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18-03-2022 00:02 - Humor para leer y escuchar

Dos años y un problema sin solución: ponerse bien el barbijo

Hoy, en exclusivo, desde la vida cotidiana, nuestro enviado especial, Adrián Stoppelman, se pone bien el barbijo y se enfrenta a los que todavía no son capaces de llevarlo correctamente. Léalo, con el barbijo puesto si está en un lugar cerrado, pero por favor: ¡póngaselo bien!

Por Adrin Stoppelman
Por Adrián Stoppelman
18-03-2022 | 00:02
Telam SE

Dos años y un problema sin solución



Se están cumpliendo en estos días dos años desde que la humanidad entró en una etapa oscura para la razón. No hablo de la pandemia, sino de un efecto secundario que la humanidad no ha podido resolver, siendo un problema de bastante sencilla solución: ponerse bien el barbijo.

No hay que ser científico de la NASA, infectólogo o creador de una estafa piramidal para entenderlo. El barbijo debe cubrir la nariz y la boca, mientras debe impedir que se filtre el aire por cuanto lugar se pueda impedir. Pero no: millones no entienden cómo funciona… y opinan, y contagian y discuten y… votan. Y así está el mundo.

Incluso en estos dos años hemos vivido experiencias extrasensoriales: anti-vacunas con el barbijo mejor puesto que los pro-vacunas. Incluso anti-barbijos que, obligados por alguna circunstancia, se pusieron bien el barbijo.

Unos lo usan con la nariz afuera, otros lo usan con la boca afuera, otros lo usan con la bragueta abierta…

Digamos también que al principio todo fue más confuso: nos decían que armásemos un barbijo con un corpiño, con una botella de gaseosa vacía – menos mal que explicaron que había que vaciarla primero, ¿no? -, que con dos cachos de calzoncillo viejo y una hoja de papel absorbente en el medio y un elástico ya estábamos protegidos, aparecieron millones de tutoriales de YouTube explicando cómo cortar ese vestido a florcitas que ya no te entraba, o esa camisa hawaiana ridícula para convertirla en un barbijo. Lógicamente, con el tiempo, se comprobó que todo eso era más inútil que pedirle a los laboratorios que liberen las patentes de las vacunas.

Ni qué hablar del momento en que amainó la primera ola y ya se podía salir un poquito, -si no había nadie cerca-, sin el barbijo puesto: ahí la gente lo empezó a usar de pulsera, de muñequera, incluso alguno lo llevaba para poner caramelos como si fuera una mini-bolsa de supermercado.



En los coches, único lugar donde se podía ir sin barbijo, el barbijo lo tenías que poner el algún lado: ese algún lado terminó siendo “cualquier lado”: sobre el asiento del acompañante, colgando de la palanca de cambios, en el baúl sobre la mugre de la rueda de auxilio… y al bajar del auto y tener que ponértelo, lo sacudías un poco y ya: te sentías protegido, cuando en realidad tenías menos seguridad que el banco que asaltó Vitette.

También apoyamos el barbijo sobre mesas llenas de polvo, sobre manteles con restos de comida, sobre mesas de bares con restos líquidos o de café, y lo apoyamos del derecho y del revés, y lo seguimos usando como si funcionara. Claramente tuvimos mucha suerte…

Con la llegada de las vacunas la cosa se relajó aún más: lo guardábamos en el bolsillo junto con los billetes, o en la cartera en medio de llaves y monedas, se nos caía al piso lo sacudíamos y nos lo volvíamos a poner, total… un poquito de polvo...; lo llevábamos en el cuello, a modo de gargantilla mientras transpirábamos y lo empapábamos, lo acomodábamos en la cara con las manos sucias, nos sentábamos arriba del barbijo sin darnos cuenta y después de dos horas, al encontrarlo, nos poníamos contentos no solo de haberlo encontrado, sino de que hubiera quedado planchadito.

Pero lo más insólito es que creo que el hecho de ponerte mal el barbijo es una clara demostración de que, hasta el día de la fecha, hay millones de personas que no terminan de entender el funcionamiento del barbijo y los aerosoles, a pesar de que se explicó más que la tabla del 2 a una persona con problemas cognitivos de números pares.

La semana pasada, sin ir más lejos, estaba esperando para entrar a un negocio a comprar algo y había un señor que se había bajado el barbijo para hablar con el empleado y una vez que compró y salía del negocio, recién allí… ¡se puso bien el barbijo! (Juro que no invento nada).

Otro indicio de que no se entendió muy bien cómo funciona el alfabeto griego del contagio: Muchos negocios ponían barreras de vidrios, o acrílicos para separarse de la clientela. Perfecto. Pero dentro del local estaban, y están, ¡sin barbijo! Como si el vidrio, con las ranuras necesarias para que pase el dinero, la tarjeta o leer el QR del celu, impidiera que por esos espacios pasara el aire. ¡El aire pasa igual, pedazo de bípedo con dificultades de entendimiento! Eso sí: te ponían un cartel: “No lo atendemos si no tiene el barbijo puesto” ¡Ellos que no tenían el barbijo puesto!

Ojo: el problema no es local. Es mundial. Eso es lo más preocupante. ¡No existe el paraíso de los barbijos bien puestos!

¿Se acuerdan que al principio de la pandemia te podían multar por andar sin barbijo? Pero si lo tenías mal puesto, no te multaban. Bastaba con tenerlo, mal puesto, para que no te multaran. Incluso los que te multaban, tenían el barbijo mal puesto.
Gracias a las vacunas, en algunos países como el nuestro, la salida parece más cercana, aunque la pandemia todavía no pasó. Pero cuando pase la pandemia y pasen los años y alguna nave espacial de una civilización más avanzada aterrice en la Tierra y encuentren fotografías y videos de Tik-tok, y restos de barbijos entre los escombros, no tardarán mucho en entender lo que pasó y se mirarán y dirán: “los habitantes de esta planeta no supieron ponerse bien un barbijo, ¿cómo no se iban a extinguir?”

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