Cultura

22-06-2022 07:37 - a un año de su muerte

Horacio González, el docente que expandió las formas de pensamiento más allá de las aulas

El espacio compartido en sus clases fue una de las variadas formas que encontró el sociólogo, ensayista y docente para compartir lecturas, plantear debates e incentivar proyectos que, a un año de su muerte, repasan algunos de los que lo escucharon como estudiantes y lo siguen admirando y extrañando como pensador.

Por Emilia Racciatti
Por Emilia Racciatti
22-06-2022 | 07:37
Horacio Gonzlez falleci el 22 de junio de 2021 Foto Victoria Egurza
Horacio González falleció el 22 de junio de 2021 (Foto: Victoria Egurza).

Entre sus múltiples actividades, Horacio González ejerció la docencia en instituciones como la Universidad de Buenos Aires o la Universidad Nacional de Rosario pasando por las Cátedras Nacionales, una iniciativa que fortalecía el debate por el pensamiento sacudiendo las estructuras y poniendo el foco en Argentina y Latinoamérica, y ese espacio compartido en las aulas fue una de las variadas formas que encontró para compartir lecturas, plantear debates e incentivar proyectos que, a un año de su muerte, repasan algunos de los que lo escucharon como estudiantes y lo siguen admirando y extrañando como pensador.

Para el sociólogo, ensayista y docente, la clase no se limitaba al espacio del aula, ya que las conversaciones que comenzaban en ese ámbito se extendían a mesas de cafés, plazas, pasillos o viajes en colectivos. Hernán Ronsino, Eugenia Zicavo y Juan Laxagueborde pasaron por esas clases en la carrera de sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y conversaron con Télam sobre esa impronta González, sobre esa capacidad para dejar huella e incentivar lecturas.

Pero, ¿cómo llegaba esa impronta al aula? ¿De qué manera se ubicaba y ubicaba a la clase en el campo de la intervención política?

El pensador dict clases en varias universidades nacionales entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario Foto Victoria Egurza
El pensador dictó clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario (Foto: Victoria Egurza).

"Además de los textos (que en muchos de los casos sólo se veían en sus cátedras), la libertad que proponía para hacer los trabajos finales y la manera de pensar la evaluación fueron cosas profundamente cuestionadoras para el formato que uno venía trayendo", resalta Ronsino, sociólogo, escritor y docente.

El autor de novelas como "Glaxo" y "Lumbre" repasa: "Todavía recuerdo el atrevimiento que tuve en combinar ciertos textos y en liberar la escritura en el ensayo que presenté. Hice un cruce entre Osvaldo Lamborghini y Fito Páez. Y me moría de ganas que Horacio me tomará ese examen, charlar con él sobre esos cruces. Pero no tuve suerte. Después pudimos compartir otros diálogos y espacios".

Y recupera un homenaje a Juan Gelman en la Universidad de Lille en Francia, "cuando Horacio se puso a leer su texto a partir de la obra de Gelman comenzó a desplegar un pensamiento que interrogaba a todos los presentes". Ronsino dice que "ahí residía la potencia del pensamiento de González, donde estuviera siempre iba a interrogar sin dejar de construir colectivamente con una enorme generosidad".

Zicavo, socióloga, periodista, docente e investigadora, define al exdirector de la Biblioteca Nacional como "un distinto dentro de la academia, un defensor del ensayismo (en contra del cientificismo) en las ciencias sociales y eso lo volvía un outsider. Reivindicaba a los pensadores argentinos y latinoamericanos por sobre los europeos".

La conductora del programa "Marcar como leído", de Futurock, y doctora en Ciencias Sociales dice que gracias al autor de "Restos pampeanos" leyó "por primera vez a autores como John William Cooke o Arturo Jauretche".

Entre 2005 y 2015 Gonzlez se desempe tambin como director de la Biblioteca Nacional Foto Victoria Egurza
Entre 2005 y 2015, González se desempeñó también como director de la Biblioteca Nacional (Foto: Victoria Egurza).

"La cursada en la que fui su alumna recuerdo que siempre llegaba con una pila de libros que ponía sobre el escritorio y que jamás abría. Citaba de memoria, hacia sus propios recorridos improvisados sobre los textos. Era un orador imponente, un hipnotizador del discurso. Ir a sus clases era una fiesta de la palabra", sintetiza.

Laxagueborde, sociólogo, docente y ensayista, llegó a las clases de González como alumno pero después compartió con él tareas docentes, ya que hacían equipo en seminarios sobre Borges, que, según explica, "iban cambiando de tema, desde la traducción para ver cómo pasar de un género a otro y cómo pensar una cosa en otra. Otro fue sobre revistas culturales argentinas, arte y sociedad".

En ese tiempo que se inauguró en 2016, Laxagueborde cuenta que "veía cómo él pensaba las clases y ponía a andar con pocos elementos visibles una cantidad de elementos infinitos".

"Durante su vida como profesor tuvo incitación a actividades performáticas en la vía pública, con caminatas. En sus clases no había intervención política sobre la realpolitik del momento histórico sino más bien era una intervención más ladeada, subliminal y sospechosa de lo que había que hacer. Una sospecha que lo llevaba a participar y lo hacía porque creía que podía ser transformado en su propia condición, como si nunca aceptara del todo. Siempre podía encontrarle algún pormenor o curiosidad a actividades que en principio parecían grises", relata el autor de "Tres personas".

"Era una persona muy libre pero también siempre quería estar en medio de una organización, grupo o proceso que pusiese en juego sus ideas y sus sospechas", define Laxagueborde.

Entre sus exalumnas está María Pía López, quien inició en esas clases una complicidad con González que trascendió la vida universitaria e impulsó proyectos editoriales e institucionales como la creación del Museo del Libro y de la Lengua, dependiente de la Biblioteca Nacional, que mañana, en su homenaje, será renombrado como Horacio González.

Pero ese encuentro inicial, en las aulas de la facultad de Ciencias Sociales, fue retomado en uno de sus libros, "Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad" en el que define su modo de estar en la universidad no como el ejercicio de una transmisión pedagógica "sino la invención de estrategias para conmover almas; mitos y ritos propicios para el encuentro afortunado".

En esas páginas, la socióloga, docente y ensayista retoma las tesis de González sobre ese rol docente: "Antes de entrar en una clase -allá por el 92- lo escuché decir que nada era más triste para un profesor que no ser saludado en los pasillos por los estudiantes. Recién lo entendí cuando fui profesora y me descubrí pendiente del modo en que las palabras dichas en una clase se inscriben en los rostros o en las escrituras de otras personas".

Horacio Luis González (1944-2021) fue profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino, formó parte de las Cátedras Nacionales de 1968 al 72, dictó clases en varias universidades, como la Nacional de Rosario y la UBA, fue Doctor Honoris Causa por la Universidad de La Plata y la Universidad Autónoma de Entre Ríos.

Pero la docencia fue una de las formas que encontró para compartir pensamiento y proyectar ideas que conmuevan y redefinan el horizonte de lo posible. Las otras fueron la escritura de ensayos o novelas, el impulso de revistas, editoriales, el armado de un espacio como Carta Abierta que salió a disputar la lectura de una coyuntura que exigía discusión sobre la renta agropecuaria y su inolvidable paso por la Biblioteca Nacional, institución que capitaneó por 10 años, entre 2005 y 2015, y transformó en espacio de encuentro y conversación con tradiciones y apuestas arriesgadas.

Será en ese espacio donde se juntarán mañana sus compañeros, compañeras, colegas y afectos para recordarlo, leerlo y celebrarlo. La cita es a las 14, la propuesta es una maratón de lecturas, cantos y recuerdos que culminará con su nombre en el frente del edificio del Museo del Libro y de la Lengua.

Zicavo, Laxagueborde y Ronsino recuperan detalles de sus clases con Horacio González

Eugenia Zicavo, Juan Laxagueborde y Hernán Ronsino pasaron por las clases de Horacio González en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA y, en diálogo con Télam, recuperan esa experiencia, se apropian de las anécdotas y resignifican esa forma de habitar el pensamiento que proponía el intelectual y dejó huella en su vínculo con la lectura.

"Antes de entrar a la primera clase de González ya conocía varias anécdotas suyas contadas por compañeros y compañeras. Que se subía en la terminal de una línea de colectivos y había que entregarle los exámenes en algún punto del recorrido. Que una vez había aprobado con 10 a toda una clase menos a Ochoa a quien, por portación de apellido, le puso un ocho. Todo lo que se comentaba de él era así: disparatado, anti sistema, de una libertad que daban ganas de seguir e imitar", explica Zicavo.

Para la docente e investigadora en la UBA y en Untref, "González no era un profesor que creyera en la disciplina, ni en las notas, ni en el dispositivo de evaluación en general. Por supuesto que había que entregar trabajos para aprobar, pero no tenían la impronta de un examen tradicional. Lo que premiaba era el pensamiento fuera de los moldes, la asociación libre de ideas, el uso original de las teorías. Incluso invitaba a desafiar el formato de examen escrito y hubo quienes aprobaron con performances. Era alguien que tironeaba de los bordes, lo cual resulta inspirador a cualquier edad, pero mucho más cuando tenés 20 años: te hacía sentir que todo se podía cambiar".

Laxagueborde recuerda la expectativa con la que llegó a sus clases, había leído los volúmenes de "La Voluntad", el libro de varios tomos que repasa los 70 desde historias de vida entre las que está la de González: "Era un punto de llegada su materia. Los programas tenían su impronta. La bibliografía eran fuentes primarias y eso me causaba mucho vértigo. Por ejemplo, leíamos 'Muerte y transfiguración de Martín Fierro', de Martínez Estrada o 'El mito gaucho', de Carlos Astrada".

"Hacían un anillado gigante con estos textos, más el Facundo. Esto en la materia Pensamiento Social Latinoamericano. Después en Teoría Estética había algo parecido pero con las grandes filosofías del mundo. Ahí estaba la impronta de Horacio, aparentemente caótica pero totalmente orgánica y constelada que tenía de los procesos sociales a partir de los textos", reflexiona.

El sociólogo y docente recuerda "una clase a la que llegó con el diario y dijo que le llamaba la atención que los jugadores de básquet de Grecia tuvieran nombres muy distintos a Platón, Aristóteles y se puso a hablar de eso. Ese ejercicio, el de a partir del diario, encontrar un punto para sospechar de toda la historia de las ideas es una forma de leer. No le gustaba la palabra contenidos, enseñaba a leer, a producir contenidos a través de la lectura pero esos contenidos nunca los manifestaba como tales. Cuando producía contenidos los ponía en su máquina formalista o deformadora y los volvía propios entonces leer era como hacer vivir a los contenidos".

En tanto Ronsino dice recordar "muy bien" su primera clase con González porque "durante el primer tramo de la carrera de sociología todo el mundo decía que había que cursar en esa cátedra": "Es decir, llegué a Pensamiento Latinoamericano movido por un rumor parecido a la leyenda. Cuando Horacio llegó con su portafolio de cuero, lo primero que recuerdo fue que hizo un chiste. Yo no soy Lito Cruz, dijo porque seguramente le habrían dicho que se parecía. Ese chiste llevó a una serie de asociaciones ligadas a la identidad y a la repetición en la historia", grafica.

"Todo se desplazaba como un tren poderoso, como un encadenamiento que (si bien al principio me costaba seguirlo, comprender esos bamboleos, esos desvíos, esos balbuceos incluso del pensamiento), no me daba cuenta que ahí había operando una lógica, una manera de pensar que no sólo interrogaba la lógica de la carrera de sociología sino que había una manera de pensar distinta que nos desconcertaba y nos abría una infinidad de posibilidad".

"Ese -dice Ronsino- es el efecto más perdurable de las clases de Horacio. La manera de pensar y de articular textos, dejando en claro sin ornamentos académicos o institucionales qué era lo verdaderamente importante para discutir".

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