Espectáculos
28-09-2022 22:12 - PARA RECORDAR
Muchas películas con alegatos, y una sola con el eco de "Señores jueces: Nunca más"
El estreno de "Argentina, 1985", la necesaria reconstrucción de Santiago Mitre del histórico juicio a las juntas militares que planificaron la sangrienta dictadura iniciada en 1976, también es una excusa para repasar ejemplos del cine que ponen en primer plano a la institución judicial.

Empecemos por el principio: las películas con temática judicial existen desde que el cine sonoro permitió reproducir las voces, las denuncias y aquellos momentos que fueron claves. Muchas veces la ficción sirvió para reconstruir hechos que pudieran ser ejemplares para un público siempre en busca de justicia, porque a fin de cuentas de eso se trata. A pesar de que muchas veces es necesario que los planetas se pongan en fila; por suerte, el cine nacional demuestra que eso es posible.
"Argentina, 1985", de Santiago Mitre, estreno de este jueves y en pocas semanas de Amazon Prime, recrea un episodio clave del siglo 20: el proceso judicial más importante que registra la historia jurídica argentina: el juicio en el que se puso sobre el banquillo de los acusados y finalmente se condenó a los más importantes responsables de la última dictadura militar.

Quizás en materia de cine respecto a crímenes de los definidos como de lesa humanidad y los procesos que intentaron hacer justicia, el otro ejemplo es el de "El juicio de Núremberg" (1961). Es un filme inspirado en el caso Katzenberger, que recuerda los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, con un correlato de muerte encabezado por un numeroso grupo de jerarcas, oficiales, funcionarios y colaboradores ejecutores de un plan de exterminio que tuvo su desenlace en 1945, con la caída definitiva del Tercer Reich y la desactivación de su estructura de muerte.
El ojo del espectador está acostumbrado al cine con juicios propuestos por Hollywood, y en ese sentido la oferta siempre fue grande sobre los relatos que reconstruyen pujas en los mismos tribunales tomadas de la vida real, y en ese sentido hay unos cuantos clásicos, principalmente aquellos de la década del 50 y principios de la siguiente.
El cine recuperó en unas cuantas oportunidades, hechos justos o injustos que tuvieron lugar en ámbitos judiciales, donde la lógica es que se imparta justicia, y la lista de ficciones que abrevan en lo que ocurre dentro de tribunales con fiscales intempestivos y defensores apasionadas es muy larga.
Seguramente muchos recuerden al emblemático caso de "Testigo de cargo" (1957), considerada obra maestra de Billy Wilder, según la impronta de un relato de Aghata Christie y las presencias insuperables de los ya maduros Tyrone Power y Marlene Dietrich.
En "Anatomía de un asesinato" (1957), Otto Preminger también desde una ficción construyó una obra cinematográfica "judicial" memorable, con un sobresaliente trabajo de James Stewart. Está considerada como una de las mejores de este subgénero, en este caso según un relato de Robert Traver que había sido best-seller.
Pero no, no es ese el espíritu que guía la nueva opus de Mitre, el director de "El estudiante" y "La cordillera", más allá de que su caligrafía cinematográfica sea de las mejores que se puedan encontrar en el cine actual, sino el de dar nuevo cuerpo presente a un hecho ocurrido hace 37 años, vital para valorar nuestra historia.
Las películas con juicios orales y públicos con jurados tan cinematográficos siempre son del gusto del público estadounidense y hubo rachas con varias, algunas muy eficaces, como "Doce hombres en pugna" (1957), dirigido por Sidney Lumet, con un elenco fuera de serie encabezado por Henry Fonda, sostenido por una estructura teatral y cuya acción a puertas cerradas tiene lugar dentro de un tribunal.
En su discurrir, un jurado integrado por doce hombres debe deliberar en un juicio por homicidio en primer grado, pero el imputado es un joven latino e indigente de 18 años acusado de haber asesinado a su padre y para el que un veredicto de culpabilidad significa la pena capital. Once coinciden en su culpabilidad, pero el miembro número ocho, duda y expone su duda a los otros no porque crea en la inocencia del acusado, sino para promover una discusión ya que se espera que el jurado de un veredicto por unanimidad superando toda duda razonable.
Estados Unidos vivía un tiempo de transición, con la Guerra de Corea al hombro, el surgimiento de la Guerra Fría, los reclamos raciales, los movimientos contestatarios y como punto culminante la Revolución Cubana, en 1959, con todo su correlato político.
También de ese furor por la búsqueda de justicia es "Heredarás el viento" (1960), de Stanley Kramer y con Gene Kelly y Spencer Tracy, donde en una pequeña ciudad de Tennessee se juzga a un profesor por enseñar a sus alumnos la teoría de la evolución de las especies, es decir que el darwinismo se enfrenta a ta teoría del creacionismo en una batalla judicial entre el abogado defensor y un líder ultraconservador interpretado por Fredrich March. Un tema que todavía hoy se debate y que varias veces fue llevado al cine y la televisión.con igual fuerza (por MUBI o AppleTV)
El último gran filme de aquel furor fue "Matar a un ruiseñor" (1961, basada en la novela de Harper Lee), donde una niña de ocho años, la autora en la realidad que cuenta en primera persona, viaja a una época y lugar (1935, Estado de Alabama en el sur de los Estados Unidos) en la que todavía el racismo es considerado como algo normal. Un hombre negro es acusado de un crímen y un abogado (Gregory Peck) decide ayudarlo.

Recién con la llegada de "El juicio de Núrenberg" (1961), de Stanley Kramer, siempre listo para las superproducciones, se tocó un tema que podía trascender fronteras porque se trataba de un juicio ejemplar. Nunca antes los crímenes de lesa humanidad -el asesinato, el exterminio, la esclavitud, la deportación y todo tipo de excesos cometidos contra poblaciones civiles- encontraban justo castigo.
Sin embargo, mientras se juzga al bando caído amanece la llamada Guerra Fría entre aliados y así la Alemania ocupada deberá reconstruir un país partido en cuatro y tratar de superar -a fuerza de resiliencia- ese pasado trágico y poder caminar hacia el futuro, que todavía era tema de la literatura fantástica.
Dan Haywood, interpretado por Spencer Tracy, es un juez estadounidense retirado (que no existió en verdad) quien en 1948 llega a la ciudad de Núremberg. Es parte de aquel gran juicio, convocado para encargarse de juzgar con la ayuda de víctimas supervivientes, a cuatro jueces procesados por su complicidad en la aplicación de esterilizaciones y ejecuciones del nazismo en Alemania. En una atrapante trama, defensores y fiscales expresan sus posturas a propósito de si esos magistrados eran o no conscientes del del terrible plan de exterminio del III Reich.
En materia de hechos históricos tomados con rigor por sus traductores a cine sobresale la coproducción ítalo estadounidense "Sacco y Vanzetti" (1971), de Giuliano Montaldo, con eje en la historia de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas italianos inmigrantes en los Estados Unidos, acusados y juzgados por un crímen que no cometieron. Condenados finalmente a muerte pone especial énfasis en el proceso que los llevó al cadalso.
Recientemente "El juicio de los 7 de Chicago" (2020), de Aaron Sorkin, con eje en un hecho ocurrido en 1968, cuando un grupo activistas opositores a la Guerra de Vietnam hacen preparativos para protestar en la Convención Nacional Demócrata en Chicago. Cinco meses después son arrestados y acusados de incitar a un motín. El proceso judicial tendraá numerosas idas y venidas que mantuvieron la atención pública todavía lejos del final de la contienda bélica.
@fotoW@
El gran tema del juicio a las juntas militares del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional estaba, como muchos otros de la historia argentina no abordados todavía, a la espera de su reconstrucción cinematográfico. Era un guión casi escrito y su llegada al cine marca un capítulo trascendente, quizás tan importante como en su momento lo fue "La historia oficial" (1985), de Luis Puenzo, que recurrió a una ficción para hablar de lo que hasta ese momento el cine nacional no se había atrevido a tocar: los niños robados por la dictadura.
En la recreación del proceso judicial a las juntas militares todo lo que se muestra es parte de lo ocurrido y probablemente solo los aspectos de las vidas privadas de los personajes centrales sea obra de la ficción. Además no se subraya otra cosa que el ejercicio de pensar y repensar la importancia de la justicia como poder independiente solo regido por el universo de leyes y los códigos que las aplican.
La clave es pensar que hacer justicia es posible, siempre y cuando la decisión de buscarla y encontrarla exista.
"Argentina, 1985", no es simplemente la reconstrucción de un hecho judicial sino una historia que con toda su carga simbólica tiene total actualidad por más que todo haya ocurrido ya hace 37 años. Abarca a más o menos cuatro generaciones, porque algunos de sus protagonistas ya no están, porque los más jóvenes de entonces ya peinan unas cuantas canas y porque los hijos de aquellos de hecho simplemente escucharon anécdotas que hoy. Mitre, con la ayuda de su coguionista Mariano Llinas, arma un rompecabezas que ayuda a pensar.
Pensar, no es algo tan común como se puede suponer sino todo lo contrario. Es lo mismo que dice aquella frase popular de que "el sentido común es el menos común de los sentidos", pero sin lugar a dudas esta recreación de la lucha que con el respaldo de Raúl Alfonsín, el primer presidente de esta nueva etapa republicana, emprendieron con independencia los fiscales que tuvieron a su cargo reunir las pruebas suficientes. Así lograron que un tribunal civil condenara a las juntas militares de la dictadura, además de transmitir la pasión con la que sus protagonistas hicieron justicia.
En el relato tomado de la historia pero también ficcionado, se muestra la trastienda de aquello que parecía un imposible incluso para sus propios protagonistas. Con sus dudas pero también con el deber encomendado por el papel que les tocaba interpretar, el ir quitando todas los velos detrás de los que se quiso maquillar el horror. Sin suspenso porque el desenlace de aquel capítulo clave de la historia es conocido: lo importante no es llegar a ese memorable remate, sino transitar el camino que tuvieron que atravesar para lograr nada menos que "justicia".
Mitre muestra las angustias de los fiscales Julio César Strassera y Gabriel Moreno Ocampo frente a militares todavía ensoberbecidos, el equipo de jóvenes entusiastas que los ayudaron a construir esa cantidad de pruebas contundentes y testimonios, de llanto, de sufrimiento de madres y abuelas, y lo hicieron sin medir las consecuencias, con total independencia y poniendo en juego sus vidas y las de sus familias. Incluso con la ayuda de un teatrista como Carlos Somigliana que le dio el necesario ritmo y desenlace de tragedia con aquella memorable sentencia del "Nunca más".
En el relato no hay argumentos políticos, aunque todo hecho los suponga, sino la necesidad de denunciar crímenes cometidos por una institución que echó por tierra sus propios principios. Ese aspecto es el subrayado por Mitre que pone en estos dos protagonistas todo el sentido del "hacer justicia" que la historia debe recordar una y otra vez. Ellos fueron los primeros, los que lograron cambiar la historia.
Es una obligación que periodicamente repasemos aquel memorable texto final del alegato de Strassera, sin una palabra de más, que en la versión de "Argentina, 1985" se recrea ajustado a la métrica del cine como una escena memorable del cine nacional.
Sin embargo, mientras se juzga al bando caído amanece la llamada Guerra Fría entre aliados y así la Alemania ocupada deberá reconstruir un país partido en cuatro y tratar de superar -a fuerza de resiliencia- ese pasado trágico y poder caminar hacia el futuro, que todavía era tema de la literatura fantástica.
Dan Haywood, interpretado por Spencer Tracy, es un juez estadounidense retirado (que no existió en verdad) quien en 1948 llega a la ciudad de Núremberg. Es parte de aquel gran juicio, convocado para encargarse de juzgar con la ayuda de víctimas supervivientes, a cuatro jueces procesados por su complicidad en la aplicación de esterilizaciones y ejecuciones del nazismo en Alemania. En una atrapante trama, defensores y fiscales expresan sus posturas a propósito de si esos magistrados eran o no conscientes del del terrible plan de exterminio del III Reich.
En materia de hechos históricos tomados con rigor por sus traductores a cine sobresale la coproducción ítalo estadounidense "Sacco y Vanzetti" (1971), de Giuliano Montaldo, con eje en la historia de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas italianos inmigrantes en los Estados Unidos, acusados y juzgados por un crímen que no cometieron. Condenados finalmente a muerte pone especial énfasis en el proceso que los llevó al cadalso.
Recientemente "El juicio de los 7 de Chicago" (2020), de Aaron Sorkin, con eje en un hecho ocurrido en 1968, cuando un grupo activistas opositores a la Guerra de Vietnam hacen preparativos para protestar en la Convención Nacional Demócrata en Chicago. Cinco meses después son arrestados y acusados de incitar a un motín. El proceso judicial tendraá numerosas idas y venidas que mantuvieron la atención pública todavía lejos del final de la contienda bélica.
@fotoW@
"Argentina, 1985", un capítulo aparte
El gran tema del juicio a las juntas militares del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional estaba, como muchos otros de la historia argentina no abordados todavía, a la espera de su reconstrucción cinematográfico. Era un guión casi escrito y su llegada al cine marca un capítulo trascendente, quizás tan importante como en su momento lo fue "La historia oficial" (1985), de Luis Puenzo, que recurrió a una ficción para hablar de lo que hasta ese momento el cine nacional no se había atrevido a tocar: los niños robados por la dictadura.
En la recreación del proceso judicial a las juntas militares todo lo que se muestra es parte de lo ocurrido y probablemente solo los aspectos de las vidas privadas de los personajes centrales sea obra de la ficción. Además no se subraya otra cosa que el ejercicio de pensar y repensar la importancia de la justicia como poder independiente solo regido por el universo de leyes y los códigos que las aplican.
La clave es pensar que hacer justicia es posible, siempre y cuando la decisión de buscarla y encontrarla exista.
"Argentina, 1985", no es simplemente la reconstrucción de un hecho judicial sino una historia que con toda su carga simbólica tiene total actualidad por más que todo haya ocurrido ya hace 37 años. Abarca a más o menos cuatro generaciones, porque algunos de sus protagonistas ya no están, porque los más jóvenes de entonces ya peinan unas cuantas canas y porque los hijos de aquellos de hecho simplemente escucharon anécdotas que hoy. Mitre, con la ayuda de su coguionista Mariano Llinas, arma un rompecabezas que ayuda a pensar.
Pensar, no es algo tan común como se puede suponer sino todo lo contrario. Es lo mismo que dice aquella frase popular de que "el sentido común es el menos común de los sentidos", pero sin lugar a dudas esta recreación de la lucha que con el respaldo de Raúl Alfonsín, el primer presidente de esta nueva etapa republicana, emprendieron con independencia los fiscales que tuvieron a su cargo reunir las pruebas suficientes. Así lograron que un tribunal civil condenara a las juntas militares de la dictadura, además de transmitir la pasión con la que sus protagonistas hicieron justicia.
En el relato tomado de la historia pero también ficcionado, se muestra la trastienda de aquello que parecía un imposible incluso para sus propios protagonistas. Con sus dudas pero también con el deber encomendado por el papel que les tocaba interpretar, el ir quitando todas los velos detrás de los que se quiso maquillar el horror. Sin suspenso porque el desenlace de aquel capítulo clave de la historia es conocido: lo importante no es llegar a ese memorable remate, sino transitar el camino que tuvieron que atravesar para lograr nada menos que "justicia".
Mitre muestra las angustias de los fiscales Julio César Strassera y Gabriel Moreno Ocampo frente a militares todavía ensoberbecidos, el equipo de jóvenes entusiastas que los ayudaron a construir esa cantidad de pruebas contundentes y testimonios, de llanto, de sufrimiento de madres y abuelas, y lo hicieron sin medir las consecuencias, con total independencia y poniendo en juego sus vidas y las de sus familias. Incluso con la ayuda de un teatrista como Carlos Somigliana que le dio el necesario ritmo y desenlace de tragedia con aquella memorable sentencia del "Nunca más".
En el relato no hay argumentos políticos, aunque todo hecho los suponga, sino la necesidad de denunciar crímenes cometidos por una institución que echó por tierra sus propios principios. Ese aspecto es el subrayado por Mitre que pone en estos dos protagonistas todo el sentido del "hacer justicia" que la historia debe recordar una y otra vez. Ellos fueron los primeros, los que lograron cambiar la historia.
Es una obligación que periodicamente repasemos aquel memorable texto final del alegato de Strassera, sin una palabra de más, que en la versión de "Argentina, 1985" se recrea ajustado a la métrica del cine como una escena memorable del cine nacional.
"Acá vamos a darle a los militares lo que ellos no les dieron a sus víctimas: un juicio justo", habría dicho León Arslanian, presidente del jurado, antes de iniciar el juicio tal como lo repite hoy encarnado por Carlos Portaluppi al principio del filme. Es la primera de las sentencias que quedaron escritas en la memoria de aquellas largas jornadas.
Tiempo después y al pedir las condenas, será Strassera, con la voz tan singular como firme de Darín, quien rematará aquel discurso con esas cinco palabras: "Señores del jurado: Nunca más'".






