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24-03-2022 22:13 - Humor para leer y escuchar

Reflexiones de la vida diaria: A expensas de un consorcio

Hoy, en exclusiva, desde la vida cotidiana, nuestro enviado especial, Adrián Stoppelman, se enfrenta al terror de la convivencia en propiedad horizontal: La reunión del consorcio. Léalo. Es más divertido que la fotocopia del acta que manda el administrador.

Por Adrin Stoppelman
Por Adrián Stoppelman
24-03-2022 | 22:13
Telam SE

A expensas de un consorcio



Hay al menos dos cosas que uno NO puede elegir en la vida: una es la familia. Te toca la que te toca: un buen día nacés, y ya estás en el medio de un grupo humano que nunca comprenderás por qué insiste en perpetuar la especie.

Lo otro que no podés elegir son los vecinos del consorcio: porque cuando comprás o alquilás un departamento te fijás en los detalles como el espacio, la luz, el precio, y hasta preguntás cuánto se paga de expensas, pero jamás preguntás “¿y los vecinos, qué tal?”, porque creés que no te va a afectar. Pobre iluso. (Además, a menos que escuches gritos y ruido a platos rotos las dos veces que vas a ver el depto antes de tomar posesión, nadie te va a decir: “si usted es de hacer mucho ruido, no se preocupe. Acá va a pasar desapercibido”)

¿Cuántas veces caminando por la calle pasás frente a un edificio y los ves reunidos ahí en el palier, y pensás: “pobre gente”? Claro, hasta que te toca ir a la reunión de TU edificio. Y ahí desearías poder ir a la reunión de consorcio del OTRO edificio, cosa de no tener que verte involucrado con esa runfla a la que te unió la mano invisible del mercado inmobiliario.

Y una reunión de consorcio es casi como una reunión de gabinete de ministros del país, que trata siempre los mismos problemas: las expensas, la reducción del gasto, las tarifas, el costo de los servicios del ascensor, la desinfección, los matafuegos y todas las obras paralizadas que no se hacen hace años porque nadie quiere que suban las expensas.

Pero las expensas suben y las obras no se hacen: el agua gotea del tanque a la planta baja, el ascensor hace ruido porque no se le puede cambiar el motor y las medianeras no se impermeabilizan porque hay una deuda con el anterior proveedor que ya alcanza niveles superiores a la deuda con el FMI y tu edificio figura en el Veraz de los albañiles.

Y un día no tenés más remedio: tenés que ir. Podés faltar a una, a dos, pero si no vas, el desagüe de la cocina te lo va a destapar Magoya Montoto and Company.

Y recién con los años aprendés la lección número 1: nunca llegar a horario, ni siquiera diez minutos más tarde. Hay que llegar media hora más tarde, y si es posible con la reunión bien empezada.

Porque la previa de la reunión, mientras la gente va llegando, es cuando surge el chusmerío sobre los que aún no se han hecho presentes. Eso no sería nada: la previa es, además, el momento en que los formadores de opinión te calientan la cabeza para que cuando llegue el momento de levantar la voz, seas vos y no ellos, el que tenga que discutir con el administrador.



Ah… ¡el administrador! Es quien ocupa el podio del odio, un escalón por encima del encargado, sospechados ambos por portación de cargo, sin prueba alguna, de conformar una asociación ilícita que trafica bidones de agua, sifones de soda y franelas y botellas de líquido para sacarle brillo al portero eléctrico.

A los 10 minutos de comenzada la reunión, comprendés que cada uno está defendiendo lo suyo

El del cuarto B, que hace tres años pugna por ser parte del consejo de administración, cosa que no logra porque todos sabemos que figura en los Panamá Papers, tiene 4 denuncias por defraudación y estafa y ha declarado su departamento como baldío ante la AFIP, ARBA y la ONU (Claro: él no sabe que le leemos las cartas documento).

La del segundo H, que como no se puede ver con la del tercero J que no le devolvió la plancha que le prestó en el año ‘96, siempre vota en contra de la otra y hace imposible la unanimidad.

La pareja del tercero C, que hablan y no se les entiende lo que dicen, al punto que dudás si hablan castellano o son refugiados de alguna guerra.

El del quinto D, que quiere poner un gimnasio en la terraza en flagrante contravención al reglamento del edificio

El canchero del noveno A, que quiere poner un tótem de esos con un guardia en video, no se sabe si para darle categoría al edificio o para que lo alerte si le cae la cana.

Y el de planta baja, harto de que le tiren basura al patio desde los pisos superiores, que amenaza con poner un francotirador, ex marine de los EEUU, para dispararle al primero que tire un pucho o un paquete vacío de papas fritas por la ventana.

Y mientras tanto, el administrador hace como que toma nota de todo. Pero no anota un pomo, y recién te das cuenta de eso cuando ves el libro de actas, en el que apenas figuran dos o tres tópicos: casualmente, el reparto de bidones de agua, de soda y la compra de líquido y franela para darle brillo al portero eléctrico, ¡temas que no se trataron en la reunión!

Y el cónclave se extiende, porque en medio de la discusión presupuestaria, siempre se cuelan problemas fundamentales como el potus mal iluminado del palier, el gobierno, lo caro que está todo, el parte médico de cada vecino contando sus achaques, y la promesa del administrador de poner en marcha las obras pidiendo al menos tres presupuestos para elevar al consejo de administración, cosa que sucederá el día que se declare la paz en el mundo, que coincidirá con el Día del Arquero, el Día de la escarapela y caerá un 30 de febrero.

Y todo ese tiempo y esfuerzo tiene una sola conclusión: ¡no hay forma de hacer bajar las expensas! Ni alquilando la terraza para poner una antena de 5G radioactiva, ni alquilándole la portería a un estafador piramidal, ni siquiera reemplazando el portero eléctrico por uno de plástico que no requiera pasarle la franela.

Y cada mes, cuando te viene la liquidación, terminás preguntándote: ¿Por qué se llama “propiedad horizontal” a un edificio de departamentos? ¿No tendría que llamarse “propiedad vertical”? ¿O será que se llama propiedad horizontal, porque con las expensas, siempre te acuestan?

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