Opinión

06-03-2023 11:46 - El punto crítico...

Desparpajo

La importancia de posición argentina de impulsar la solidaridad y el respeto a la autodeterminación de los pueblos, en medio de un mundo cruzado por el conflicto entre Rusia y Ucrania y la manipulación informativa de los más poderosos. El posible ingreso del país a los BRICS.

Por Hernando Kleimans
Por Hernando Kleimans
06-03-2023 | 11:46
Foto AFP
Foto: AFP

Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?          (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?)
Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?                           (¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros?)
Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?                    (¿Cuándo acabará esta desenfrenada osadía tuya?)


En el año 66 antes de nuestra era Marco Tulio Cicerón, cónsul de la todavía república romana, con estas palabras se enfrentó en el senado con Catilina, un inescrupuloso conspirador que, junto con algunas legiones, intentaba hacerse del poder respaldado por los patricios de Roma. Su encendido discurso fue la expresión de una nueva clase de terratenientes y productores agrarios, hartos de la corrupción y arbitrariedad imperante en la gran urbe.

Catilina terminó suicidándose. Poco tiempo después, Cayo Julio César asumió el poder supremo, convirtiéndose en emperador. La Roma republicana dejaba paso al omnímodo dominio de un hombre y sus generales. La insuficiente democracia patricia poco pudo hacer ante quien por todos los medios procuraba la autoridad suprema.

La Real Academia Española define el término “desparpajo” como la “suma facilidad y desembarazo en el hablar o en las acciones”. En otras palabras, la envidiable capacidad de mentir y falsear la realidad sin que quienes lo hagan sean castigados y, por el contrario, mantengan sus privilegios.

Este desparpajo, del que se valió Catilina hace más de dos mil años para intentar apoderarse de Roma, es el mismo que utilizan ciertos manipuladores del poder, propios y extraños, para ocultar o deformar el verdadero curso de los acontecimientos, enmascarar sus propios intereses y seguir saqueando las riquezas locales y foráneas.

Proclaman la defensa de la independencia de la justicia cuando son sus principales patrones. Disfrazan sus graves delitos económicos y los presentan como un aporte a la salvación de la Patria. Comprometen la soberanía de la Nación saqueando su patrimonio y sus recursos.

Se respaldan en el temor, la ignorancia y la falta de reacción por parte del habitante común, que no alcanza a asumir la dimensión del saqueo, imposibilitado de acceder al verdadero delito, atacado por una omnipresente maquinaria de desinformación y privado de alternativas que destruyan la malversación de la conciencia social.

Esta manipulación de la realidad es un coherente relato tanto en lo interno como en lo externo. Sus modus operandi son los mismos: descalificar hechos y actores, suplantar la verdad por su falsificación, presentar los intereses particulares como los generales y arrogarse el exclusivo dominio de la sociedad.

El peligro actual es que este desparpajo de los grupos de poder, en un tiempo nuclear, puede conducir al apocalipsis final. Los intentos de imponer “su” visión y “sus” dictados por parte de estas elites, si no son desactivados a tiempo, conducirán a la Humanidad a su destrucción. El paranoico extrañamiento de la realidad por estos grupos incluso les impide comprender que ellos serían los primeros en ser exterminados.

Quienes hemos vivido tiempos de la “guerra fría” atravesamos episodios alarmantes como la crisis de los misiles en el Caribe, en 1962. El mundo se había prácticamente detenido ante el temor del enfrentamiento atómico entre los dos campos antagónicos. Además de la limitación tecnológica que de cualquier forma dificultaba el conflicto, hubo dirigentes lúcidos que lograron apagar el fuego. El líder norteamericano John Fitzgerald Kennedy y el soviético Nikita Jruschov entendieron que había una línea que no debía ser cruzada.

Hoy, el conflicto en Ucrania acaba de cumplir un peligroso año y nada indica que se extinga en un plazo a la vista. El bloque anglosajón sigue saturando de armas al régimen de Kíev, cada vez más infectado por el neonazismo. Rusia mantiene el esfuerzo bélico en el Donbass y el sur de Ucrania que, durante el imperio zarista era conocido como Nueva Rusia.

En Washington los “halcones” empujan una escalada “a todo o nada” incentivando la hostilidad con China. En Rusia, las voces que alientan la grandeza imperial y el papel mesiánico de Moscú son cada vez más fuertes. El cuadro no se limita al enfrentamiento bélico. Más aún: tanto en el Pentágono como en el Ministerio de Defensa ruso se sienten desbordados por esas arengas políticas. A orillas del Potomac o en la costanera de Frunze sobre el río Moscú hay quienes comprenden la imposibilidad de plantear una escalada nuclear. En ambas partes está faltando el Cicerón que pregunte hasta cuándo los portavoces de los complejos militares seguirán “abusando de nuestra paciencia”.

¿Cuáles son las premisas existentes para poner fin al desvarío nuclear? ¿Cómo se pueden evitar más muertes, más destrucción de la civilización mundial en nuestro siglo XXI, al que habíamos pensado como el del gran desarrollo humanístico?
Es elocuente que las iniciativas de paz más poderosas las hayan planteado el Papa Francisco, Beijing y… Elon Musk. Desde luego que cada una de ellas tiene un sentido único. Francisco apela a la fraternidad humana, Beijing tiene el soporte del nuevo mundo multipolar, Musk es el mercado.

Todas coinciden en el respeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos. Todas apuntan al papel determinante de la Organización de las Naciones Unidas. Todas convocan a desarmar la estructura de antagonismo y confrontación armada por los grupos monopólicos del poder para evitar, principalmente, el ejercicio de esa soberanía y esa autodeterminación.

El episodio bélico ucraniano no es más que una mecha encendida sobre un barril de pólvora. En sí mismo, la importancia estratégica mundial está dada por el enfrentamiento entre dos concepciones del orden mundial: la obsoleta unipolar que sanciona o interviene a diestra y siniestra, y la incipiente multipolar, que todavía requiere un proceso de asentamiento y regulación de posiciones encontradas.

Por un lado el desparpajo neocolonial que, por ejemplo, exhibe la generala Laura Richardson, titular del Comando Sur de los EE.UU. (Caribe y América Latina, ¡¿?!), con gran experiencia en Afganistán e Irak, quien afirma con toda precisión, claridad y sin eufemismos la decisión norteamericana de defender “sus intereses” sobre los recursos naturales de América Latina: litio, hidrocarburos, agua potable.

Por el otro, la decisión de no suministrar armamentos a Kíev declarada por los gobiernos latinoamericanos, o la determinación de fortalecer políticamente los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghai, con nuevos miembros como la Argentina, Turquía, Irak o México.

Nuestro continente es una tierra de paz, una fuente inagotable de recursos y una población solidaria y fraterna. La reciente propuesta mexicana para definir una política continental común contra la inflación es una clara evidencia de este carácter de Patria Común. La defensa de los gobiernos democráticos en Bolivia y Perú fortaleció la imagen institucional de nuestras naciones. En esa misma dirección, América Latina tiene que reinstalarse como promotora de la paz y la distensión.

La Argentina y México en 1984 fueron creadoras del Grupo de los Seis, que incluyó a Suecia, Grecia, la India y Tanzania, cuyo objetivo fundamental era lograr esa distensión. En enero de 1985, en la cumbre de Nueva Delhi, el presidente argentino Raúl Alfonsín, sus pares mexicano Miguel de la Madrid Hurtado y nigeriano Julius Nyerere, el primer ministro hindú Rajiv Gandhi, el primer ministro sueco Ingvar Carlsson y el primer ministro griego Andreas Papandreu condenaron el armamentismo y la escalada atómica y proclamaron la necesidad de dar "los primeros pasos concretos que nos alejen de la amenaza que pone en peligro la supervivencia de la humanidad".

Hoy América Latina tiene que reafirmar su condición de promotor de la paz. El presidente brasileño Lula da Silva convocó a conformar un comité internacional de la paz. La Argentina tiene que unirse a esa iniciativa, sin discriminaciones y sin temores. La política internacional de nuestro país siempre ha sido y sigue siendo una política basada en la solidaridad y el respeto a la autodeterminación de los pueblos.

La activación de esta conducta será un gran aporte a nuestra decisión de incorporarnos a ese nuevo mundo multipolar, para el que ya hemos presentado nuestra solicitud de adhesión a los BRICS. En agosto, la cumbre sudafricana del Grupo resolverá la inclusión de los nuevos miembros. Sin duda, sustentar una política exterior independiente y soberana será uno de los argumentos decisivos para la aceptación de nuestro país.

Y la mejor forma de contrarrestar los desparpajos neocoloniales de quienes suponen que el mundo sigue siendo una metrópolis y sus periferias.

Esa decisión de la Argentina, creo, es la que espera el nuevo mundo multipolar.

El punto crítico…

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