27/07/2020 Revista Crisis

Pa(n)ciencia. La gestin de la pandemia y de la espera

El siguiente texto de Diego Golombek forma parte del libro “La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina irreconocible que viene”, editado en conjunto de la revista Crisis y Siglo XXI Editores.

Por Diego Golombek

         
                                       Es que te has convertido
                                       En parte de mi alma       
                                       Ya nada me consuela                     
                                       Si no estás tú también.               
                                       (César Portillo de la Luz, “Contigo en la distancia”)                    

Foto: Gala Abramovich
Foto: Gala Abramovich


¿En qué nos hemos convertido gracias a esta pandemia? ¿Es que nada nos consuela, ya no estarás tú –ni nadie– cerca durante un buen tiempo? Y, sobre todo, ¿qué tiene para decir la ciencia no solo para entender a un virus–ese zombi que se debate en los límites de la vida– sino, más aún, para entendernos a nosotros mismos, humanos-carnada, humanos en busca del sentido?

Veamos, por ejemplo, un artículo de la revista Science titulado, justamente, “Las lecciones de la pandemia”, de George A. Soper, que comienza diciendo: “La pandemia que hadado la vuelta al mundo no tiene precedentes. Ha habido epidemias más mortales, pero han estado más circunscriptas; ha habido epidemias casi tan distribuidas como esta, pero han sido menos funestas. Las inundaciones, hambrunas, terremotos y erupciones volcánicas han escrito historias de destrucción humana muy terribles como para ser comprendidas, pero nunca antes ha habido una catástrofe tan repentina, devastadora y universal. Lo más sorprendente sobre esta pandemia es el completo misterio que la ha rodeado. Nadie parecía saber dónde estaba la enfermedad, dónde comenzó o cómo detenerla. Las mentes ansiosas están preguntándose si todavía vendrá una nueva ola”.

Con un didáctico sentido común, Soper culmina su artículo con una serie de interesantes recomendaciones: “• Eviten las aglomeraciones innecesarias     

                                    •  Ahoguen sus toses y estornudos - otros no querrán sus gérmenes                                         
                                    • La nariz, y no la boca, ha sido hecha para respirar-habitúense                                       
                                    • Recuerden las tres “L”: limpias bocas, limpia piel y limpias ropas                                                  
                                    • Abran las ventanas                 
                                    • La comida puede ganar una guerra      
                                    • Su destino puede estar en sus propias manos-lávenlas                                              
                                    • No usen servilletas, toallas, cubiertos o copas usados por otra persona                                              
                                     • Eviten la opa ajustada, los zapatos ajustados y los guantes ajustados- la naturaleza debe ser su aliado, no su prisionera                    
                                       • Cuando el aire esté puro respiren todo lo que puedan”

Parece un dechado de buenas intenciones y de sentido común, ¿verdad? Sobre todo si se tiene en cuenta que el artículo en cuestión es de 1919 y se refiere a las lecciones que dejó la llamada gripe española.

Pero entonces, ¿nada ha cambiado? ¿Nos vamos volviendo viejos, pero no sabios? ¿O será que este tipo de situaciones extremas desnuda nuestra profunda humanidad, aquello que verdaderamente llevamos dentro y es una ventana al alma, a nuestra esencia… a nosotros mismos?.

Aislados pero humanos

Porque, es justo decirlo, el aislamiento nos hace más humanos en el sentido antropológico del asunto: observar la naturaleza y pensar qué parte nos toca en todo esto, a veces maravillarnos con lo que pasa por la ventana y otras refugiarnos como enfiestas de guardar. Y, sin duda, nos hace más primitivos. He aquí, como ejemplo, uno de nuestros principales guardianes que últimamente volvió para quedarse: el miedo. Sí: miedo a lo que no conocemos, a lo que nos puede hacer mal y, a veces, a los otros. Ese miedo que nos acompaña –por suerte– desde que el mundo es mundo y tantas veces nos ha salvado. Sin miedo, la humanidad no existiría. Y convengamos en que humano que huye sirve para otra pandemia. Y no es cualquier miedo, no: es el instinto de supervivencia que empieza por nosotros, sigue por nuestros genes mayores y menores y después, en un cómodo tercer puesto, por otros individuos más o menos de nuestra especie.

Otra primitivez que nos acoge –y también por suerte– es la de la autoridad: que alguien nos diga lo que tenemos que hacer, y allí nos entregamos en cuerpo, alma y sistema inmune. De nuevo: la tribu organizada –y la tentación de “la comunidad organizada” es grande– fue un factor de adaptabilidad a lo largo dela historia. Si vamos todos juntos, somos más y, para ello, una buena voz demando es no solo inevitable sino imprescindible.

El tercer factor primitivo es quizá el más sorprendente: los buenos ángeles de nuestra naturaleza (gracias, Abraham Lincoln). Tal vez como combinación de los anteriores, o como su propiedad emergente, surge lo inesperado: algunos atisbos de solidaridad, de ayudarnos, de pensar en los otros. Y a veces tiene que venir una pandemia para recordarlo.

En el medio, nuestro cerebro y sus relojes: los días que se hacen chicle (ya que la mente mide el tiempo de acuerdo con los eventos significativos que ocurran), el sueño nuestro de cada noche que se hace desear, la ansiedad que supimos conseguir y los kilitos de más que han llegado para quedarse.

Un cerebro empandemiado

Así, este tiempo tan extraño que nos toca vivir (habrá quienes fueron a Woodstock, quienes vieron a Sumo o Los Redondos en Cemento y estaremos nosotros, los que vivimos la pandemia) puede verse como un experimento universal para entender a esos bichos tan extraños que se han expandido desde África hasta Antártida, Hawái o Groenlandia: nos permite preguntarnos cómo responden los descendientes de Darwin cuando su esencia misma es amenazada.

Aquí entran en juego, entonces, las ciencias del comportamiento, ese conglomerado de disciplinas que tratan de entender por qué hacemos lo que hacemos. En ese entendimiento entran los llamados “sesgos cognitivos”, aquellos filtros que impiden cualquier atisbo de objetividad en nuestra mirada sobre el mundo: vemos lo que podemos, lo que nos dejan y, casi siempre, lo que queremos (ojo: no confundir con la noción de “relativismo científico”, que intenta convencer de que toda explicación sobre el mundo es válida y equivalente. No: la mirada de la ciencia, buscando datos, reconociendo patrones, aceptando sus errores y persiguiendo la zanahoria de la objetividad es la que nos ha permitido llegar hasta acá, pese a la subjetividad de sus científicos).

Volvamos al miedo, por ejemplo. La amenaza que representa una enfermedad potencialmente mortal prende alarmas en el cerebro, que se contagian y pueden tergiversar nuestra visión de la realidad y nuestra interpretación de los datos. La manipulación de ese miedo puede ser muy poderosa, y llevar a respuestas defensivas potentes. Claro que, hecho el miedo, hecha la trampa: existe ciertos esgo de optimismo, por el cual todos creemos que las cosas malas les pasan a los otros. En otras palabras, el infierno son los otros, que se van a enfermar por fumar (yo no), van a perder todo en el casino (yo no) o se van a infectar con un maldito virus (yo no). Este sesgo está más presente en hombres que en mujeres: irónicamente, ellos son menos propensos a creer que serán afectados por la enfermedad.

Este mismo miedo puede hacer aflorar al pequeño racista que todos llevamos dentro. Pueden aparecer más prejuicios, situaciones de discriminación o de límites barriales, étnicos o nacionales. Dos bandos, aquí hay dos bandos: tú con el tuyo (los infectados, los que salieron a pasear cuando no había que hacerlo), yo con el mío (los buenos, los que nos cuidamos y a los que no nos va a pasar nada). Solemos movernos entre iguales o, al menos, parecidos; sin darnos cuenta señalamos mentalmente al diferente, sea por sus costumbres, su aspecto, sus diez mandamientos o sus presuntas enfermedades. No es nuevo: las plagas que azotaron al planeta siempre generaron broncas y matanzas hacia supuestos grupos de culpables, aunque es justo decir que en la pandemia que nos tocó nos estamos portando, a grandes rasgos, bastante bien, más allá de alguna asianofobia afortunadamente pasajera. Al menos, no llegamos a la violencia desatada en el siglo XIV durante la peste bubónica (la peste negra, para ser más poéticamente justos): asesinatos de catalanes en Sicilia, pogromos antijudíos en todos lados, entre otros. O el incendio del hospital para inmigrantes de StatenIsland en 1858, para evitar la entrada de la fiebre amarilla al país de las oportunidades. Una epidemia resalta al otro como distinto, como potencialmente peligroso. El Estado soy yo; el infierno son los otros.

Recordemos también que las emociones fuertes, y la incertidumbre que nos rodea, modifican nuestra posibilidad de interpretar información, sobre todo cuando es numérica o, peor aún, relativa. Si quieren marear a un cerebro, muéstrenle porcentajes relativos y absolutos. También vale acá el concepto de “marco” (framing), introducido por Daniel Kahneman y Amos Tversky en los ochenta (allá por el alegre siglo  XX): cómo nos presenten una información influye notablemente en cómo la entendamos. Hablar de “infectados”, “fallecidos”, “sanos”, “recuperados” u otros calificativos es completamente diferente para nuestra mente: nos afectará de manera muy distinta saber que “se salvaron 90 personas de un grupo de 100” que “murieron 10 personas de un grupo de 100”.

Cosas raras para gente normal

Lo interesante es que esta visión científico-humanista puede ser usada en nuestro favor para responder a la emergencia que nos toca vivir. Así, está claro que un buen mensaje será aquel capaz de alentar las actitudes positivas que permitan una respuesta beneficiosa para el individuo y su grupo de pertenencia. El “hagan esto” suele entrar mejor que el “no hagan esto otro”.

Veamos un ejemplo concreto: el uso de máscaras, barbijos o tapabocas para mitigar la transmisión aérea del virus. Es fundamental la adherencia masiva a esta recomendación; de otra manera, pierde su eficacia. Un experimento muy reciente compara los mensajes que acompañan el mandato de usar estos protectores faciales: la gente estará más dispuesta a usarlos si se les recuerda que es una medida que previene la enfermedad en “tu comunidad”, más que en “vos mismo”, “tu familia” o, incluso, “tu país”. Si protegemos a nuestra comunidad, llegamos más lejos. En este caso también hay una división por género: los hombres parecen estar menos dispuestos a usar protección facial que las mujeres. Allá ellos.

Aquí también valen los “empujoncitos” (nudges, según la definición de Cass Sunstein y elpremio Nobel Richard Thaler). Presentar la información de manera positiva, resaltando el consenso de las medidas que se vayan tomando, ayuda a que la gente adopte mejores actitudes frente a una amenaza local y global.

Contar la panciencia

Llegamos, por fin, a otro rasgo eminentemente humano: nuestra necesidad innata de contar historias. Historias del mamut que casi cazamos y se nos escapó, historias dela matriarca que fundó la comunidad, historias de superpoderes y superdioses, historias de virus y de humanos. Contar la ciencia de la pandemia es vital, en el sentido más cabal del término: de eso depende nuestra vida. El desafío de la epidemia de la desinformación es enorme, y movernos entre la maraña de teorías conspirativas y de falsedades evidentes es un reto en el que todos, investigadores, comunicadores y receptores, estamos involucrados. Así como bacterias o vacunas, se pueden inocular conceptos y noticias (el fenómeno se denomina, como corresponde, inoculación psicológica), en las dosis adecuadas como para generar respuestas frente a las fake news. No hay campanas en la ciencia: solo enfoques diversos que pueden –o deben– discutir francamente para encontrar los huecos, los errores desapercibidos o las fallas de análisis e interpretación y, así, avanzar en conjunto por caminos más seguros. Una cuestión verdaderamente reveladora de estos tiempos es que se puede transmitir algo de la naturaleza de la ciencia, sus certezas e incertidumbres, sus pasos para adelante, para atrás y para el costado. Veamos: los datos son los datos, fríos, objetivos, y nada hace sospechar que se tergiversen; por el contrario, en la enormísima mayoría de los casos no hay fraudes en la ciencia –y cuando los hay, suelen tener patas cortas, dado que no se cumple el precepto de reproducibilidad necesario para cualquier investigación–. Así, en cierta forma, la ciencia es “objetiva”. Pero… la hacen los científicos, que (al menos en casi todos los casos) son humanos, con historias, con ganas de que las cosas den lo que queremos que den. Los datos son científicos, las interpretaciones son humanas.

Lo que sin duda es novedoso y bienvenido es que la ciencia ocupa un lugar central en el teatro contemporáneo. No era nada usual escuchar a líderes manifestando que toman sus decisiones basadas en evidencias, en expertos, en lo que les dicen “los científicos”. Será que por fin llegó el momento en que los gobiernos no solo apoyen a la ciencia (que deben hacerlo, claro está) sino que también se apoyen en la ciencia.

Y algo huele muy bien en la ciencia pandémica. Normalmente corremos para llegar primero con la novedad, con el experimento que nos dará esos quince minutos de fama en la academia. Así, lo publicamos en la mejor revista posible (y el concepto de “mejor” siempre está en debate) para que lo lean nuestros colegas, nuestros competidores y nuestras tías. Las revistas, claro está, sacan buen provecho dela situación, y se guardan derechos y opciones de lectura de los artículos. Hoy que la ciencia se ha enfocado masivamente en un único problema –algo bastante inédito en la historia–, el virus parece haber cambiado las costumbres: hay una notable vocación por colaborar y compartir datos y resultados y, lo que es aún más extraño, todos los artículos sobre el covid-19 se están poniendo a disposición para su lectura urbi et orbi por quien quiera habitar este suelo terráqueo. ¿Será que esto nos enseñará de una vez por todas que la ciencia es pública, tanto por sus orígenes como por sus destinos? Es cierto que ya vendrán tiempos de intereses, de ver quién tiene la vacuna más grande (o más cara), pero mientras los líderes políticos cierran sus fronteras, los científicos abren las suyas, compartiendo protocolos y resultados preliminares para que, luego de rascarse mucho la cabeza y los pizarrones, lleguemos a entender un poco mejor de qué se trata. Solo la verdad os hará libres (de virus).

Estamos, en fin, donde y cuando nunca quisimos estar: en la niebla de la incertidumbre. Pero en ese camino nuboso también aparecen luces que nos marcan el camino, y la mirada científica es una de ellas. Curiosamente, este experimento puede ayudarnos a conocernos un poco más: aquello de dónde estamos, de dónde venimos, para qué estamos aquí.

Como dice Paul Simon en “American Tune”: llegamos en la hora más incierta de los tiempos, y cantamos una canción. Venga ese abrazo.