30/06/2021 10:29 - La Tecl@ Ee

Horacio, el lazo Gonzlez

El director de La Tecl@ Ee despide a Horacio Gonzlez con un texto que expresa la admiracin y el afecto por el pensador argentino al que recuerda como "un humanista que crea en la transformacin colectiva a travs de la propia transformacin".

Conrado Yasenza

Por Conrado Yasenza

Horacio González (Foto gentileza de María José Minatel- La Tecl@ Eñe).
Horacio Gonzlez (Foto gentileza de Mara Jos Minatel- La Tecl@ Ee).

La palabra dolor no alcanza para decirte cmo se astilla el alma con tu muerte, querido Horacio. Inverosmil. Ya ha pasado una semana desde que te despedimos en la Biblioteca Nacional y tu ausencia tiene la profundidad de una presencia que se torna inagotable all donde se encuentra tu palabra escrita y dicha, meandros del texto yuxtapuesto y vuelto palimpsesto amoroso, conversacin infinita como conjuro y desafo para seguir pensando ese trmino gigante, esa palabra que tanto indagaste, sobre la cual pensaste en remolinos o circunferencias o crculos concntricos donde ese ro sin curso catalogable que creaste contiene en sus corrientes a quienes creyeron tambin que una nacin no existe de por s en los textos pero que pensarla y escribirla la transforma en una memoria siempre en conflicto, siempre en tensin. Esa palabra es Argentina, y ese texto un resto imborrable y potente de una pampa que se extiende casi como una invasin, una histrica invasin. Los descubridores nveles, los que perduren en la aventura riesgosa de pensar el pas en el mundo, quiz se refieran a tu modo escritural ya no con el adjetivo tantas veces usado para menospreciar una biografa, un estilo?, el barroquismo gonzaliano, los gonzalismos, sino, imagino o anhelo, como el loop Gonzlez – el lazo Gonzlez -. Vamos por esa apuesta, querido amigo. Vamos por ese anhelo por el que tenemos que seguir trabajando. Cmo? Bueno, creando esa lazada, ese vnculo que como un ro de llanura una todos tus textos volcados generosamente en libros, revistas y prlogos, con los que te esperan en este presente que ya es futuro. En que lo me met, querido amigo, justo en una de tus preocupaciones, porque siempre estabas en una condicin de pensamiento que contena esa preocupacin podemos decir dramtica en el sentido de aquel cuyo deseo es comprender las dificultades, que implican siempre una pregunta por la existencia. Digo lo, embrollo, porque ese pensar el tiempo es en vos la esencia de la vacilacin, grito agnico del que sin morir se resiste al retiro o destierro de un no pensar. Es decir, habitar el mundo con disposicin filosfica. Qu significa esto? Agotar la palabra intelectual y sustituirla por el hacer frente a problemas intelectuales, que es asumir que todo est eternamente tejido o siendo tejido, o tejiendo – para piratear al gran Baruch – los modos de existir. Digo, querido amigo, el pensamiento, la palabra – siempre la palabra, la casa del alma – escrita o dicha como un acto de gran potencia, porque impotencia es no existir, no poder abrir el pecho y quitarnos, aunque sea brevemente, esa piedra ancestral alojada por debajo del esternn.

Y cmo se justifica una existencia, querido Horacio? Me diras, imagino, en el caso de que sea necesaria una justificacin, una existencia vale por su potencia para incomodar lo establecido, lo normatizado, lo homogeneizado por las burocracias institucionales de la existencia, lo que cruje y se quiebra por cristalizado. Tal vez, una existencia, una vida, se justifica en el enfrentamiento, entre sospechas y paradojas, con el poder que nunca es uno pero que s tiene manifestaciones visibles, palpables en este tiempo de hienas que sonren ante un banquete de estafadores universales; disputar ese poder para ser sujetos – otra palabra que te incomodaba – de nuestro destino y no artificios de las pequeas ambiciones del otro.

Transformarse, querido amigo, compaero. Y revelarse frente a la ignominia de un mundo sin humanismo. En esos dilemas andabas. Cmo pensar esta poca que exhibe mltiples y mancomunados rostros del terror capitalista. Sintetizando muy mal, estabas trabajando con preocupacin abismal, en la posibilidad de construir un humanismo crtico pero que no se agotara en una solucin desarrollista o progresista de izquierda, sino como una nueva forma de unidad para combatir los rostros que producen las alianzas financieras, comunicacionales, jurdicas y estado-represivas, es decir, un anticapitalismo que no acte ni a ciegas ni se llame a s mismo “serio”.

Un humanista, s, que crea en la transformacin colectiva a travs de la propia transformacin; un ser dador de generosidad en el sentido amoroso en que se expresa la entrega, tu pasin Horacio, que es alegre.

Tenemos la obligacin de batallar en la forja de ese humanismo crtico como una expresin posible del vivir comn, de la prevalencia de esa comunidad libre, libertaria y liberadora que a Horacio tanto le gustaba pensar como un modo humano de la existencia.

Coda

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo, no s! / como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… En estos das el alma anda empozada. Son das de prdidas que en mi caso tienen una resonancia profunda, como una bella acstica acentuada por la tristeza. El eco temporal de un da del ao 1998 en que fui hasta tu casa de la calle Brasil para hacerte la primera de una larga serie de entrevistas que culmin en una maana del 26 de julio – qu fecha simblica- de 2016, y que ms que entrevista fue una conversacin sobre tu gestin en la Biblioteca Nacional, que se extendi, entre mates, durante toda la maana hasta bien entrado el medioda, y que devino gracias al gesto amoroso de Liliana Herrero y de varios compaeros, en un libro: Horacio Gonzlez. La Biblioteca Nacional: Entre la gestin vitalista y las hegemonas informticas.

Pero vuelvo a aquella maana del 98. Llegu a la la gran puerta de hierro del edificio de la calle Brasil, toqu el timbre, me atendiste y tu voz sali mediada por el portero elctrico. Ya bajo, me dijiste. Estaba muy nervioso, iba a entrevistar por primera vez a Gonzlez – como dijo Juan Fal, el hombre ms importante de la Argentina y se llama Gonzlez -. Se abri la puerta y apareciste: El pelo largo y lacio, los ojos verdes como tiernas aceitunas (creo, soy daltnico); llevabas puesta la legendaria campera de gamuza y tenas el diario Clarn bajo el brazo – si tambin leas Clarn-. Te acercaste, nos dimos formalmente la mano y con voz muy suave y clida dijiste: Vamos al bar, Liliana tuvo un recital y se acost muy tarde. As, en el Britnico iniciamos esta conversacin de ms de veinte aos que no finaliza con tu ausencia.

Hasta siempre querido Horacio, te despido con este confuso texto escrito desde la potencia del amor, sin claridad porque si la claridad es contundente no es claridad, es contundencia.

Avellaneda, 29 de junio de 2021.

*Periodista. Director de La Tecl@ Ee.