08/09/2021 15:29 - opinin

Afganistn, feminismos y desafos pendientes

En los ltimos das, decenas de mujeres afganas protagonizaron varias manifestaciones reclamando ser integradas en el nuevo gobierno talibn. Sobre la situacin de las mujeres en Afganistn opin para Tlam Mayra Soledad Valcarcel, doctoranda en la FFyL de la UBA en elInstituto de Investigaciones de Estudios de Gnerode la FFyL-UBA.

Mayra Soledad Valcarcel

Por Mayra Soledad Valcarcel

Referirnos a la situacin y los derechos de las mujeres -y no slo de ellas, sino, tambin, de la niez, las disidencias sexuales, minoras tnicas y religiosas- en Afganistn nos obliga a considerar un sinfn de factores locales y exgenos imposibles de abarcar en estas lneas. Tan slo imaginemos que este pas, sin salida al mar, pero con una ubicacin estratgica dentro de Asia, se independiz de Reino Unido en 1919 y desde entonces atraves las modalidades ms diversas de administracin y el asedio de diferentes fuerzas extranjeras. El rgimen talibn entre 1996 y 2001 fue precedido por una extensa guerra civil que involucr, entre otros actores, a los muyahidines y el ejrcito sovitico. Seguido, por la ocupacin de las fuerzas de la OTAN lideradas por Estados Unidos en su "guerra contra el terror".

No podemos obviar la codicia por su reserva de hidrocarburos y minerales (hoy en da el litio), el hecho de quines y cmo financian los grupos islamistas o aquello que los talibn interpretan e implementan como "ley islmica" en consonancia con la peculiar instrumentalizacin y politizacin que emprenden de la religin.

Si queremos, entonces, aproximarnos, aunque sea tmida y fugazmente, a las mltiples agencias de las mujeres afganas, debemos situarnos en su cartografa. Aquella delimitada entre el colonialismo, la occidentalizacin, el nacionalismo, los procesos de "modernizacin desde arriba" y la religin al igual que sucede en otros pases de la regin. Una configuracin atravesada, adems, por la clase, las desigualdades entre reas rurales y urbanas, la manipulacin de las alianzas y disputas tnicas, la lealtad y estructuracin grupal, el rol de la asamblea o consejo de los lderes, las distintas organizaciones de la sociedad civil y, por supuesto, la intervencin extranjera.

Esta ltima no slo ha implicado la ocupacin militar, sino tambin la injerencia a nivel poltico-econmico y el desarrollo de programas humanitarios de asistencia y "empoderamiento" promovidos por organismos internacionales. Se sealan algunas mejoras, especialmente en el mbito educativo, dentro de los ncleos urbanos. Sin embargo, la retirada estadounidense y el (re)ascenso talibn revel el fracaso del presunto "proyecto de liberacin y reconstruccin".

Esto pone el acento sobre cmo los derechos de las mujeres y de gnero pueden ser instrumentalizados para legitimar ocupaciones y perpetuar fantasas e imaginarios (neo)orientalistas. Pensemos, por ejemplo, el tiempo que pasamos preguntndonos acerca del origen del velo, cunto debe cubrir, si es obligatorio o puede ser smbolo de resistencia; en lugar de dedicrselo a indagar acerca de los presupuestos destinados a salud o educacin y el acceso de las mujeres al mundo laboral, la propiedad de la tierra, etc.

Mientras las mujeres experimentan violencia dentro del mbito familiar y son afectadas por los cdigos de honor y purdah (reclusin o segregacin sexual) comunitarios; deben, adems, enfrentarse a los abusos perpetrados por el rgimen talibn, las fuerzas de seguridad internas y armadas externas. Es decir, al androcentrismo de sus comunidades, la militarizacin, el sistema patriarcal imperial y el capitalismo neoliberal. Masculinidades que han sabido tejer rivalidades y complicidades.

En las ltimas semanas, colegas especializadas supieron arrojar luz sobre el proceso en curso y periodistas que recorrieron Afganistn nos acercaron un poco a ese paisaje sociocultural que nos es tan lejano. Lo bueno de las redes sociales e internet es que -a pesar de replicar fake news, fagocitar la opinologa y solidaridad hashtag- nos permiten acceder a voces e imgenes que otrora hubiese sido casi imposible. No obstante, debemos sopesar los lmites y potencialidades del ciberactivismo como advertir y cuestionar la doble moral que se conmociona con las imgenes de las mujeres y nios/as en los vuelos de evacuacin, pero luego rechaza y expulsa a la poblacin refugiada y migrante.

Frente a todas las proclamas y argumentos que han circulado por los medios ltimamente, qu ms se podra decir? La antropologa me ense a esquivar las afirmaciones categricas sin resignar el compromiso social. Me invit a formular ms preguntas que respuestas. Pero la coyuntura me coloca, como acadmica y feminista, ante una encrucijada. No s cmo posicionarme o comunicar mis pensares sin caer en eufemismos o la tautolgica correccin poltica mientras que observo atenta y cautelosamente cmo se desenvuelve la realpolitik. Ojal fuese posible encontrar una hendidura dentro de la encerrona epistmica que nos presentan los esencialismos estigmatizantes, las romantizaciones heroicas y los relativismos o multiculturalismos ingenuos.

Urge evitar atajos y caer en los lugares comunes. Ni la religin o la tradicin cultural son la causa sobre explicativa de lo que sucede en Afganistn, ni los feminismos tienen la capacidad de dar respuesta por s solos a fenmenos y conflictos de tamaa envergadura. El islam es una religin intrnsecamente diversa. Esta caracterstica es parte de su riqueza y complejidad. No podemos pretender que una persona musulmana se convierta en portavoz de su religin, exigindole que rinda cuentas por las acciones que otra o un grupo del otro lado del mundo lleve a cabo supuestamente en nombre de sta. La criminalizacin de la sexualidad femenina y disidencias, la vulneracin de los derechos de la poblacin y persecucin de las minoras no son potestad exclusiva de un movimiento islamista; sino, por el contrario, de todo rgimen represivo y restrictivo (se pose sobre una matriz religiosa, nacionalista, tnica, cultural, neoconservadora, etc). Si Oriente y el islam no son monolticos ni sinnimos, Occidente y el feminismo tampoco lo son.