Policiales

20-05-2022 22:05 - De pseudo espía a pseudo periodista

José Palozzi, el gran simulador del que no se volvió a tener noticias

Este italiano que llegó al país en 1982, que fue socio de Guillermo Patricio Kelly y que parecía una versión desmejorada de Marcello Mastroianni, decía haber entrevistado a personajes de la talla de Mao Tse Tung y Nikita Kruschev. Con dudosos fondos, encabezó un pretencioso proyecto periodístico que culminó con un supuesto secuestro que nadie creyó.

Por Ricardo Ragendorfer
Por Ricardo Ragendorfer
20-05-2022 | 22:05
Jos Palozzi fabul huy y no lo pescaron Ilustracin de Osvaldo Rvora
José Palozzi: fabuló, huyó y no lo pescaron. (Ilustración de Osvaldo Révora)

No era una mano completa. Lo percibí al tacto ni bien el tipo me la estrecho. En efecto, le faltaban dos dedos y medio. Al percibir mi asombro, sólo dijo:

–Me los arrancó la PIDE.

Y aclaró que tal era la sigla de la “Policía Internacional e de Defesa do Estado”, la mazorca secreta del dictador portugués Marcelo Caetano.

Y metió aquella mano en un bolsillo. Con la otra, recibió las tres hojas que contenían mi artículo y, luego de concederle una veloz lectura, volvió a extenderme la mano mutilada, esta vez con dos billetes de 100 dólares. Nunca me habían pagado un trabajo con tanta celeridad.

De ese modo conocí a José Palozzi.

Ese hombre parecía una versión desmejorada de Marcello Mastroianni. Su dicción era la de los italianos de Roma y mezclaba el español con palabras en su idioma nativo. Así resumió en un par de frases su carrera periodística en el Viejo Continente. Y para probar sus dichos, exhibió un recorte amarillento del “Corriere della Sera” con una entrevista suya a Mao Tse Tung. Debajo del título había una fotografía que lo mostraba con el líder chino; en la imagen, él aún tenía todos los dedos. En ese instante se le aproximó una mujer ya madura que sonreía de oreja a oreja. Era su esposa, a la cual llamaba “Pimpona”. Ella le dedicó una mirada cargada de  admiración.

A un costado, mi amigo Juan Salinas permanecía en silencio. Días antes había sido convocado por Palozzi para desempeñarse como jefe de redacción en un semanario político cuyo primer número estaba por salir. 

Palozzi seguía contando detalles del encuentro con Mao; también juraba haber entrevistado al ex premier soviético Nikita Kruschev. Yo interrumpí su relato para saciar una curiosidad:

– ¿Y qué problema tuvo con la policía portuguesa?    

–Es una historia demasiado larga –dijo, con tono misterioso, dando así por concluido el asunto. 

La escena transcurría en una oficina contigua a la Librería del Colegio, situada en la esquina de Bolivar y Alsina, que le había facilitado un dirigente justicialista llamado Eduardo Varela Cid. Era una tarde otoñal de 1985. Tras salir de allí fui con Salinas a tomar una ginebra a un bar de Avenida de Mayo. Ambos estábamos sorprendidos por el personaje en cuestión.

De pronto, Salinas dijo:  

–El tipo me mostró un portafolios lleno de dólares.

Yo enarqué las cejas.

El editor que vino del frío


Con un aire al Mastroianni de las ltimas pocas Palozzi era inseparable de su esposa la Pimpona
Con un aire al Mastroianni de las últimas épocas, Palozzi era inseparable de su esposa, la "Pimpona".

Palozzi había llegado al país a mediados de 1982. Poco después se asoció con el ex dirigente nacionalista y operador polimorfo, Guillermo Patricio Kelly, en un emprendimiento editorial: la revista “Quórum”, un pasquín supuestamente financiado por el Ejército para denostar el proyecto político que por aquellos días acariciaba el almirante Emilio Eduardo Massera. Tanto es así que en sus páginas se publicaron artículos acerca de su pertenencia a la logia Propaganda Due (P2), además de su rol en los crímenes de la diplomática Elena Holmberg –quien había amagado con revelar secretos del Centro Piloto de París– y del empresario Fernando Branca, esposo de la amante favorita del cabecilla naval.

Para Palozzi, los acontecimientos se precipitaron tras el asesinato del publicista Marcelo Dupont –hermano de un denunciante del caso Holmberg–, quien terminó arrojado por un grupo de la Armada desde el sexto piso de un edificio en construcción. Porque al día siguiente, Palozzi dio una conferencia de prensa para denunciar que una voz anónima le dijo por teléfono: “Lo de Dupont es un aviso para vos”. Y pedía refugio político en la embajada de su país. Pero no se lo otorgaron.

Por ese entonces circulaba un rumor: en razón a desavenencias económicas, aquellas amenazas en realidad habrían corrido por cuenta del propio Kelly, quien incluso tiroteó a su socio en una esquina de San Telmo. El supuesto agresor jamás desmintió la versión. Y hasta se ufanaba en privado de ello. Lo cierto es que durante las semanas siguientes, el paradero de Palozzi fue un enigma. Mientras tanto, trascendían ciertos pormenores de su pasado.

Hubo quienes aseguraban que alguna vez estuvo infiltrado en el Partido Comunista Italiano (PCI) por cuenta de la SISDE (el servicio de Inteligencia de la península), hasta ser exonerado por causas que se desconocen. Por ello se convirtió en una suerte de espía desocupado, un paria, siempre dispuesto a traficar algún dato, hacer operaciones de prensa o algún negocio turbio. Y ya en aquel otoño, luego de un largo tiempo de clandestinidad y silencio, aparecía con un ambicioso proyecto: la revista “Año Cero”.

–Tiene un portafolios lleno de dólares –reiteró Salinas. 

La musicalidad de esas seis palabras parecía convincente.

Tanto es así que Palozzi presumía un rumboso tren de vida; dilapidaba billetes en los mejores restaurantes y Pimpona hacía ostentación de las joyas obsequiadas por él. En ese clima jovial fue planeando la salida de la revista, junto con un staff de jóvenes colaboradores entre quienes, además de Salinas, se destacaban Rolando Graña y un tal Carlos Suaya. A ellos también les pagó sus primeras notas contra entrega

“Año Cero” salió a la calle el 4 de junio de 1985. 

Su formato no era muy atractivo; tenía una diagramación confusa y algo apelmazada. Palozzi explicó los objetivos de la revista con pocas palabras: “Se inicia una nueva etapa, en la que es necesario dar a conocer hechos, acciones y personajes que son en una gran medida responsables de la grave situación de la Argentina”. La nota de tapa ofrecía una lista de todos los socios del Jockey Club.

Palozzi festejó el lanzamiento invitando a su tropa al exclusivo restó Au bec fin, del barrio de Recoleta. Y pagó por la velada unos 800 dólares.

Por la mejor mesa del Titanic

Dos días después, fui con Salinas a la oficina de la calle Bolivar para armar el sumario del segundo número. No menor fue nuestra sorpresa al encontrar la redacción vacía. Entonces nos cruzamos con Varela Cid, quien, con cara de pocos amigos, dijo:

–Ese señor ya no viene más acá.  

Recién al día siguiente Palozzi se comunicó por teléfono con nosotros para dar a conocer la dirección de la nueva oficina. La misma quedaba en el microcentro. Se trataba de un sucucho amueblado con dos escritorios y un fichero metálico. El lugar no hacía juego con el refinamiento de su locatario. Allí ya estaba Suaya, quien ahora se tuteaba con Palozzi. Y para asombro de Salinas, hasta impartía directivas a otros redactores.

El segundo número de la revista salió a tiempo y sin sobresaltos. La nota de tapa era un brulote sobre los empresarios del grupo Bridas, Carlos y Alejandro Bulgheroni. En esa ocasión, Palozzi dejó para otro día el pago de las notas; también suspendió las invitaciones a restaurantes. Pero nos invitó a comer pastas en su lugar de residencia, un apart hotel ubicado en la esquina de Libertad y Paraguay. Había que ver a ese hombre amasando ñoquis en bata de seda natural y pantuflas.

El tercer y cuarto número de “Año Cero” salieron puntualmente. Pero Palozzi, ensanchó su deuda con el personal. Aún así hubo otro signo todavía más inquietante: el canillita dejó de llevar los diarios porque tampoco le había pagado la cuenta. Y también existía una deuda con el distribuidor, por lo cual empezó a atrasarse la circulación de las siguientes ediciones.

En semejante contexto se desató una sorda disputa entre Salinas y Suaya debido a la intención de este último por ocupar la jefatura de redacción.

El quinto número ni siquiera apareció.

Yo ya ni pasaba por la redacción. Hasta el 5 de agosto, cuando la radio anunció que, tras sufrir un secuestro, Palozzi apareció encadenado a las rejas del Obelisco. Suaya fue inmediatamente en su auxilio; luego ambos hicieron una recorrida mediática por algunas emisoras radiales, donde Palozzi sostuvo una y otra vez su versión de los hechos sin variar una sola coma:

“Fui raptado por un comando extranjero. De eso estoy seguro, porque mis captores hablaban con un acento extraño”. 

Yo sentí cierta preocupación por él y fui a su oficina. Allí reinaba un clima tenso. Pimpona estaba muy nerviosa. Y Palozzi, exhibía una euforia rayana al martirio.

Entonces, en tono confidencial, dijo que tres días antes había estado en el apart hotel nada menos que con el líder de Sendero Luminoso, Abismael Guzmán. Y que le había hecho una entrevista. Agregó que los secuestradores estaban muy interesados en este asunto. Toda la historia era disparatada.

Poco después, Salinas me llamó para decir que, finalmente, Suaya había logrado desplazarlo. En efecto, éste se había convertido en el flamante jefe de redacción. Y como tal, fue a la redacción luciendo un traje nuevo. Pero allí lo aguardaba el propietario que pretendía cobrar el alquiler. Seguidamente, llegó el diariero, el distribuidor y otros tantos acreedores. De manera que su única  tarea en el cargo fue deshacerse en explicaciones ante las deudas del patrón.

Palozzi había puesto nuevamente los pies en polvorosa.

No supimos más de él hasta el 5 de mayo de 1989. Aquel día, un cable de la agencia AP informó que, mientras caminaba por una calle de Asunción, había sido secuestrado por la policía secreta del dictador paraguayo Alfredo Stroessner. Por un tiempo se lo dio por muerto en tales circunstancias.

No fue así. En noviembre de 1991, un suelto del diario “La Stampa”, de Milán, sostuvo que Palozzi había sido acusado en esa ciudad por una estafa.

Fue el último signo público de su existencia.

A partir de entonces, su escurridiza figura se esfumó para siempre.

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