27/03/2021 La opinin de Ricardo Ragendorfer

Detrs del golpe militar, el silencio complaciente de muchos civiles

Antes y despus del trgico mircoles 24 de marzo de 1976,un mosaico de actores civiles –empresarios, dueos de medios, curas, comunicadores, artistas e intelectuales- avalaron, por accin o por omisin, el ataque militar a los instituciones democrticas.

Por Ricardo Ragendorfer

La Junta Militar conformada por Massera, Videla y Agosti. A 45 años del golpe, una imagen que sigue siendo aterradora.
La Junta Militar conformada por Massera, Videla y Agosti. A 45 aos del golpe, una imagen que sigue siendo aterradora.

A tres das de empezado el otoo de 1976, la cada del orden constitucional se deslizaba ante los ojos de la llamada opinin pblica. De hecho, aquel martes, la portada del diario Clarn anunci: “Inminencia de cambios en el pas”. Y ya en la maana siguiente, su nico ttulo de tapa, con tipografa catstrofe, tena dos palabras: “Nuevo gobierno”. Era el 24 de marzo.

Hay quienes jams olvidaron el color opaco de esa jornada. Ni la niebla. Ni las calles desiertas. Ni los tremebundos acordes de la "Marcha de Ituzaing" como preludio del “Comunicado N 1 de la Junta Militar”, ledo por un locutor que pareca estar transmitiendo desde las tinieblas. Su arranque: “Las Fuerzas Armadas han tomado el control operacional del pas”.

Al rato, los televisores exhibieron tres siluetas fantasmagricas junto a un escribano y un sacerdote, al jurar en el Saln Blanco de la Casa Rosada. Haba que ver el rostro calavrico del teniente general Jorge Rafael Videla, Y su porte exageradamente tieso, con el cuello estirado hasta lo imposible.

El jueves, Clarn titul: “Total normalidad”, sobre una fotografa de la peatonal Florida profusamente transitada. El epgrafe sealaba: “Las calles del centro porteo mostraron su aspecto habitual”. Hasta hubo espacio para una noticia futbolera: “Argentina derrot a Polonia”. Aqu no haba pasado nada.

Tanto es as que, durante la noche del viernes, el restaurante Hermann, frente al Jardn Botnico, estaba colmado como en vsperas de cualquier otro fin de semana. Salvo por un detalle: el bullicio de las conversaciones sonaba ms cauteloso que de costumbre. Hasta que un vozarrn congel la escena.

–Si Videla no la fusila a Isabel, hay que fusilarlo a Videla! –bramaba un sexagenario con mandbula cuadrada, desde el fondo del saln.

El hombre, que comparta la velada con su esposa y otra pareja, repiti la frase, esta vez golpeando la mesa con la palma de la mano.La concurrencia evit mirarlo. Los mozos, con gran disimulo, buscaban refugio al costado de la barra. El aire se poda cortar con una navaja.

Ese lugar, de pronto, se haba convertido en un laboratorio social.

El campo de las actitudes


Lo cierto es que, si bien en el funcionamiento de la ltima dictadura intervino, a la par de los uniformados, un mosaico de actores civiles –desde empresarios hasta curas, pasando por dueos de medios, comunicadores e intelectuales que legitimaron sus prcticas– no est de ms poner el foco en el comportamiento de quienes no fueron parte del rgimen.

Claro que los interrogantes al respecto no apuntan hacia la culpabilidad de este vasto sector de la poblacin sino al campo de las actitudes sociales que tuvieron, sin soslayar sus fragmentaciones ideolgicas, etarias y de clase.

Cmo se perciba la represin generalizada o la poltica econmica o la censura, entre otras disfunciones de aquella burocracia autoritaria? Y desde un punto de vista ms amplio: cmo se razonaba en medio de un genocidio?

En tal sentido no fueron un hecho menor las normativas impuestas sobre la existencia cotidiana. Normativas arbitrarias hasta el absurdo, cuyos alcances medan el sometimiento de la sociedad civil al poder militar. Las personas ni siquiera podan vestir como queran; hasta una barba era causal de sospecha. Y sin otro propsito que arrebatarles la condicin de sujetos responsables de sus actos y elecciones. As funcionaba la maquinaria psicolgica del terror.

Alguna vez el ensayista Guillermo O’Donnell afirm que el gobierno de facto tuvo un “considerable xito” en sus tcticas de controlar a la sociedad, al punto de que sta se “patrull a s misma”.Semejante atmsfera an se conserva en los archivos flmicos y en las hemerotecas; basta ver programas televisivos de la poca, las pelculas, alguna publicidad, adems de artculos en diarios y revistas. Una reveladora suma de registros audiovisuales y grficos que merecen una autopsia.

All, entre otros atractivos, desfilan personajes pblicos sin compromiso orgnico con la dictadura, y que todava gravitan en la actualidad



An hoy se emite, cada tanto, las imgenes de un almuerzo con Mirtha Legrand grabado en junio de 1978, tras concluir el Mundial. En esa ocasin, la conductora, de pronto, dice: “El Presidente llor”. El presidente era Videla, y sus lgrimas eran de alegra ante el triunfo de la Seleccin. Todos en esa mesa televisiva –el actor Claudio Levrino, el cantante Laureano Brizuela y Susana Gimnez– tambin estaban emocionados. Quien se convertira en la “diva de los telfonos” hasta no escatim esa oportunidad para fustigar la denominada “campaa antiargentina en el exterior”. Complicidad, sumisin o simple falta de conocimiento?

En una entrevista efectuada casi cuatro dcadas despus para la revista Caras, Susana evoc aquella poca con sentimientos cruzados: “No supe nada de las atrocidades que se cometan. Pero yo fui perseguida porque mi noviazgo con Carlos Monzn no era bien visto por las autoridades”.

El ya fallecido Gerard Sofovich tuvo un problema similar: “Vos crees que de saber lo que pasaba en la ESMA yo hubiera trabajado para ellos?”, dijo en 2013, durante un dilogo con el autor de este artculo. Y aclar que, hasta el verano de 1977, l tambin estuvo prohibido.

Idnticos impedimentos fueron sufridos por otras estrellas, como Moria Casan y la propia Legrand: prohibiciones breves y presuntas caceras de baja intensidad, mientras ignoraban estar bajo un rgimen totalitario. Esa suma de circunstancias no los convierte, obviamente, en criminales. Pero son un reflejo de cmo zigzagueaba el espritu pblico de entonces.

Un gran ejemplo al respecto es el escritor Marcos Aguinis.En su momento, escribi una biografa del almirante Guillermo Brown como “homenaje y donacin” a la Armada, cuando Massera era su mximo cabecilla. Ya bajo la democracia, Aguinis justific el destino de esa obra con un argumento de peso: “Lo hice para gestionar el paradero y la libertad de gente desaparecida”.
No hay constancia, claro, de ninguna vctima del terrorismo de Estado que haya salvado el pellejo gracias a su monografa. Aun as, en la edicin de la revista Noticias del 10 de septiembre de 2011, el autor de "La cruz invertida" aluniza en la polmica sobre el papel de la sociedad civil durante la dictadura con una columna cuyo ttulo revela su posicin al respecto: “Revisionismo berreta”. All, Aguinis afirma que "las ideologas oscurecen la razn, y que la poltica de Derechos Humanos del gobierno kirchnerista intenta “reescribir la historia para eternizarse”.

Vigilantes con crema pastelera


Hablando de “revisionismo”, merece ser evocado un artculo publicado por Carlos Burone el 12 de julio de 1978 en la revista Siete Das. Porque en su letra consta lo que mucha gente pensaba, o deba pensar.

All relata un encuentro de Videla con algunos periodistas extranjeros que cubrieron el Mundial. Y escribe: “Yo estuve en ese lugar mientras el seor Presidente hablaba, y reaccion automticamente sacando una lapicera para anotar lo que acababa de or: ‘No concibo un periodismo que ejerza su libertad sin ejercer su responsabilidad’. Ese era un concepto tan preciso, que solo basta con cambiar la palabra ‘periodista’ por ‘ciudadano’ o, simplemente, ‘hombre’, pata encerrar en tan pocas palabras una de las mejores aproximaciones a la esencia de la Democracia, con mayscula”.


Despus, la pluma de Burone arremete contra la “subversin aptrida”, denuesta a los gobiernos europeos por sus denuncias contra la Junta Militar y se compadece de todos los “soldados y policas que no murieron en la cama”.

Aquel texto concluye con una intimidad: “Es domingo; me encantan los vigilantes con crema pastelera. Y adems tomo cocoa, como la que todos los domingos haca mi mam. Pero hoy ser mucho ms divertido porque en la Formula 1 corre Carlos Reutemann”.

Genocidio y cocoa. La banalidad del mal en estado puro.

Tambin es memorable un viejo tape –que de vez en cuando los canales de TV suelen poner al aire– con un fragmento de noticiero emitido durante esa poca, con una entrevista a un teniente coronel reciclado como funcionario en algn ministerio, a quien le preguntan:

– Por qu razn los jvenes tienden a rebelarse ante la autoridad?
La respuesta fue:
–Vea, seor periodista, algunos jvenes padecen de lo que yo llamo “exceso de pensamiento”.

Tampoco tiene desperdicios un anuncio grfico de la emisora radial FM Rivadavia, publicada el 8 de octubre de 1978 en la revista Somos.Su texto: “Lo ms importante del sonido FMR es el silencio”.En realidad pretenda comunicar que en los receptores de alta fidelidad, las transmisiones de esa emisora no incluan sonidos molestos. Pero el toque subliminal del asunto resultaba perturbador.

A continuacin, una postal callejera: corra la tarde del 21 de mayo de 1976, cuando un hombre ya entrado en aos descenda de su automvil, luego de estacionarlo en la calle San Jos, a metros de Alsina.

“En aquel momento –segn su relato– o lo que interpret como falsas explosiones de motor; despus, un clamoreo de voces enfticas; voces que se aproximaban, hasta que vi un tropel de personas que corran hacia donde yo estaba. Iba adelante un individuo con traje holgado, color ratn. Y al subir la vereda, tropez y cay. Uno de los perseguidores (todos de civil), le aplic un puntapi extraordinario y le grit “Hijo de puta”. Otro le apunt desde arriba, con el pistola de cao ms grueso y largo que he visto, y comenz a disparar. Las cpsulas servidas caan a mi alrededor. Yo me alej.

Luego, alguien dijo:
–Esos eran los tiros que mataron a un hombre.

Yo haba contado lo que pude ver.

–No cuente eso –contest mi interlocutor–. Mire si todava lo llevan de testigo. O si no quieren testigos le van a hacer algo peor.

A pesar del fro, me saqu el sobretodo para ser menos reconocible”.

El testigo en peligro era nada menos que Adolfo Bioy Casares. Y dicha vivencia la volc en sus diarios ntimos, que fueron compilados en 2001 por Daniel Martino con el ttulo "Descanso de caminantes".

No es una exageracin decir que aquel episodio haba repercutido en su conciencia. El 13 de agosto de 1980, las Madres de Plaza de Mayo publicaron en el diario Clarn su primera solicitada. Y entre los firmantes estaba nada menos queBioy Casares. El horror a veces toma impensadas formas de coraje.