Sociedad

29-12-2021 00:10 - A 20 años de “La masacre de Floresta”

Silvia, madre de Maximiliano Tasca: “Que te mate un policía es que te mate el Estado”

A dos décadas del triple crimen a manos de un policía, se repiten mecanismos que parecen enquistados en la fuerza, tal como en los recientes casos de Lucas González, en Barracas, y Luciano Olivera, en Miramar. Télam conversó con Silvia Irigaray, la mamá de Maxi, asesinado en la fatídica madrugada del 29 de diciembre de 2001.

Por Gabriel Snchez Sorondo
Por Gabriel Sánchez Sorondo
29-12-2021 | 00:10

A 20 años de la Masacre de Floresta

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El 29 de diciembre de 2001, Argentina atravesaba aún días trágicos. En el minimercado de una estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca, Maximiliano Tasca, Adrián Matassa, Cristian Gómez, y Enrique Díaz – jóvenes estudiantes de entre 23 y 25 años– compartían su cerveza mientras seguían las noticias sentados frente al televisor del local. El videograph contaba los muertos, los caídos por las balas de una represión brutal desatada en todo el País. Corría “el estallido”.

Juan de Dios Velaztiqui, de la comisaría 43, también sentado, tras los chicos, “de custodia” en el lugar, vestía uniforme y placa: portaba su arma reglamentaria, una Browning GP-35 calibre 9 mm que desenfundó, enojado por un comentario que hizo Maxi sobre las noticias, y disparó cuatro veces.

Silvia Irigaray una luchadora Foto Ral Ferrari
Silvia Irigaray: una luchadora. Foto: Raúl Ferrari

A Maxi lo mató en el acto, con un tiro certero en la nuca. Adrián (a quien el homicida creyó muerto) quedó agonizante y falleció al día siguiente. Cristian, caído boca abajo, llegó a darse vuelta. Fue el único que vio la cara de su verdugo antes de morir; el asesino lo remató en el piso. Enrique, único sobreviviente de la masacre, alcanzó a escapar.

Acto seguido, Velaztiqui arrastró los tres cuerpos fuera del local, plantó un arma. Llamó a su comisaría. “Bajé a tres cacos”, dijo. “Muy bien, don Juan, tres cacos menos” fue la respuesta de sus superiores. Pero los testigos eran demasiados; y tras las audiencias correspondientes, el policía (que murió a mediados de 2021) fue finalmente condenado y preso el 11 de noviembre de 2003.

Maximiliano Cristian y Adrin siempre en el recuerdo Foto Ral Ferrari
Maximiliano, Cristian y Adrián, siempre en el recuerdo. Foto: Raúl Ferrari

El tribunal que lo juzgó, no hizo lugar, sin embargo, al pedido de la fiscalía de dar curso al proceso por falso testimonio y encubrimiento al subcomisario Miguel Ángel García y al subinspector Diego Almada, quienes tuvieron a su cargo la brumosa investigación interna.

La Masacre de Floresta desató una genuina “pueblada” en la que todo el barrio salió a pedir justicia y consiguió que, pese a los intentos de encubrimiento, se concretara, al menos, la condena del asesino.

La historia vuelve a repetirse


Resulta imposible, hoy, no recordar y asociar aquellos hechos con el caso de Lucas González y con tantos otros crímenes similares, antes y después de Floresta.  Como si, pese a las movilizaciones civiles, los juicios, las verdades reveladas, poco hubiese cambiado.

En demasiados de los asesinatos por parte de las fuerzas de seguridad como el que aquí se  recuerda, los verdugos y sus encubridores agravan el crimen en sí: buscan simular un robo, plantan un arma y amenazan a testigos. Un “modus operandi” con color institucional, y no una excepción, según pretende la teoría de “la manzana podrida” aludiendo a estos crímenes cual meras fatalidades del destino.

Las Madres del dolor y la fuerza de la lucha colectiva Foto Ral Ferrari
Las Madres del dolor y la fuerza de la lucha colectiva. Foto: Raúl Ferrari

A 20 años de la masacre, conversamos acerca de esos hechos con Silvia Irigaray, la madre de Maximiliano Tasca. Pero no empezamos hablando del horror, sino del sentimiento acaso más poderoso del que estamos dotados, y que ella supo motorizar en beneficio colectivo.

-Silvia, "Yo salí del dolor con mucho amor", la hemos escuchado decir más de una vez. La donación de órganos de su hijo apenas a horas de su muerte, su tarea con las Madres del dolor y sus charlas a futuros policías, entre otras acciones, lo confirman ¿Cómo encauzó ese dolor inmenso?

-Te diría que ese día nació otra Silvia buscando la manera de poder reconstruirse. O me moría con mi hijo o juntaba los pedazos para rehacerme. Desde aquel momento hasta hoy, siento que Maxi me baja línea. Y logré seguir a partir de cosas que tenían que ver con él. Su tesis en la carrera de Relaciones Internacionales era sobre Medio Oriente. Él estaba inscripto en Cascos Blancos y todo lo suyo giraba en torno a la paz y a salvar vidas. Eso me guió.

También hay que hablar de mi barrio, que en su momento salió a defender a sus pibes, a reclamar, a pedir justicia, fue movilizante; venían hasta con los cochecitos con sus hijos. Eso era, es y será amor. Ese amor nos puso de pie. Ese amor fue el que a mí en particular me hizo reflexionar e hizo que me preguntara ¿qué hago después de esto? Así me puse a enhebrar ideas.

El barrio de Floresta no olvida Foto Ral Ferrari
El barrio de Floresta no olvida. Foto: Raúl Ferrari


-A Velaztiqui lo habían cesanteado. Y pese a tener antecedentes de vejaciones, fue reincorporado un año antes de la masacre. Además, pretendió fraguar un robo para encubrir su crimen, amenazó a testigos y usó balas expansivas expresamente prohibidas ¿Quiere hablarnos sobre esto?

-Sí, lo ratificaron en el juicio los seis testigos que había en el lugar. Sandra Bravo, la mujer que atendía el local, un piloto comercial que estaba tomando un café, los playeros de la estación de servicio donde estaba el maxikiosco.

Sandra fue quien vio cómo Velaztiqui, después de arrastrar los cuerpos al playón, le plantaba un cuchillo a Cristian, aprovechando que la mano estaba todavía caliente y podía doblar los dedos para simular que lo había empuñado. Al ver esto, Sandra le gritó “¡Qué hace! ¡Eso no es de los chicos!” y el policía le contestó amenazante: “cállate, o también hay para vos”.

El asesino, es cierto, disparó con balas de punta hueca, que están prohibidas porque tienen la propiedad de hacer un daño extra, de buscar tejidos blandos para expandir su alcance. Son balas diseñadas para matar, que él mismo había comprado. Eso demuestra su deseo, su voluntad de acabar con la vida de otros. Pero más allá de eso, además, yo insisto con que el Estado es totalmente responsable, porque a este criminal que antes habían despedido de la fuerza, lo reincorporó. Por todo esto, yo recién dormí en paz y terminó mi duelo cuando murió el asesino de mi hijo.

A poco de la masacre todo un barrio se moviliz para pedir justicia
A poco de la masacre, todo un barrio se movilizó para pedir justicia.


-Asesinato, intento de culpar a la víctima fraguando pruebas falsas, amenazas: Se repiten las variantes del caso Lucas y tantos otros ¿Qué falta para que esto cambie definitivamente?

-En los últimos y nuevos policías, los que encuentro en la calle, noto un rasgo básico, y es que son más amables. Pero me refiero a los muy nuevos, de apenas un par de años ¿Qué falta? Falta humanizarlos. Falta que seamos más los que nos involucremos.

Por ejemplo, yo ya tengo pensado que el año que viene la voy a invitar a la mamá de Lucas para que venga conmigo a las charlas. Siempre es mejor hablar con un joven. El policía de más de 40 años de edad ya está hecho. Los jóvenes, los que están en formación, tienen la oportunidad de entender que ellos son el Estado. Que están para ayudar, no para llegar al lugar y matar. No es lo mismo un robo, que es un problema social: que te mate un policía es que te mate el Estado.

-¿Cómo es la experiencia de dar las charlas a cadetes? ¿Qué más podría hacerse para cambiar este tipo de cosas?

-A mí me gusta mucho dar esas charlas. Las promesas que me hacen: “no voy a ser fácil para el gatillo” me dicen, que es algo sobre lo que les insisto así, literalmente: “no sean fáciles para el gatillo”:  el gatillo no es fácil por sí mismo. Son personas las que “se hacen fáciles” para disparar.

Ese policía asesino, en vez de utilizar la palabra utilizó el arma para darle fin a la vida de los chicos –para fusilarlos por la espalda– y consideró que ellos no tenían que opinar… que tenían que callar. Eso es lo que hay que cambiar. Mi mayor reconocimiento en ese sentido es a las Madres del Dolor, mis compañeras, mis amigas. Si nosotras, desde el dolor, logramos hacernos oír, ¿cómo no va a poder generar un cambio un gobierno, alguien del poder político?

-Usted tomó una decisión difícil y generosa al donar los órganos de su hijo, practicamente a horas de su asesinato…

-En ese momento no pregunté nada. Fue como si hubiese escuchado la voz de mi hijo; su alma, que me decía “mami, acordate de que soy donante de órganos”. Volví a mi casa, busqué el documento, llamé al Incucai, me pasaron a buscar. Yo estaba en shock. No gritaba. No lloraba. Cuando llegamos a la comisaría para preguntar cuál era el juzgado interviniente, el personal de guardia nos maltrató.

La persona que me acompañaba golpeó el escritorio enfurecida: “¡esta mujer quiere salvar una vida con los órganos del hijo a quien mató alguien con uniforme como el suyo!” El hombre dijo “perdón, yo no sabía”. Y empezaron los trámites. Mucho tiempo después, esto dio lugar a que junto al juez Vitale lográramos impulsar Protocolo de Ablación de Órganos para fuerzas de seguridad en caso de muerte traumática”.

PROTOCOLO DE ABLACIÓN DE ÓRGANOS

La rápida gestión de donación de órganos del cuerpo de Maxi apenas a horas de morir –aquel gesto luminoso que Silvia sintió “dictado” por su hijo– también tuvo un efecto constitutivo a largo plazo. Como parte de su obra reparadora, ella se movilizó y reunió fuerzas para facilitar un mecanismo que, dentro del enorme dolor de los familiares, abrirá la posibilidad de salvar vidas.

Esa otra forma de sanación colectiva, que es parte de su obra y testimonio, llegó a puerto con rango de norma legal y permitió poner en marcha desde el año 2017 –Silvia destaca en este logro la participación del juez Gabriel Vitale– el “Protocolo de actuación para fuerzas policiales en procesos de ablación e implante de órganos y/o tejidos humanos en casos de muerte traumática”.

En el instructivo se incluyen todos los pasos a seguir de manera conjunta entre los diferentes actores, y en particular de las fuerzas de seguridad. El protocolo revista la importancia de dinamizar –para humanizar– un procedimiento esencialmente tormentoso desde la experiencia del deudo que, sin embargo, tiene la intención de sobreponerse a una tragedia extendiendo la generosidad del donante a un destinatario a la espera de aquello que será vida; otra paradoja, otra enseñanza, otra manera de convertir el dolor en amor.



-¿Qué reflexión le deja este aniversario?

-Para mí es como si hubiese sido ayer. Como si Maxi se hubiera tomado unos días de vacaciones. Pero además siento algo muy doloroso con la muerte de Lucas González: no hubo rincón del País donde esto no se asociara con lo que pasó acá en Floresta. Hubo muchas cosas en común: un asesino uniformado, un intento de encubrir…

Estoy en contacto permanente con Cinthya, la mamá. Nos hablamos todos los días. Pienso en Lucas, pienso mis nietos. Voy a seguir haciendo esto por ellos y por todos los chicos que necesitan un mundo menos violento.

-¿Cómo seguir?

-Siento que es Maxi quien orienta esto de algún modo; hay un hilo rojo que me conduce a buenas personas y acciones. En esto se convirtió mi vida. Y aunque es agotador, me gusta. Me da la recompensa de un abrazo, de mensajes amorosos. Y para mí eso es un gran regalo.

Barrio, plaza, monumento y memoria

La Plaza del Corralón, a la que se accede a la altura de la Avenida Gaona al 4600, en el corazón de Floresta, donde Télam entrevistó a Silvia, es un sitio emblemático de la Ciudad por varias razones. A metros de nuestra conversación, se destaca el monumento “Los chicos de Floresta-Sucesos 2001” inaugurada el 29 de diciembre de 2004.

Allí se levanta una escultura de hierro realizada por María Claudia Martínez, Verónica García, Jorge Gaute y Adrién Kierszembaum.  Alrededor de la obra juegan invariablemente un enjambre de niñas y niños, confiriéndole sin formalidad alguna, desde la inocencia del desconocimiento, una vitalidad imparable: acaso el correlato de la misma fuerza que madres como Silvia le imprimieron a la más dolorosa de las pérdidas.

Toda una metáfora de la continuidad vital que incluso se expresa en la donación de órganos, en las charlas a los cadetes, en la voluntad de sanar, de irradiar de vida aquellos recovecos de nuestra sociedad donde acecha, todavía, el siniestro lenguaje de la muerte, el único que manejan los miembros de las fuerzas de seguridad que eligieron el gatillo por sobre la palabra.

La plaza, a su vez, es también correlato de dos Argentinas posibles: desde los tempranos años 70, ya un grupo de militantes había comenzado a trabajar en el solar promoviendo la organización sindical y la tarea social.

Aunque el golpe del ´76 arrasó con todo aquello tras años de militancia barrial, el predio fue finalmente recuperado por la comunidad local. Se sumó una escuela media inaugurada en 2008 que incluye la formación en DDHH y la Asamblea barrial (https://es-la.facebook.com/asambleadefloresta/constituida en 2001, cuando la Argentina ardía y se auto-convocaba en defensa propia) logró en 2015 la sanción de la Ley  N°4261 en Sitio Histórico.

“Seguimos construyendo el Espacio de Memoria en la antigua casona para dar a conocer la historia barrial” indica el propio texto impreso que distribuyen los artífices de esta movida comunitaria por excelencia.



Silivia Estoy en contacto permanente con Cinthya la mam de Lucas Gonzlez pienso en su hijo en mis nietos Voy a seguir haciendo esto por ellos y por todos los chicos que necesitan un pas menos violento Foto Ral Ferrari
Silivia: "Estoy en contacto permanente con Cinthya, la mamá de Lucas González, pienso en su hijo, en mis nietos. Voy a seguir haciendo esto por ellos y por todos los chicos que necesitan un país menos violento". Foto: Raúl Ferrari

Un libro, y la certeza de que toda lucha merece ser colectiva


En 2017, Silvia publicó un testimonio mucho más completo del que estas líneas pueden abarcar, pero cuyas páginas bien valen su lectura. “Huellas/Después de la muerte de un hijo” presenta párrafos contundentes y conmovedores.

Compartimos, más abajo, un breve extracto que da cuenta de ese trabajo donde la autora, dando cuenta además de lo vasto de su causa, y su certeza de las necesarias luchas colectivas a dar día a día, le habla a su hijo, ausente en cuerpo, pero presente en su memoria, como en la de millones de argentinos:

“Te quiero contar, Maxi, una historia que ocurrió el 3 de junio de 2015. Ese día fui testigo de un hecho social muy fuerte: miles de personas se movilizaron bajo la consigna ‘Ni una menos’. La convocatoria estuvo a cargo de un grupo de mujeres periodistas ya cansadas, tristes y enojadas de tener que dar todos los días una terrible noticia: en nuestro país, cada 30 horas, asesinan a una mujer.

(…) Salimos a manifestarnos en contra de la violencia y a decir ¡basta! Fue definitivamente masivo el deseo y el mandato de cuidar a las mujeres y pedir también por la igualdad de derechos”.

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