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Un testigo relató el miedo y los abusos que sufrió cuando era niño por la patota que secuestró a su padre

Se trata de Ernesto Darío Borzi, hijo de Oscar Borzi, quien declaró ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata que juzga desde el 27 de octubre de 2020 a 17 represores, entre ellos al exrepresor Miguel Etchecolatz y el exmédico policial Jorge Berges.

Telam SE
02-11-2021 | 22:39
Ernesto Daro Borzi
Ernesto Darío Borzi


Un testigo relató el miedo y los abusos sufridos cuando un grupo de tareas copó en 1977 su casa durante casi todo un día para secuestrar y torturar a su padre, actualmente desaparecido, y "robarse hasta los zapatos que usaban para ir a la escuela".

Se trata de Ernesto Darío Borzi, hijo de Oscar Borzi, quien militaba en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y era delegado del gremio del vidrio cuando el 30 de abril de 1977, a la edad de 34 años, fue secuestrado y torturado frente a sus hijos en su casa de la localidad bonaerense de Lanús.

Borzi declaró ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata que juzga desde el 27 de octubre de 2020 a 17 represores, entre ellos al exrepresor Miguel Etchecolatz y el exmédico policial Jorge Berges, por los delitos cometidos en los excentros clandestinos de Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y El Infierno de Lanús durante la última dictadura cívico militar.

Ernesto Borzi, quien había comenzado a testimoniar el martes pasado y concluyó hoy su relato, contó que al momento del secuestro de su padre él tenía 7 años; sus hermanos Luis Alejandro y Juan Manuel tenían 6 y 3.

Y el más pequeño de los se despertó esa noche al oír los golpes y gritos de una patota que formaban miembros del Ejército y la Policía bonaerense que irrumpió en la vivienda.

"Mi hermano Juan Manuel lo siguió a mi papá y uno de los captores lo tomó del pañal y lo tiró contra la pared", recordó Ernesto, quien agregó que a su padre lo torturaron con "picana eléctrica" en el lavadero de la casa.

El testigo contó que su hermano presenció con sus tres años esa escena, algo que décadas después le generó un gran rechazo al torno que utilizan los dentistas, ya que el olor del esmalte que usan los odontólogos le recordaba al aroma "de la carne quemada" que emanaba de la humanidad de su padre en medio de la tortura.

La patota copó toda la casa familiar. Ada, la madre de los tres chicos, rogaba que no les hicieran nada a sus hijos, e incluso sufrió el acoso de uno de los militares, que la llevó hasta el dormitorio y le dijo: "A vos te gusta la pija".

Ernesto también sufrió abuso de parte de uno de los militares, quien lo vio acostado en la cama, vestido solo con una remera y calzoncillo, y, simulando mantener con el nene un charla amena comenzó a tocarle el rostro, el pecho y luego sus genitales.

"Recuerdo su mirada perversa", dijo reviviendo ese momento en el que pensó que "me hubiera gustado ser fuerte como otros chicos, que corrían rápido y hasta trepaban medianeras" pero afirmó que sólo atinó a "tomar fuerte la mano" que lo tocaba para que cesara el manoseo.

Durante casi todo un día, los militares estuvieron en la casa, obligaron a la mujer a cocinarles, y mantuvieron a los niños encerrados en un dormitorio mientras ellos elegían los objetos y prendas de vestir que sustraerían.

En un momento, los represores, entre los que estaba el exmédico policial, Jorge Berges, discutieron si debían llevarse o no a los niños, pero el exmédico concluyó que eran "muy grandes", una situación similar que otros testigos narraron en el debate de esta causa.

Borzi contó que reconoció que ese represor que había estado en su casa era el exmédico Berges cuando, ya en democracia, vio unas fotos del hombre en los medios de comunicación.

Ernesto relató que los represores se llevaron hasta los zapatos que usaban para ir al colegio, por lo que cuando la patota se retiró su madre debió buscar ropa para vestirlos entre la ropa sucia que había en el lavadero.

La mujer y los tres niños dieron aviso a los padres de Oscar Borzi, quienes encabezaron la lucha por dar con el paradero de la víctima, recorriendo regimientos, comisarías y curias, sin obtener resultados positivos.

Por lo que pudo reconstruir con datos de otros sobrevivientes de la última dictadura cívico militar, su padre estuvo alojado en el excentro clandestino conocido como "El Infierno" que funcionó en la Brigada de Lanús.

"Cuando supe que mi papá había estado ahí, en ese lugar, no me animaba a pasar ni siquiera por la vereda. Iba por la vereda de enfrente y miraba. Cuando se logró que el edificio pasara al Municipio fui contadas veces porque me cuesta muchísimo, nunca he ido solo. El hecho de tener conocimiento de que mi papá estuvo ahí y las cosas que atravesó me hacen mal", explicó Ernesto, quien deseó que el lugar, incluido un solar contiguo, puedan ser recuperados como espacio de Memoria.

Al final de su testimonio Borzi lamentó el fallecimiento de uno de los imputados por los delitos cometidos en El Infierno, el expolicía Miguel Angel Ferreyro ya que " cada vez que fallece un imputado es una posibilidad menos de lograr justicia".

"No me declaro enemigo de ellos (los imputados)", remarcó Borzi ante el tribunal, y recordó la fórmula de juramento que se le toma antes de declarar a todo testigo, cuando se les pregunta si guardan sentimientos de enemistad hacia los acusados.

Y agregó que "en parte estos señores que están vivos, y los que han fallecido, sí me consideraron enemigo. Teniendo siete años pusieron a mi derecha un arma de guerra en búsqueda de una prueba de lo que era capaz de hacer".

Así aludió Borzi al momento en que cuando estaban cautivos en su casa uno de los militares ingresó al dormitorio y dejó un fusil FAL cerca del niño durante media hora.

"Ellos me declararon enemigo en su hipotética e insostenible guerra" reflexionó, y tras lamentar los discursos negacionistas que se escucharon de parte de algunos candidatos y candidatas de la oposición en la campaña, pidió que "en estas elecciones (legislativas) se llenen de memoria las urnas".

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