10/09/2020 Revista Panam

Cuerpo social

Si algo nos trajo esta pandemia, además de angustia e incertidumbre, es el espejo roto de una desigualdad, que si bien existía, estaba en parte maquillada detrás de la aceleración de la vida cotidiana. La búsqueda del sustento suele ser ágil y quizás por eso no se tomó real dimensión del verdadero panorama económico y social hasta que el mundo se detuvo.

Por Lorena Álvarez
@Lualvarez


La idea de mantener el encierro pensando en la paridad a la hora de sacar ahorros debajo del colchón fue la primera sorpresa. Había muchos ahorros, pero quizá en pocos colchones. Hablando de ahorros módicos. De una gran mayoría a la que se imaginaba en mejores condiciones para enfrentar esta situación.

Pero a los 3 millones de IFE pensados desde la órbita oficial para paliar la situación, se les sumó una cantidad impensada de fuera de radar. La demanda llegó a 13 millones de personas. ¿Quiénes eran esos 10 millones de nuevos demandantes? Y la pregunta futurista: ¿qué pasará con este nuevo panorama a la hora de la salida?

Si bien el mundo seguía detenido y se extendió el aislamiento, la primera señal de pánico fue a la hora de la apertura bancaria. La cadena de pago suspendida debía empezar a girar. La cantidad de cheques rechazados otra vez develaron que el retrato previo a la pandemia era una foto digna de Instagram: retocada por filtros. Un filtro atado con alambres que trastocó los verdaderos rasgos de la economía.

Fue así que a la extensión del aislamiento le respondió la parte del cuerpo más sensible: el bolsillo. El encierro posible es a base de un sueldo seguro o de dinero guardado. De lo contrario lo aconsejable quizás no sea lo posible.

Y así comenzó el camino a la clandestinidad. Desde trabajadoras domésticas en baúles pasando por arreglos de plomería o electricidad sin permiso hasta el tráfico de peluquero/as y manicuras que circularon de casa en casa. Y una vista gorda a muchos locales que a media persiana siguieron trabajando. Lo urgente se puso en duda. El dual precepto de “economía o salud” empezó lentamente a desmoronarse y con esa caída, el nacimiento  de nuevos reclamos. El pedido que surgió fue “si perdemos, perdemos todos”. La sigilosa guerra entre los que cobran del 1 al 5 versus los colgados. Y entre los segundos la política quedó en el ojo de la tormenta de una población que a esta altura de la soiree, es muy justificable que se sienta perturbada.

No todos los encierros además son iguales. Hacinamiento, poco espacio. O lugares preparados para vivir con gente entrando y saliendo, terminaron siendo un depósito de nuestros enojos. La apertura no necesitó oficializarse, al margen de los que bregaban por su libertad de circular, muchos otros no tuvieron otra salida más que exponerse.

Un pantallazo de estos seis meses habla de acatamiento general a las medidas, aplausos al personal médico, miedo al virus, tristeza por los afectos, inseguridad en alza, defensa de la propiedad privada a balazos, encono por la desigualdad, nerviosismo por el futuro y desolación. Demasiados días no días. Como si el futuro apocalíptico fuera un eterno loop de angustia. Pedíamos Mad Max y nos dieron encierro dentro de nuestras casas, muchas veces mamotretos sin espacio para siquiera actuar días bucólicos.

Y pasado el tiempo el enojo. Leve, sutil, por suerte. Marchas, contramarchas y apariciones mediáticas rutilantes e impensadas. Como el caso del Dipy, un cantante de cumbia, cuyo discurso es la suma de muchas frases que se pueden escuchar en cualquier cola de supermercado pero bien hilvanadas y mejor aún expresadas. Ideas nada novedosas pero que en este contexto excepcional tienen una espesura que puede calar.

Todos estamos perdiendo y lo que suena injusto tiene otra dimensión. Y más en una población que está lejos de ganar ni parecido a cierta otra parte de nuestros compatriotas.

Por eso en más de un cruce responderle con clichés mientras expone realidad efectiva, catapultó su presencia mediática. También lo agrandaron quienes le respondían con un libreto, que en este contexto se vuelve previsible y poco efectivo. Su fama y su presencia por los medios, quizás sea flor de un día en esta pandemia, pero ojo que su discurso tiene un público necesitado de esos enunciados.

Sumado a la guerra entre los que piden seguir encerrados frente a los otros que no quieren, vuelve el verdadero nudo difícil de desentrañar: los cuerpos como protagonistas. El virus que necesita del cuerpo, la imposibilidad del encierro porque muchas veces “hay que poner el cuerpo” para ganar el mango y el cuerpo como consumidor para sustentar la economía. El cuerpo social.

Buenas noticias como la reestructuración de la deuda vuelve a poner en el tapete el futuro inmediato. A la necesidad de inversiones fuertes se tiene que agregar la “garúa de inversiones”. Esos “que la pusieron” en la reconstrucción del 2001/2 en pequeña escala pero sirvieron para cambiar la situación a muchas personas. En general a esas que estaban menos preparadas y pudiste incluir.

Revivir pymes, locales, estructuras simples que necesitan que los Bancos, que suelen morder más de lo necesario, en estos tiempos agónicos se pongan a la altura de la crisis. Entre otros. Porque a los grandes planes como la obra pública o la exportación, se los puede acompañar con pequeños detalles. Esos millones que estaban ahí maquillados en el devenir de la cotidianidad hoy están a cara lavada. Son visibles.