dolores Pruneda Paz
Por Dolores Pruneda Paz
14-05-2023 | 18:06
Marina Closs Foto prensa
Marina Closs. /Foto: prensa.

En el libro de cuentos “Pombero” la escritora misionera Marina Closs vuelve a transitar el cruce entre lo imaginario, la mitología y la religión de pobladores originarios y conquistadores, para reflexionar sobre la construcción de una identidad sincrética, dada tanto desde la autopercepción de sus personajes como por aquello que escapa de su control.

Son textos poderosamente cadenciosos, recitados, que a partir de la repetición permiten transformar realidades o hacer reales identidades que antes no existían. Si los títulos de los siete cuentos que forman el “Pombero” publicado por Páginas de Espuma se leen encadenados, saltando los nombres de los protagonistas que aparecen entre paréntesis en cada uno de ellos, queda: “Si yo fuera alguien/ No sería/ Esto /Nunca y tampoco/ Lo otro/ Quizá mejor/ Casi nadie”.

El libro trae un subtítulo sugerido, no en la tapa, sí en la apertura de las primeras páginas, donde debajo de “Pombero” -ese ser mágico y maligno, duende cuidador de la naturaleza a la vez que asesino de niños y violador omnipresente en el folclore del litoral, del que Mariana Enriquez señaló una vez su extrañeza de que no tuviera literaturas dedicadas a él-, se lee “Alguien, uno solo o nadie”.

La inmersión en la infancia pareciera también vincular estos relatos desde un lugar hermoso, porque cuentan infancias no sacralizadas, desromantizadas. Está la vergüenza de la niña casada Dunka y el goce inocente y festivo que descubre junto al cuerpo de otros niños; están los alumnos de María das Luzes, macumbera, que no la obedecen como los varones adultos y que tampoco son capaces de sentirle lástima; o el relato desencantado de Juan Pablo Jabalí Yalopi, devenido de la cosmogonía qom y wichi rescatada por Orlando Sánchez y Ernesto Avendaño.

La autora

Nacida en Misiones en 1990, Closs es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y publicó entre otros libros “Tres truenos”, Premio Fondo Nacional de las Artes, finalista del español Finestres; “Álvar Nuñez: trabajos de sed y de hambre”, Premio Angélica Gorodischer; “Monchi mesa”; “Tascá Skromeda” y “La despoblación”, Con “Pombero” fue finalista del reconocido premio narrativa breve Ribera del Duero.

“Todos los relatos contenidos en este volumen son obras de ficción” y se nutren “de textos y formas orales propias de mi territorio y no tiene otra pretensión de realidad que la de alzar una pequeña voz de miedo antes el tiránico español monótono”, advierte Closs al final de “Pombero”, libro que habla también de reconocerse y experimentarse.

La atracción que ejerce sobre su obra la Conquista y la religión vuelve a tejer los hilos de escritura. “¡Todo vuelve siempre!”, dice a Télam la escritora que pareciera haber trabajado sobre la identidad desde el cruce con otras lenguas y relativizando la idea de autopercepción, como si sobre estos cuentos gravitara la noción de que una persona se construye no solo con aquello que la identifica sino también con lo que está fuera de su control.

“Hay una cosa que, en la vida, se aprende. Y es: a no mirar la cara de la gente, dejar que lo que escape del otro pase por al lado de nosotros, sin volver hacia eso la mirada. Olvidarlo ahí, dejarlo ser. Es una cordialidad entre nosotros”, dice Rosita, la estilista trans que no se reconoce en su madre, quien se pregunta, en lo que suena más a una demanda clasista que de género, por qué transformó el Alfonso en Alfonsina, si en la familia no hay nadie con el nombre de Rosa.

Eso que está en la cara pero no es la cara, el gesto que escapa a la expresión, está también en la delicadeza de los rasgos de la abuela japonesa que su nieta intenta conservar cerrándole la boca cada vez que se duerme con la cabeza echada hacia atrás en el sillón, un rostro que se va volviendo más denso y asombroso a medida que se acerca a la inexpresividad de la muerte; o en el Pombero que come niños y cuida pájaros, y que cada quien reconoce según nociones y percepciones propias y subjetivas.

-Télam: ¿De qué maneras lo identitario está en el interés de tu escritura?

-Marina Closs: Está ese contraste entre lo que sea que uno es y todos los rasgos que uno simplemente hereda o desarrolla un poco sin pensar y sin querer, características que a veces uno casi padece. ¿Eso es parte de la identidad? ¿Lo ajeno que nació con nosotros? ¿Los accidentes son parte de la identidad? ¿son un destino? La identidad ¿qué es? ¿accidente o destino? En el caso de Rosita, está sobre todo esa cuestión de hacerse “un cuerpo verdadero”, darse “un nombre verdadero”, concentrándose en el afuera, digamos, en el maquillaje, los nombres, los apodos, las pelucas. Crearse su propia exterioridad. Porque quizá buscar lo propio en el exterior parece tan natural (¡o tan absurdo!) como buscarlo en los propios rasgos.

-T: ¿Hubo una intención de enfocar parte de la mirada en la infancia en estos cuentos?

-M.C: No sé si una intención. Para mí, hablar de la infancia es una especie de naturaleza. Yo creo que porque ahí todo está más desnudo, más crudo, es más cruel. A la literatura le viene bien todo eso. Para mí, tratar de ser sincera es casi mi verdadero oficio. No realista, sino sincera. Y creo que la infancia me ayuda, es sincera casi por impotencia.

-T: ¿De dónde vienen estos cuentos donde los personajes necesarios son niños en situaciones donde no se suele leer a los niños?

-M.C: Es que creo que mis personajes adultos también están atrapados en la confusión (la sinceridad) de los niños. Entonces siempre hay espacio para eso. La niñez está imantada.

-T: Como en “No sería (Dunka)”, que podría ser un cuento de iniciación pero habla más de la tristeza de la retirada de un lugar de gracia -la inocencia, el paraíso, la infancia-, de un pasaje de lo liviano a lo denso.

-M.C: Sí, sí, ella deja de saber qué hacer. Deja de imaginarse que puede hacer algo, incluso. Y eso no es un comienzo, es mucho más un final.

-T: Esa misma luz que enfoca la infancia de personajes parece iluminar maternidades contra-hegemónicas, como la de María das Luzes y su “amor bobo” hacia los niños, sin la idea jerarquizada de que se es madre si se gesta en útero propio o ajeno con genes o finanzas propias y contra una actualidad biologicista donde el deseo de gestar parece ganarle al de crianza.

-M.C: Creo que no hubo tanto un deseo de exploración de maternidades posibles, más bien era el deseo de que María das Luzes encuentre a su pequeña criatura, que no tenía porqué nacer de ella, o que podía nacer de sus rezos raros más que de su cuerpo, algo así.

-T: Otros dos protagonistas de estos cuentos podrían ser la familia y el monte.

-M.C: Creo que en un fuera de foco esos serían los protagonistas. Al mismo tiempo, la mayoría de los personajes están tratando de ser focos y poder dejar todo eso en el fondo. Pero es verdad que a veces los fondos se los tragan.

-T: ¿Dónde situás el comienzo de tu amor por la literatura?

-M.C: Creo que mis primeras lecturas coinciden con una especie de “miedo a dormir” del que sufrí mucho de chica. Era miedo a dormir mezclado con miedo a no dormir, las dos cosas me parecían igual de amenazantes. Y mi mamá decidió que yo no tenía que acostarme pensando en dormir (o no dormir), tenía que distraerme con algo, acostarme pensando en otra cosa. Así que me llevó a comprar mis dos primeros libros. Y uno era una especie de manual para niños con miedo. No era muy útil. Como solo tenía dos libros y ninguno era muy alucinante, también decidí empezar a leer la Biblia (que era uno de los libros que estaba siempre dando vueltas por mi casa). Yo pensé que eso me sacaría el miedo. Pero, claro, ¡no! La Biblia es terrorífica.

-T: ¿Qué estás leyendo ahora?

-M.C: Estoy leyendo a José María Arguedas en medio de ataques bizarros de ansiedad, desesperación, desolación, tristeza y euforia extremas.

-T: ¿En qué estás trabajando?

-M.C: En una especie de ensayo, un invento para ver si algún día voy a poder hablar de mí.

-T: ¿Cuál es tu definición de literatura?

-M.C: Es como las formas de los remolinos en el agua. Una prueba de que el flujo y el caos (o las mentes de los seres humanos) tienden naturalmente a la forma.

-T: ¿Qué de esas creencias populares y religiones que tanto captan la atención de tu escritura se cuelan en tu forma de escribir? En decir, no importa que estos relatos se nutra de magia y leyendas, el libro entero empieza a sonar a grimorio, cada cuento a una forma de hechizo.

-M.C: Siempre hay algo de conjuro, creo, a la hora de escribir. Como si uno tuviese que hacer llegar las palabras de una forma exacta y correcta. A eso creo que me refiero con lo del remolino, hay una forma que pareciera producirse por el puro movimiento y que no es voluntaria, pero no deja de ser, extrañamente, una forma reconocible: con una lógica, una coherencia. Pero es una forma de concentrarse y permanecer que está dictada al mismo tiempo por la fuerza de seguir. Porque es lindo salir del hechizo. Creo que Doris Lessing dijo algo así como que lo que la hacía verdaderamente feliz era “ya haber escrito”.

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