24/03/2021 24 de marzo

“En la Argentina, la memoria del pasado es un legado que se reactualiza”

La psicoanalista Fabiana Rousseaux atiende hace 20 años a víctimas de delitos de lesa humanidad y considera que la pandemia vino a actualizar la memoria de lo que ocurrió durante la dictadura. Por Carlos Romero, para Contraeditorial.

Por Carlos Romero, para Contraeditorial.

Fabiana Rousseaux coordinó el Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado “Dr. Fernando Ulloa”. Foto Gentileza Contraeditorial.
Fabiana Rousseaux coordinó el Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado “Dr. Fernando Ulloa”. Foto Gentileza Contraeditorial.


Hace más de 20 años que la psicoanalista Fabiana Rousseaux asiste a víctimas de violaciones de derechos humanos, en especial, a personas que sufrieron delitos de lesa humanidad y otras formas de terrorismo de Estado. En 2016, fundó la asociación civil Territorios Clínicos de la Memoria (TeCMe), que reúne a profesionales y activistas especializados en políticas públicas en materia de Derechos Humanos.

“En nuestro país, la memoria del pasado es tomada como legado. Es decir, no porque estemos a 45 años de los hechos estamos más lejos de esos hechos, sino que retornan”, señala Rousseaux, quien en su vasta trayectoria coordinó el Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado “Dr. Fernando Ulloa”.

La psicoanalista considera que la pandemia vino a reactualizar esa memoria. “Comencé a escuchar –remarca– cómo se empezaban a pegotear los significantes por los que habían transitado las experiencias concentracionarias con los que traía la pandemia, también en boca del Estado, pero ahora de un Estado cuidador”.

“No sé si el feminismo hubiera sido el mismo en el país si además no hubiese tomado los legados de las Madres y las Abuelas, cuando ellas hacen ese traspaso del pañuelo blanco al pañuelo verde”.



Rousseaux ve ahí, en esa diferencia radical, “los legados que permiten poner en serie lo que sí encarnó un Estado reparador como el argentino bajo la gestión kirchnerista, que puso en primer lugar el dolor de las víctimas, con un Estado que ahora toma esos legados, los recoge y los anuda a la política sanitaria”.

– Después de cuatro años de Cambiemos, con la pandemia y un gobierno que hoy enfrenta una crisis económica y sanitaria, ¿cómo evalúa la situación de los derechos humanos en el país?

– Como acabás de mencionar, hay una cantidad de acontecimientos que interceptan y hacen muy complejo despejar la cuestión de los legados en la Argentina respecto a los derechos humanos, luego de la pandemia del macrismo y, ahora, luego de un año de esta pandemia inaudita. Pero, por otra parte, a diferencia de cualquier otro país del mundo, en la Argentina los derechos humanos se constituyeron en un nuevo acontecimiento político.

Para la autora, en la Argentina la memoria del pasado es tomada como legado.
Para la autora, en la Argentina la memoria del pasado es tomada como legado.


No quedó solo circunscrito a la cuestión de tener una oficina, una secretaría o un lugar donde se trate esta problemática, sino que, a partir de la construcción de un sujeto político como el que constituyeron las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, convirtiéndose ellas mismas en un emblema a nivel nacional e internacional, se produjo un nuevo acto político. Se hizo una lectura no circunscrita solo al problema del dolor, de la víctima y, por lo tanto, de la victimización; y tampoco solo al problema de no olvidar o de la memoria.

Se traspasó esa línea, al punto de articularse con las políticas públicas de la manera en que se hizo durante el kirchnerismo, habiendo elevado al problema de los derechos humanos en la Argentina al estatuto de una nueva categoría política. Eso no tiene precedentes en el mundo y es lo que hace que acá estas fechas conmemorativas no sean una mera repetición, estática, siempre igual de recordar. Eso hay que hacerlo, es la custodia de los legados y la conmemoración de nuestros muertos y desaparecidos, por supuesto.

“El avance de la ultraderecha es un avance a nivel mundial que la pandemia facilita”.



Pero no es solo eso. Hay una construcción que va más allá, que se dejó tocar, atravesar, dividir, fusionar, fisurar, por ejemplo, por el discurso del feminismo. Entonces, yo no sé si el feminismo hubiera sido el mismo en el país si además no hubiese tomado los legados de las Madres y las Abuelas, cuando ellas hacen ese traspaso del pañuelo blanco al pañuelo verde. No sé si no tenemos que poner en la cuenta incluso del discurso del feminismo el impacto y las consecuencias de que existan en la Argentina mujeres como las Madres y las Abuelas, que se pusieron los pañales de gasa, los chiripás de sus hijos, y salieron a la calle y al mundo.

¿Esto también explica por qué los derechos humanos en la Argentina, así como se potencian cuando los gobiernos acompañan, saben enfrentar las situaciones más desfavorables?

– Totalmente, y además las tensan. Fijate lo que pasó en pleno macrismo con el 2×1. Aún aquel sector de la sociedad que nunca participó de los actos del 24 de marzo, ni de las manifestaciones por la búsqueda de los desaparecidos, ni se implicó en la lucha por los derechos humanos, sin embargo ese día se sintió compelido a salir a la calle. Fueron como empujados frente a un temor que se reactualizaba, que era que si esos genocidas estaban sueltos y se rozaban sus cuerpos ya no solo con las víctimas, sino también con la sociedad, había algo que se diluía.

Ese acontecimiento para mí fue un salto que mostró cómo se abrocharon todos los sentidos que se fueron construyendo a lo largo de estos años. Además, no olvidemos que a partir de ese 2×1 emergieron por primera vez los hijos de los genocidas, algo que tampoco se dio en ningún otro lugar del mundo.

Y es a raíz de que surgen, bajo diferentes modos, como colectivo, como una voz social inédita, inesperada, que otros hijos de genocidas se contactaron con ellos desde otros lugares del mundo, incluso de Alemania, habiendo pasados muchos más años.

Y luego, emerge otra generación que toma estos legados: la generación de los nietes de desaparecidos, y ahí, ya en el propio nombre, está la interferencia del discurso del feminismo. Ellos también asumen este legado, son como la construcción de los dos pañuelos.

Un reclamo que se repite año a año.
Un reclamo que se repite año a año.
– De nuevo, se trata de la memoria como una práctica en presente y que se actualiza, ¿no?

– Siempre hay una vuelta en ese sentido, porque si la memoria la pensamos en términos solamente históricos, estamos condenados a lo que les pasa a la mayoría de los países, que es todo el tiempo conmemorar a los muertos y posicionarse en ese lugar reiterativo. Acá, la memoria del pasado es tomada como legado, como tiempo lógico.

Es decir, no porque estemos a 45 años de los hechos estamos más lejos de esos hechos, sino que retornan. Retornan por la dimensión traumática que tuvieron, porque la figura del desaparecido se constituye en un significante que permitió escribir nuevos nombres, como Madres, Abuelas, HIJOS, nietes y otros grupos de colectivos.

Por ejemplo, y también en el macrismo, otro acontecimiento importante fue cuando se le quiso dar el arresto domiciliario a Etchecolatz. Son los vecinos quienes dijeron que no querían vivir con genocidas y se constituyeron en un colectivo: Vecinos Sin Genocidas, y empezaron a articular una práctica nueva, presentándose en los tribunales para impedir que lo dejen volver al barrio.

“El discurso negacionista pone a los ciudadanos en una desprotección absoluta”.



Es decir, se ve en esos acontecimientos cómo se articulan sentidos históricos que parecieran que a la sociedad le pasan por el costado o con los que no se involucra, y sin embargo eso hace mella, hace discurso, hace lazo.

– En paralelo, hay una corriente negacionista y de ultraderecha que también se actualiza, hoy bajo el signo de la pandemia. ¿Cómo operan los discursos de este tipo en este momento?

– Por supuesto que nos preocupan, porque además estamos obligados a pensar que el avance de la ultraderecha es un avance a nivel mundial que la pandemia facilita, a partir de la desarticulación de lazos sociales, el enloquecimiento de la cotidianeidad y la exclusión que profundizó.

Es como si el coronavirus hubiera tomado la forma exacta del real nudo problemático del neoliberalismo. A partir de esto, se van desnudando muchas cuestiones que estaban anudadas antes de la pandemia a nivel social, y se muestra el riesgo global de que la ultraderecha verdaderamente avance. Luego de la II Guerra Mundial y el nazismo, todos hemos sostenido el núcleo del Nunca Más como una expresión contundente de deseo de memoria y de nunca más.

Pero justamente como sucedió, como fue posible el horror del nazismo, es que puede volver a suceder. Cuando uno ve que ahora los pueblos votan a genocidas como Bolsonaro o ve lo que está ocurriendo en Hungría o lo que ocurrió con Trump, no podemos no interrogarnos qué pasa con ese avance.

A nivel local, ya sabemos lo que la ultraderecha hizo con esto. Ahora tiene un aval internacional y acá toma las formas que toma, como ese traspaso de toda frontera que fueron las bolsas mortuorias en la Plaza de Mayo, con el nombre de Estela de Carlotto. Fue nuevamente una intervención del horror en el espacio social. Pero insisto: ese riesgo hay que leerlo a la luz de lo que pasa a nivel global con la pandemia, no se puede desvincular.



¿Hay cuestiones del legado de los DDHH que puedan ayudar a abordar lo que está pasando con la pandemia? Me refiero a que, por ejemplo, también impacta en los sectores más vulnerables, trabaja sobre la idea del otro como peligro e implica restricciones individuales.

– Sí, en efecto. No bien arrancó la pandemia, desde la asociación civil que dirijo, y yo que en particular trabajo hace muchos años con sobrevivientes o personas afectadas por el terrorismo de Estado, comencé a escuchar muy fuertemente cómo se empezaban a pegotear, podríamos decir, los significantes por los que habían transitado las experiencias concentracionarias con los que traía la pandemia, también en boca del Estado, pero ahora de un Estado cuidador.

Por ejemplo, toque de queda, ejércitos en las calles, fosas comunes, enterramientos colectivos, el encierro. O sea, todo lo que empezó a suceder. Cuando una paciente me cuenta que en cuarentena tuvo que ir hasta la esquina de su casa para salir, a riesgo de que la paren en la calle, porque necesitaba saber que no estaba de nuevo adentro del centro clandestino, ahí me dije que ya estábamos en un tema serio de verdad. Y acá también podemos pensar cómo opera esa memoria que no es solo del pasado, sino que se reactualiza frente a determinados significantes que se vuelven a instalar.

Además, porque esta vez también estaban enunciados por un Estado. Y ahí es donde encuentro la diferencia radical: la enunciación estatal de medidas sanitarias como políticas del cuidado en relación a la pandemia, necesita estar apuntalada, para que tenga de verdad esa significación, por actos estatales de acompañamiento, de sostén, de formar parte de ritualizaciones que hoy están suspendidas, como pasa con los ritos funerario.

Es decir, si los Estados no acompañan todas esas políticas que implican el encierro y la exclusión con un discurso y actos en donde el lugar de los más dañados, de los enfermos, es alojado de verdad, se convierten en meras políticas de control y de exclusión social.

– Esa es otra cuestión en donde quedaron expuestas las diferencias entre países y gobiernos.

– Claro. Cuando comenzó la pandemia, todos los Estados aplicaron medidas sanitarias. Ahora, uno no podría poner en el mismo nivel a las políticas de la Argentina, con un gobierno que se ocupó de tener una cantidad enorme de estrategias que acompañaran esas medidas, con los casos de Brasil, Perú o Guatemala, donde los muertos quedaban en las casas, los autos, en las calles, y se organizó un circuito mafioso para que la gente debiera pagar fortunas por un tanque de oxígeno.

El discurso estatal era la política sanitaria, pero no eran políticas del cuidado. Ahí es donde veo los legados que permiten poner en serie lo que sí encarnó un Estado reparador como el argentino bajo la gestión kirchnerista, que puso en primer lugar el dolor de las víctimas y constituyó una política sobre ese dolor, con un Estado que ahora toma esos legados, los recoge y los anuda a la política sanitaria

.– Volviendo a las manifestaciones negacionistas, ¿cómo afectan a quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado y hoy, después de 45 años, escuchan la reiteración de esos discursos?

– En primer lugar, como psicoanalista, no hay forma de dar una respuesta generalizada. Depende de qué le pasa y con qué cuenta cada quien cuando escucha eso, y acá también vuelvo al discurso del Estado. Una cosa es que se instaure el discurso negacionista y otra cosa es que no haya ninguna protección para una persona que se siente a la deriva, que el Estado no responda, que lo deje pasar, que lo avale, como ocurre en Brasil, donde Bolsonaro logró que se “conmemore” la matanza del golpe del ‘64 como un día histórico.

En una situación así, el discurso negacionista pone a los ciudadanos en una desprotección absoluta, y es muy distinto a que si de parte del Estado hay una valla, una frontera, una construcción que media entre ese discurso terrible y las víctimas en general. Luego, lo que le pasa a cada víctima en particular depende mucho de las coordenadas históricas y subjetivas de esa persona. Pero sí: acá de nuevo el Estado vuelve a tener un lugar muy importante.