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Momento de elecciones y decisiones

Hoy, en exclusivo, desde la vida cotidiana, nuestro enviado especial, Adrián Stoppelman, se enfrenta a elecciones en las que no hay margen para la indecisión. Léalo. O no lo lea. Es su elección.

Por Adrin Stoppelman
Por Adrián Stoppelman
12-11-2021 | 00:10
Telam SE


Momento de elecciones y decisiones


La vida nos obliga constantemente a elegir. Incluso si no querés elegir, tenés que elegir entre elegir y no elegir. Si elegís elegir, tenés que elegir entre varias opciones y si no querés elegir, tenés que elegir entre qué opciones no elegir. No te podés quedar sin decidir.

Y ojo, que no hablo de decisiones electorales. Esas son las más fáciles de tomar, aunque también son las más fáciles de arrepentirse. Pero no son difíciles.

Elecciones difíciles son otras. Por ejemplo: ¿Me tiro a dormir una siesta y no pongo el despertador? Lo que no sería problema si estás en tu casa un domingo y no tenés que laburar, pero en la oficina, a las 3 de la tarde de un jueves…

Otra: abrís la alacena. Hay una lata de atún desmenuzado que compraste de oferta en su momento. Pero… venció hace 6 meses. ¿Mirá si va a ser más difícil decidir votar por un diputado que tomar la decisión de abrir el atún, olerlo y morfártelo? Porque en el cuarto oscuro, ponés el voto y te vas. El diputado que votaste, a la larga, te podrá defraudar o no. El atún desmenuzado vencido te da apenas 24 horas para sobrevivir…

Mucho más intrincado que poner un voto es tomar la decisión de qué hacer cuando te quedan solo 2 huevos (de gallina, aclaro por las dudas). Y los ponés en el agua y no se hunden del todo, pero tampoco flotan del todo. “¿Salmonella o no Salmonella? He ahí la cuestión”, dijo Shakespeare sobre este problema ovoide. ¡Otra que progres versus fachos!

La vida nos pone a prueba a cada minuto. Yo voy a comprar a una verdulería atendida por dos muchachos muy simpáticos. Uno jamás te enchufa algo en mal estado y el otro siempre, invariablemente, te enchufa algo podrido en Dinamarca. Y estás esperando. Y vos querés que te atienda “el bueno”. Pero está ocupado con alguien que le está comprando media verdulería. Mientras tanto, “el malo” ya le está cobrando al cliente. Y después venís vos. ¿Qué hacés? No le podés decir “no, dejá. Espero que me atienda él”. Porque te garantizás no algo podrido: varias cosas podridas de por vida.

Tampoco podés huir repentinamente. Bueno si. Una vez. Dos veces. A la tercera, el muchacho ya comenzará a sospechar y la próxima te atenderá con la cuchilla con la que corta el zapallo entre los dientes.

Hay una solución. Cambiar de verdulería. (Que comparando con una elección es más fácil que cambiar de país). El problema es que en la mayoría de la verdulerías hay dos personas: una que atiende bien y una mal. Y ya estoy yendo a comprar a una que queda a 3 distritos electorales de distancia de casa.



¿Elegir un concejal de centro izquierda o centro derecha? Más fácil que comer crema de arvejas sin ponerme la dentadura postiza.

Ni hablar al manejar. Vas por una avenida. ¿Qué carril te conviene elegir para avanzar más rápido? Atrás del taxi vacío, jamás. Atrás del colectivo tampoco, porque en dos cuadras, como mucho, frena. El carril de la izquierda es traicionero: cada dos cuadras los autos tardan en doblar. Te quedan dos carriles en el medio. Y siempre elegís el que no avanza. Y cuando cambiás de carril, deja de avanzar y avanza el que estabas antes. Y ahí el cerebro te atormenta: ¡¿Para qué elegiste cambiar de carril, pedazo de mal elector?!

Un instante más tarde, la misma avenida: si todos pasan en amarillo el semáforo, vos ¿acelerás para pasar o frenás y te comés los bocinazos y un choque del que viene atrás? ¿Por qué elegiste remolonear 10 minutos más en la cama, si sabías que después ibas a tener que correr y cortar semáforos? Y si no llegás a horario al laburo, después, ¿cómo justificás que tuviste que hacer una siesta?

Nada es sencillo. Amanece nublado. ¿Llevo o no llevo paraguas? Esa es una decisión difícil. Qué digo difícil. ¡Dificilísima! Sobre todo porque yo no tengo paraguas.

Y al leer las encuestas pre electorales descubrís que hay un montón de gente indecisa. ¡Vamos! ¿qué tanto hay que pensar? Lo que es complicado es decidir, cuando queda poco papel higiénico en el rollo, si usarlo todo o rebuscártelas con un poco menos de lo habitual cosa de que sea otro integrante de la familia el que tenga que lidiar con el cambio de rollo. ¡Esa es una elección peliaguda!

Te llama un amigo y te pide salirle de testigo en un juicio. ¿Realmente es más difícil elegir entre el troskismo y el neoliberalismo? ¡De ninguna manera!

¿Poner o no poner el número de tarjeta en internet? ¿Atender o no atender un llamado de tu ex? ¿Cambiarte o no la ropa interior después de 3 días? ¿Y bañarte o darle al desodorante? Ahí te quiero ver. ¡Eso es tener que elegir!

Es más: ¿y ahora? ¿Vas a seguir leyendo este texto o no lo vas a seguir leyendo? Y yo, ¿voy a seguir planteando decisiones o ya es suficiente? ¿Te das cuenta? Elegir en la política es fácil. Lo jorobado es decidir si le pongo un remate a esto o lo dejo así… mmm… esteeee… a ver… ¿no sabe, no contesta?

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