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Manden fruta (pero buena)

Hoy, en exclusivo, desde la vida cotidiana, nuestro enviado especial, Adrián Stoppelman, se interna en el traicionero mundo de los cajones de fruta y sus malvadas triquiñuelas. Léalo mientras canturrea “Sabor a nada”.   

Por Adrin Stoppelman
Por Adrián Stoppelman
25-11-2021 | 22:50

Telam SE


Manden fruta (pero buena)

Si como dicen, la naturaleza es sabia, es tan sabia que nos vive estafando. ¿Por qué? Porque la naturaleza no da garantía. De nada.

Ejemplo: Vos comprás un kilo de naranjas y, con suerte, hay dos dulces y jugosas y el resto van del ácido, al amargo a la sequedad de un fósil patagónico. ¿De quién es la culpa? El frutero es solo el intermediario. La culpable es la naturaleza que no puede producir 3 naranjas iguales. Y no solo eso: la naturaleza te hace comer la más rica primero. Nunca la más rica es la última. Eso no es sabiduría: eso es maldad.



La mayoría de los productos que compramos tienen una garantía. Una plancha, un auto, hasta una pareja se puede cambiar por otra. La fruta no.

Y entonces me surge una duda: El jugo de naranja natural envasado... ¿Cómo es que siempre tiene el mismo gusto si las naranjas no tienen todas el mismo sabor? ¿Es el proceso conocido como homogeneización? ¿pasteurización? ¿o manipulación?

Y en el caso de los tomates – que les recuerdo son una fruta -, ¿quién inventó el tomate aireado? ¿El mismo que inventó la empanada llena de aire? No. La naturaleza.

Una cosa es el chocolate y otra un tomate aireado. El chocolate dice en el envase que es aireado. Vos abrís un tomate de esos que vienen vacíos y sentís más decepción que en aquella Navidad en la que le pediste a Papá Noel una bici y te trajo una caja de pinturitas, todas del mismo color: amarillo.

Más allá de la naturaleza, está el factor humano: uno cuando pregunta al verdulero/frutero si “está dulce” sabe que, a menos que la fruta tenga bichos caminando por arriba, es muy raro que no te vendan. Y el frutero te dirá: “Llevela. Está re dulce. Un almíbar, don”.

Y vos, que en lugar de invertir en criptomonedas apostaste por la industria nacional del melón, te llevás uno que cuando lo probás es más amargo que Fernet con aspirina. Y ahí dudás no solo de la honestidad del vendedor, sino de su gusto: Tal vez para él eso sea dulce, y lo comprobás el día que lo descubrís chupando un caramelo de caucho y propóleos sin azúcar.

¿Por qué cuando en lugar de poner tu dinero en acciones del Merval invertís en medio kilo de frutillas, siempre terminás tirando 4, 5, 20? Cuando comprás acciones no tirás 4 o 5 a la basura. Esas se tiran cuando la empresa se funde, o cuando no sabés de acciones y te metés en el mercado bursátil.

Además, ¿por qué las frutillas grandes, hermosas y relucientes no tienen gusto a NADA, pero a nada de nada? Muchos dicen que es porque la fruta ha sido genéticamente modificada. Pero tanta ciencia, tanta tecnología, ¿y lo único que logran es que se vean lindas pero que no tengan sabor? Ya que manosean tanto la genética, ¡póngale saborizante o un poco de gelatina de frutilla! O mejor: ¡dejen a las frutillas tranquilas, chiquitas, pero con gusto a frutilla!

"Los científicos sacan 6 vacunas contra una pandemia en 6 meses y hace 50 años que no logran devolverle el sabor a las frutillas y al tomate".


“Y bueno… les ponés un poco de azúcar y te quedan re dulces”. Si, obvio. Cualquier cosa con azúcar va a quedar dulce, hasta un caramelo de caucho. Por eso habría que sacar una ley de etiquetado para fruta y que el cartel en la verdulería diga: Frutilla para ponerle azúcar, Tomate aireado, Kiwi que no se ablanda jamás.

Los científicos sacan 6 vacunas contra una pandemia en 6 meses y hace 50 años que no logran devolverle el sabor a las frutillas y al tomate.

¿Por qué vieron lo que pasa cuando comprás un kiwi o una palta duros y pensás “ya va a madurar en casa”? ¡No maduran jamás! Durante meses podés usar el Kiwi como martillo y la palta para trabar la rueda de un auto estacionado en una calle con declive, que no madurarán jamás.

Al revés de la banana. La comprás más verde que un dólar. Al día siguiente, ya está más marrón que el Río de la Plata en la desembocadura del Riachuelo.

Lo mismo con las manzanas. “¿Está jugosa, maestro?” “¿Cuándo le vendí yo algo que no estuviese jugoso?” Te contesta Don Armando. Y vos recordás el melón, las frutillas, los tomates… y le creés otra vez, porque por lo menos no te rompe el bolsillo con los precios. Y te llevás las manzanas. Y las mordés. Y es como morder una duna del Sahara, que seguro es menos arenosa.

Desistís de poner plata en fondos comunes y apostás a un kilo de duraznos. Y descubrís que están paposos, secos, sin gusto y que te hubiera convenido invertir en fondos comunes de inversión de Lehmann Brothers o el Banco Alas.

¿Y por qué el mango vale muchos mangos? Si es puro carozo. Y eso si está a punto. Que si sale fibroso, no te alcanza una fábrica de escarbadientes para sacarte los hilos de los intersticios interdentales.

“Tenés que comer arándonos. Son re sanos, y tienen antioxidantes”. Para antioxidantes sin gusto voy a la ferretería y le meto la cuchara al antioxidante de verdad.

Y entonces los médicos te dicen: “comer tres porciones de fruta por día de fruta, mínimo, es lo mejor que puede hacer ”. Y yo les contesto: “No me merezco lo mejor, doctor. ¿Y sabe cuando me doy cuenta? ¡¡Cuándo tengo que ir a comprar fruta!!”  

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