10/05/2021 13:56 - Sociologa y cuestin nacional

Alcira Argumedo y el destino de las ciencias sociales argentinas

Un recorrido por la historia colectiva, poco conocida y poco contada del desarrollo de la sociologa en la Argentina, que de alguna manera constituye la historia pblica de Alcira Argumedo.

Por Horacio Gonzlez

Alcira Argumedo entró a la carrera de sociología en 1960, en el mejor momento de la carrera.
Alcira Argumedo entr a la carrera de sociologa en 1960, en el mejor momento de la carrera.
Es difcil saber lo que es hoy la sociologa, la ciencia de la “sociedad moderna, industrial, de masas, de las tecnologas”, es decir, es difcil saberlo porque su objeto es escurridizo y a la vez no se niega a las auscultaciones estadsticas. Alcira Argumedo entr a la carrera de sociologa en 1960 -espero ser exacto en las fechas, no estoy revisando papeles sino solamente recuerdos personales, y la carrera estaba en su lozana. Todava su creador, Gino Germani, no haba comenzado a hacer planes para retirarse del pas que le dio refugio, disconforme ante el crecimiento de las izquierdas, los mbitos de militancias armadas, la crtica a la sociologa que l llamo “cientfica”, y que prevea casi exclusivamente lecturas de socilogos norteamericanos amigos suyos -no desdeables, como Lipset-, y no a Franz Fanon, el martiniqueo que iba ganando las voluntades lectoras del momento. En vez de la “estratificacin social” y los “procesos de modernizacin” o los diversos tipos de “racionalizada de la accin”, apareci sbitamente, de la mano de la ya instalada “teora de la dependencia”, la “cuestin nacional”. Un sbito cambio de intereses bibliogrficos. Cuando entr a la carrera, Alcira ya estaba tentada por la cuestin nacional que en el marxismo tena largos antecedentes, y que se reforzaba entre nosotros por las incipientes lecturas de Rodolfo Puiggrs o Juan Jos Hernndez Arregui, donde siempre apareca mentada una inslita presencia en el II Congreso de la III Internacional, un argentino que haba escuchado el discurso de Lenin sobre la “autodeterminacin de los pueblos”.

Era Manuel Ugarte, figura esencial y compleja, un rubndariano, conferencista latinoamericano, miembro del parrido socialista argentino que quiebra varias veces la relacin con Juan. B. Justo por su promocin vigorosa de la mencionada cuestin nacional. Haba un privilegio en ella que tarde o temprano se fusionara en el proletariado, pero primero haba que tratarla denunciando de qu manera gobiernos imperiales subordinaban continentes enteros, convirtindolos en meros productores de materias primas. Todos estos podran haber sido uno de los tantos temas histrico-polticos que se estudian en las universidades. Aqu esbozaremos muy sumariamente de qu manera fueron temas que tom la Carrera de Sociologa, pero con la siguiente aclaracin. Se trata de ver como ella estudi menos esos temas de lo que esos mismos temas la estudiaron a ella y la reconvirtieron por dentro en una materia dctil y an hoy inquietante. De esa transmutacin surgi Alcira Argumedo.

Para el autor,  Alcira Argumedo hacía hablar a las estadísticas.
Para el autor, Alcira Argumedo haca hablar a las estadsticas.


Germani

Solo una gran conmocin social, donde las expectativas ya experimentadas y los destinos ms o menos configurados ya no garantizan itinerarios de vida, puede comprenderse el gran vuelco que se produjo en la carrera fundada por Germani. No es que ste solo practicara el monolingismo del “pasaje a la sociedad secularizada”, o los “efectos de demostracin” en las sociedades de consumo. Estaba atento a su formacin estadstica, a su complacencia con el funcionalismo, pero tambin no era ajeno a ciertos reflejos de la escuela de Frankfurt y a la lectura de Simone Weil. A esta sociologa, Germani no le hurtaba por completo cierta vocacin humanista que traa de su militancia socialista en Roma. Estaba dispuesto a aceptar una izquierda sociolgica, que le agregara toques de izquierda a Durkheim -como entre tantos a otras cosas hizo Gramsci-, o que volcara el sistema social del funcionalismo norteamericano al estudio de la marginalidad o de la “pobreza estructural”. Pero el desafo vena de otro lado, y era de corte cognoscitivo, o para decirlo ms estruendosamente, portador de motivos epistemolgicos. Es decir, los nuevos aires apuntaban a cuestionar los cimientos fundadores de la razn sociolgica, encarnada en el encadenamiento hereditario de Saint Simon, Comte, Durkheim, Weber y Parsons. (Ya Wright Mills haba hecho lo suyo, aportando serias dudas sobre las tramas sistmicas de Parsons) y hacan entrar por la puerta grande a aspectos historicistas y comprensivitas de la accin social, que llevaban a ponderar tanto la idea de nacin como la de voluntad de accin subjetiva con distintas capacidades de objetivacin.

El golpe de Estado de Ongana de 1966 signific mucho para las ciencias sociales, si no es que hubo de significar mucho ms para la consolidacin de las organizaciones armadas que ya taan en una sociedad donde la existencia de una latencia peronista en todos sus poros, reclamaba por una interpretacin ms sistemtica (para emplear en concepto parsoniano, que luego Habermas y Luhmann tomaron mucho mejor pero ms rgidamente). El vaco que se cre por la renuncia de los profesores que en 1955 haban refundado la Universidad con las nuevas ciencias sociales, la psicologa, los decisivos enfoques en las ciencias fsico matemticas y microbiolgicas, gener varias situaciones inesperadas. Haba que reemplazar a casi mil profesores de gran nivel -el nombre de Jos Luis Romero brillaba, fue el primer rector luego del 55-, dentro de un elenco donde se hallaban Silvio Frondizi, Manuel Sadosky, Telma Reca, Rodrguez Bustamante, Rolando Garca, Gregorio Klimosky, Fernndez Long. Era la Universidad neo reformista de la izquierda liberal que acusaba al peronismo de retraso cultural y controles ideolgicos en las reas de los altos estudios. Particularmente en las materias de sociologa -no exista la carrera-, creada recin en 1957, en un acuerdo entre Romero y Germani.

Manuel Sadosky.
Manuel Sadosky.


Ciertamente, la sociologa tena desde principios del siglo XX antecedentes tan decisivos como los de Jos Ingenieros y Ernesto Quesada, que fueron desatendidos por no ser “cientficos” en la nueva etapa que se abra. Este error fue acumulando sucesivas deficiencias en la orientacin de la reluciente carrera. Aquellos eran desde luego, sabios positivistas, todo lo que se quiera, pero sus intervenciones no podan ser ignoradas o relegadas al “rincn del vago” de la historia. Adems de lo grave de ignorarse el ensayo social, tan poderoso en el pas, cuyos nombres, por ser obvios, ahorraremos aqu.

Antes de la creacin de la Carrera de Sociologa

Qu se estudiaba en materia sociolgica durante los ltimos aos del peronismo clsico? La materia estaba a cargo de Tecera del Franco en la Facultad de Derecho y la orientacin principal podra encontrarse en las enseanzas de Hans Freyer, un spengleriano que apoy el ascenso nacionalsocialista y luego se readapt en la alemana Federal. Tambin atrado por Dilthey, Freyer fue lectura obligatoria para los estudiantes de sociologa de los aos 50, en la facultad de Derecho, donde estaba el Instituto de Sociologa. Tecera del Franco, que fue una figura constante del peronismo, llegando a actuar como senador de ese partido, haba ledo en el primer Congreso de ALAS un trabajo titulado Teora del Sindicato, en donde luego de una exposicin donde el sindicalismo es entendido como una forma de vida primaria y natural en la sociedad, afirmaba que en la Argentina se ha desarrollado y consolidado el sindicalismo como espritu de las mltiples y bien disciplinadas instituciones gremiales que agrupa la CGT y que cuenta con millones de afiliados.

En el Boletn del Instituto de Sociologa, aos 40, dirigido por el propio Tecera del Franco (hasta 1966 diputado nacional peronista, luego senador menemista, y miembro activo de las derechas nacionalistas), el joven Gino Germani suele hacer diversas intervenciones, siempre prudentes, pues oblicuamente presenta sus posiciones adversas a ese oficialismo poltico sumado a una sociologa comunitarista, que ntimamente lo horrorizaba. As, Germani expresar en un artculo de 1950 (Una dcada de discusiones metodolgicas en la sociologa latinoamericana) la necesidad, por parte de los socilogos ms jvenes de hallar una base metodolgica capaz de asegurar una posicin ms firme al momento de la investigacin concreta. Aunque con pies de plomo mostraba su disconformidad con el giro especulativo y filosfico que caracteriza a la sociologa argentina e incluso reciba con disgusto el trabajo de Plcido Horas, en el cual se intentaba defender una mancomunin de tcnicas comprensivas y explicativas (tomando la terminologa weberiana, por entonces novedosa) para resolver el problema del mtodo.



Germani, hacia mediados de los aos 40, es un joven estadistgrafo, hbil argumentador, conciso, aunque un tanto rstico armador de escenas tericas y entonces funcionario de la Editorial Abril (los Civita, como Germani, eran tambin emigrados italianos antimussolinistas). Curiosamente, defenda la mayor vocacin de investigacin de la sociologa brasilea – frente al predominio culturalista de la Argentina – y menciona elogiosamente a los profesores Donald Pierson y L. A. Costa Pinto. El primero era un importante miembro de la llamada escuela de Chicago, que vea en San Pablo la posibilidad de reiterar los temas de una sociologa urbana en las sociedades industriales nuevas, para lo cual la ciudad ms grande del Brasil le pareca un gran laboratorio. El segundo, un agradable personaje que sustituira a Germani en la ctedra de Sociologa Sistemtica en la Universidad de Buenos Aires – invitado por ste – en 1963, y al que Eudeba 1961 le haba publicado un libro no desprovisto de ambicin terica, llamado Sociologa del cambio y el cambio de la sociologa que revelaba una influencia del marxismo clsico bastante notable. En 1960 Germani, luego de la fundacin en 1957 de la Carrera de Sociologa, haba lanzado la ASA, Asociacin Sociolgica Argentina, que nucleaba a los partidarios de la sociologa cientfica contra el especulativismo. As lo cuenta Eliseo Vern, Imperialismo, luchas de clases y conocimiento. 25 aos de sociologa en la Argentina, lectura esencial para reconstruir esos aos.

Pesimismo weberiano de Germani

Cuando renuncia Germani, presa de cierto pesimismo weberiano, el propio Vern -que pasara del marxismo a la semiologa y de la semiologa a director de la escuela de periodismo de Clarn– se propone como director de la Carrera -aun en el edificio Cadellada de la Calle Florida al 600-, pero la ausencia de Germani pesaba mucho. Aprovechando ese vaco, los viejos socilogos conservadores, influidos por Ortega y Gasset, como Alfredo Povia, intentaban recuperar el terreno que Germani, con su impulsos actualizadores y no sin poca astucia, les haba ganado a estos ociosos personajes que el propio Germani llam “impresionistas” o “intuicionistas”, lo que no sera inadecuado si entre ellos no hubiera cometido el garrafal error de incluir a Ezequiel Martnez Estrada, un liberal social que derrochaba ingenio alegrico e inventor de una suerte de ensayismo kafkiano-freudiano, de inigualable valor cultural y poltico. El inslito juicio de Germani sobre Martnez Estrada le fue muy costoso a la Carrera de Sociologa y desvi a sus estudiantes de un patrimonio cultural que es inesquivable.

Faltaban dos aos para el Golpe del 66. Los futuros protagonistas de la etapa venidera, Roberto Carri y Alcira Argumedo, comenzaban a trajinar esos pasillos universitarios y eran jvenes ayudantes de diversas materias cuyos titulares renuncian en protesta de la asonada militar llamada “Revolucin Argentina”. All comienza otra historia, pues Ongana se sirve rpidamente de profesores de reemplazo que provienen de los cursos de cristiandad -de orientacin conservadora, y de diversos profesores y sacerdotes que en la rara eventualidad de sus vidas, haban practicado estudios de sociologa, dando por descontado que ello supona una opcin catlica capaz de acompaar culturalmente el militarismo de capilla y comunin del onganiato. Aun en esos extraos temas de la “sociologa”.

Oscar Masotta.
Oscar Masotta.


Surgimiento inesperado de las “ctedras nacionales”

No fue as con una escasa minora de “profesores de reemplazo” que entr a la Universidad en nombre de lo que ya eran los ncleos del cristianismo tercermundista, con pociones de izquierda avanzada, que muchas veces superaban a la izquierda ya establecida en las universidades. Los profesores nombrados en la direccin de la Carrera y del Instituto de Sociologa, provenan del tercermundismo cristiano, pertenecan a las lneas de izquierda de la cristiandad y tenan simpatas por lo que ya eran las leyendas de la resistencia peronista. Uno de ellos era el sacerdote Justino OFarrell, que luego, en 1973, entra como decano a la Facultad, llevado en andas, ante su sorpresa, por una abigarrada multitud estudiantil. Antes, luego de no pocos malentendidos, se formaron las ctedras nacionales. El nombre no alcanza a sugerir todo lo que significaron, puesto que se trataba de una inusitada revulsin pedaggica, una suerte de “Comuna de Pars” en la calle Independencia de Buenos Aires, no solo de una inclinacin historiogrfica que reemplazaba a Halpern Donghi por Hernndez Arregui, a Gino Germani por Franz Fanon y a Talcott Parsons por Theodor Adorno.

Esto merece un breve comentario. En estas ctedras se hicieron diversas experiencias pedaggicas, y el tema de lo que por entonces se comenz a llamar la “crisis de la razn occidental”, llev a introducir en los estudios corrientes, los temas de la Escuela de Frankfurt en la Universidad, entonces ausentes, salvo en unas pocas ctedras de Filosofa. Se reactiv la lectura de Hegel -esto a cargo de Gunnar Olsson, quien era el compaero de Alcira Argumedo-, y Roberto Carri se esmeraba en criticar y al mismo tiempo retomar los temas de Eric Hobsbawn para estudiar a los “rebeldes primitivos” del Chaco. De ah sale su Isidro Velzquez, formas prerrevolucionarias de la violencia.

Este prrafo merece un comentario adicional. La carrera de sociologa estaba en la Facultad de Filosofa y Letras. En mi opinin, su separacin (encomendada por el gobierno militar de 1976 al sempiterno Tecera del Franco, pasndola a Derecho, donde haba estado toda la primera mitad del siglo XX), fue un error no solo por intentar religarla a las ciencias jurdicas, sino por separarla de la filosofa y la literatura. Cuando todas estas dimensiones de los estudios de humanidades compartan una misma unidad pedaggica, es claro que Hegel era la figura cardinal del momento. La carrera de filosofa contaba con un gran profesor como Andrs Mercado Vera, titular de Filosofa Moderna. En esa misma carrera daban clases desde perspectivas latinoamericanistas Amelia Podetti -discpula de Mercado, quien a su vez era discpulo de Carlos Astrada-, y Jos Pablo Feinmann. Aun con nfasis diferentes, pues las ctedras nacionales eran hijas de lo que en la poca se llam el “encuentro entre marxismo y cristianismo”, no dejaban de haber frecuentes contactos y aproximaciones entre estas experiencias que eran profesionalmente heterogneas, pero tenan inscripciones ms o menos diversas en las anchas alamedas del peronismo.

Otra observacin sobre el libro sobre “rebeldes primitivos” de Carri. Es que Roberto rechazaba a Hobsbawn, pero se basa no poco en l. En forma inesperada, y tentando por ser “sociolgico”, el Isidro Velzquez de Carri remeda a la distancia del clsico brasileo Los sertones de Euclydes da Cunha. La defensa del “bandolerismo social” frente a los “socilogos sarmientinos” dej honda huella en la Carrera de sociologa. El libro afirma al mismo tiempo un ensayismo social, una investigacin rigurosa sobre las condiciones econmicas del Chaco y un estilo de vehemencia panfletaria, enzarzado en su prosa rpida y elocuente. Carri era un hombre de izquierda cabal, se haba internado en las honduras de las formas ms radicales de las luchas sin perder su dctil capacidad de reflexin y anlisis de las fuerzas en pugna. Sus debates eran mltiples, entre otros, con el libro que comenzaba a leerse en muchas ctedras, antes de 1966, Estudio sobre los orgenes del peronismo de Murmis y Portantiero. Influido por las tesis de Milcades Pea, este libro las recreaba con mayor sensibilidad acadmica y una demostracin ms atenuadas que las tesis que propona el vehemente Pea.

Este libro era, pues, el objeto de debates de Carri, quien en ese momento no acertaba a encontrar su sujeto, por lo que lleg a vaticinar que la aglutinacin obrera en sindicatos industriales era el norte de la revolucin. No le dur mucho ese apresto elogioso de la UOM, que queda plasmado, sin embargo, en el libro Sindicatos y Poder en la Argentina. Respecto a la rivalidad con Murmis, Carri me cont cierta vez una ancdota graciosa. Los dos mandaban a sus hijas al mismo colegio. En un da patrio la maestra ordena correr el piano y les dice a dos padres que estaban en las cercanas. “A ver ustedes dos, seores padres, a correr piano”. Y me vi con Murmis, dir risueamente Carri, del otro lado del instrumento, haciendo fuerza como yo para correr el “artefacto” hacia donde nos haban ordenado.

Alcira


No s cunto dice esta ancdota sobre las opciones polticas y las vicisitudes personales, la sociodiceas, dira un socilogo de entonces premiosa lectura, que llevan a considerar como lo social hace y deshace destinos personales. En cuanto a Alcira Argumedo, sus clases desde aqul entonces, y luego cuando nos reincorporamos a la Universidad luego de 1983, en otra Facultad que recin se creaba, (la de “Ciencias Sociales”, una conjuncin que fue y sigue siendo problemtica), consolid su estilo. “El estilo de Alcira”. Este tena varias franjas que es difcil tanto enumerar como jerarquizar. Cul est primero? Creo que hay de inicio una frmula referida al que escucha. Escuchar es estar incluido en una historia en movimiento y nuestras libertades incluyen nuestros movimientos en los de la historia. Pero sta, mucho ms sigilosa, incluye en nosotros los de ella. Nos devuelve aumentados los que nosotros le pusimos por ventura en nuestros momentos de autonoma. Ahora bien, esa historia que conocemos en condiciones que no sabemos, ocurre en un mundo desdichado, de opresiones y ludibrios, cuyas causas son econmicas y polticas. Ellas siempre tienen respaldos de un lenguaje especfico que hace a la responsabilidad de personajes, textos y elaboraciones que se llaman precisamente “intelectuales”.

La intelectual Alcira, envolva cualquier problema de determinacin econmica en la existencia previa de un sujeto, tanto que este supiera que transitara por unos suelos de determinacin o no tuviera comprobacin de ellos. Siempre “la poltica estaba al mando”, pero esa frase era intil si no se estudiaban las condiciones de la existencia real bajo las cuales el oprimido se convierte en un dato ms de una red de dominio mundial.

Haba entonces que describir de un modo lcido y penetrante esa red. Alcira haca hablar a las estadsticas, los datos en su voz cobraban vida. Eran datos de los que suelen llamare duros, pero en su palabra era datos de una antropomorfa de la dominacin. Todas las retculas del capitalismo, tanto industrial, financiero, informtico, digital, estaban en condiciones de reunirse en la idea de “Occidente”, lo cual originaba dos problemas que en Alcira nos llevan muy lejos. Alcira sola enumerar una larga serie de smbolos culturales de pueblos arcaicos, algunos de cuya memoria posemos unos pocos y preciosos vestigios, que en miles de aos que no sabramos calcular, tenan plenos recursos de vida, conocimientos mdicos, espirituales, materiales, simblicos, que el mundo posterior, y sobre todo Occidente, no lograban ni emular ni sustituir plenamente.

Ya sea por olvido de las mejores tradiciones, ya sea por un imperio tcnico que hace de la mquina una abstraccin opresiva, vivimos orientados por un simulacro cultural que lleva varios siglos, que se cubre de gloria de tanto en tanto, pues tiene crticos avanzados que festejan sus Dante Alighieri y sus Balzac, porque no sus Foucault, y sin embargo, eso no pasa de ser un organismo mental y de guerra, que succion lo mejor de las culturas que Occidente mismo extingui y que usufructa secretamente, a travs de una tecnologa avanzada que en vez de derramarse para la felicidad pblica, lo que hace es lo contrario, apuntala cada vez ms la vida financiera mundial, secando existencias, marchitando esperanzas.

Esta cultura de la racionalidad imperial es la que distribuye en forma desigual los bienes y los alimentos, la que crea las guerras y entontece a las poblaciones. Alcira contaba con gracia estas situaciones, que no ocultan ciertas ideas mesinicas sobre la historia. No cabe duda de que una reivindicacin de los pueblos originarios, en la que Alcira se anticipa a lo que hoy se llama decolonialismo, y su crtica radical al extractivismo, apuntan a darle un subsuelo humanista novedoso a sus intervenciones tericas y polticas -tanto en la Universidad como en la Cmara de Diputados-, destinadas a cuestionar la falta de virtud poltica, la verdadera corrupcin que viaja en la carlinga del capital financiero internacionalizado.

Oscar Masotta y Jacques Ranciere

Hace muchos aos -desafo para los memoriosos y para los que an no han olvidado el nombre de Oscar Masotta-, este destacado crtico cultural convertido luego en un gran representante de la escuela lacaniana, deca que las izquierdas tenan que tomar temas, cuestiones y vocablos “de las derechas”. Cmo as? Masotta menciona, por ejemplo, la idea de destino. Y esta idea, ms que de derecha es una idea del arte clsico de la antigedad y forma laica de las escatologas cristianas. Si las izquierdas de aquellos aos 60 parecan estar pasando un momento auspicioso, se notaba tambin un cuerpo de ideas que no evitaban los esquematismos, las citas rituales y los cerrojos voluntarios en su lenguaje. Se trataba entonces de fecundarla con el arte de vanguardia, con nuevas formas de comunicacin popular, con recursos obtenidos de escritos clsicos que ya “los padres de las izquierdas” haban aprobado. Marx haba elogiado a Balzac, un hombre monrquico que comprenda como nadie la espesura de los sectores sociales en una sociedad como la francesa, competitiva e hipcrita. Trotsky haba descartado totalmente la visin de un comit literario sovitico que haba declarado a Dante un escritor de la “etapa mercantilista”, sosteniendo que haba que observar sus valores culturales permanentes. Marx mismo escribi sobre el “eterno encanto del arte griego”.

Hoy parecera al revs. Muchos “temas” de izquierda se hallan en manos de “derechas militantes”. Jacques Ranciere ha escrito hace pocos das que “la denuncia del islamo-izquierdismo, es la ltima etapa de una campaa ideolgica que ha acompaado el crecimiento de la criminalizacin, de vez en vez, hacia todas las formas de lucha por la igualdad. La Revolucin Francesa se ha identificado con el Terror, las revoluciones obreras fueron remitidas al Gulag, los ideales de la Resistencia vistos solo a travs de las mujeres rapadas por colaboracionismo, el antirracismo denunciado como el totalitarismo del siglo XXI, el anticolonialismo transformado en “racismo antiblanco” y el apoyo al pueblo palestino oprimido, identificado con la defensa de un “Islam terrorista”.

He aqu lo contrario de lo que pensaba Masotta. Es lo que va del pensamiento de los aos sesenta a esta infausta poca del siglo veintiuno. La derecha invierte todos los temas igualitaristas para identificarlos con el Terror. Es la derecha tomando temas de la razn libertaria e incluso llamndose “libertaria” ella misma. Y concluye Ranciere. “Esta permanente criminalizacin de toda la tradicin progresista y revolucionaria, no ha sido inspirada por la “vieja derecha”. Ella se ha desarrollado en el seno de la burguesa “liberal” y de una intelectualidad “republicana” venida de la izquierda y de la extrema izquierda. Es ella la que ha elaborado la forma modernizada de la vieja cancin de los ricos que dicen que toda lucha contra la injusticia social est condenada a terminar en un terror sanguinario”.

Por qu recordamos estos prrafos tan actuales y trascendentes de Ranciere? La situacin de Francia es en alguna medida semejante a la de nuestro pas, en cuanto a las mutaciones que hubo en la vida intelectual. Para Ranciere, los nuevos estilos polticos “republicanos” franceses son mutaciones y brotes transformistas de una parte de la izquierda de los 60. No de la ultra derecha. En la Argentina, no hubo en los ltimos aos una derecha racialista estable, aunque ahora comienza a dar sus pasos. Pero de ah sale una parte del aparato sensorial de los prejuicios ms oscuros, y no hay que exceptuar muchos espritus provenientes de los dorados aos revolucionarios que han hecho en este mismo sumidero, sus cuentas “debidas”, incluso diciendo ahora que las Malvinas “son inglesas”. No decimos esto con nimo de injuria ni de creernos inmunizados ante todo peligro que, al reconocerlo, antes nos haca valientes, pero sobre un suelo a veces falso. Pero una burguesa liberal acadmica haciendo de su pasado una “historia fra” alza su indignacin ahora contra la lnea maestra de los compromisos polticos argentinos, que atravesaron varias pocas y que, por cierto, han sufrido tambin su transformacin. Pero no su vuelco dramtico poniendo todo el pasado en juego, para declararlo equivocado, absurdo o meramente melanclico. Alcira vio y supo combatir todas estas defecciones.

Armas de la crtica, crtica de las armas

En su momento, Alcira no dio el paso hacia las armas, al mismo tiempo que luego no abandon la memoria de los que s lo hicieron -como Roberto Carri, que puso su vida en estado de testimonio final. Alcira retom la vida poltica intentando una versin del peronismo que lograra expulsar de s mismo sus formaciones burocrticas. Imagin, con Pino Solanas, una institucin partidaria con nfasis en la cuestin ambiental, territorial y poblacional, aceptando las tesis del buen vivir, y por otro lado, se invit a concebir en la cinematografa documental una forma paralela a los ensayo textuales que ella misma desarrollaba. Por cierto, todos los componentes de las ctedras nacionales fuimos influenciados por Solanas, y en lo posible, ramos los que dbamos a conocer La Hora de los Hornos en las barriadas populares. Pero finalmente, fue Albertina Carri, hija menor de Roberto, con Los Rubios, ya cuando todo haba pasado, la que consigue hacer un relato sobre la condicin de la mirada social, de la vida popular, de la investigacin cinematogrfica y del propio cine como un pensamiento visual sobre la historia, de modo que se pueda decir que las ciencias sociales no lo haban logrado de la misma manera en esos mismos temas. Al menos, con los alcances que Albertina le haba dado a su reflexin sobre el pasado, donde el factor histrico estaba puesto como un desencaje o un desajuste. Pequeo recuerdo: Alcira, Albertina y yo asistamos a una mostracin previa de un film de Pino. En un momento se muestra la escena de un adolescente que pretende suicidarse. Al terminar la proyeccin, en el laboratorio Cinecolor, todos aprobamos. Menos Albertina, que tajantemente le dijo a un sorprendido Pino, “ningn adolescente hara eso si quisiera suicidarse”.

Un tema permanente del pensamiento de Alcira era elaborar un relacin posible y efectiva con el marxismo, con el que no comparta su indiferencia por la cuestin colonial -en nombre de la astucia de la historia-, ni su teora de la alienacin del trabajo -porque la mercanca no es necesariamente un fetiche que recubre todo proceso de conciencia, sino que sta puede sentirse desprendida de la coaccin que emana del “tiempo de trabajo socialmente necesario” para restar de s misma el valor de las mercanca, y diferenciarse de la alienacin universal capitalista. Ya que el acto que es producto del valor-trabajo, podra ser autnomo del modo en que operara la “conciencia pblica” cuando est en juego un motivo colectivo de ndole popular-nacional. All surgira entonces el momento propio de la autoconciencia colectiva, y de ah que la “plusvala fabril” podra ser compensada en cuanto empiezan a vivificarse los movimientos nacionales, que obran en otra instancia de identificacin emancipatoria. Y eso ocurre cuando se produce el desligamiento de la vida nacional de las formas de dependencia imperialistas. De ah, la “opcin por el peronismo”.

Ya s que resumo muy enjutamente las variadas lneas de discusin que se manifestaban en las “ctedras nacionales”, que incorporaban la crtica a la racionalidad instrumental por la va de Adorno, el europesmo por la va de Jauretche, de Peter Worsley y Wright Mills, gran heredero del pragmatismo de izquierda norteamericano, la crtica al colonialismo cultural por la va de Cooke, Fanon o Hernndez Arregui, y la lectura de Hegel o de Sartre, segn la circunstancia o el profesor de cada materia. Algunas, muy especficamente -en mi caso, la materia Nacin y Estado, cuyo titular era Justino O Farrel, el Adjunto era Gunnar Olsson y el nico ayudante, el que esto escribe, donde muy marcadamente se estudiaba la Filosofa del Derecho de Hegel. De Olsson -se conservan las magnficas clases del compaero de Alcira- debo decir que era nuestro maestro hegeliano. No faltaba all la lectura de los escritos militares de Pern sobre la guerra ruso japonesa de 1905, la guerra franco prusiana de 1871 y los Apuntes de Historia Militar, bajo el notorio influjo de Clausewitz. Esto es, de un modo bastante original, la “teora de la guerra”, escasamente presente en la universidad, pero en esa materia era un tema esencial, como lo fue en la Antigedad y en esencia lo es siempre, hoy con ms razn.

Alcira y la tesis de la alienacin popular

Alcira le agregaba a todo esto -que solo he resumido muy parcialmente; fueron aos muy vertiginosos en cuanto a lecturas y compromisos polticos-, una forma expositiva y una tesis sobre la alienada universalidad de la etnicidad europesta. Alcira buscaba en las culturas ms arcaicas, sobre todos en la de nuestro continente, en siglos muy anteriores a la presencia conquistadora de los reinados europeos, las bases de un pensamiento ms rico que la racionalidad occidental. Para ella, Kant o Foucault estaba bien si se trataba de hablar de una cierta “ontologa del presente”, pero fallaban en cualquier comparacin que se pudiese hacer con los pensamientos ticos, antidisciplinarios o “anti dispositivos” de cualquiera de los pueblos de la antigedad no tocados por el “Logos Cartesiano”. Sin duda, todo esto es materia de discusin, pero es el antecedente ms evidente de la discusin de la que hoy se encargan los estudios decoloniales o las epistemologas del Sur. Con toda esta carga, Alcira sorprendi en una Cmara de Diputados chata y solo vehemente cuando llegaba el momento del insulto y la agresividad. Ella, con su serenidad, irnica a veces, y oradora refinada en las tribunas de la plebe, desplegaba su amor por las cifras y los datos, hacindolos vivir dentro de una historia, de la que provenan. A diferencia de cuando se escucha a profesores y diputados mentar esas cifras como implorando ser credas, para Alcira, un grupo de datos o una tendencia estadstica, en sus discursos obraban como seres vivientes. Sembraban el camino para lo que realmente importaban. Mostrar un desastre poltico, humano y civilizatorio, lanzar una mirada sobre el abismo, y esbozar enseguida, no sin ingredientes mito-profticos, el modo en que los pueblos podran salvarse de sus desdichas.