18/07/2020 La memoria del maestro

Agustn Alezzo: el hombre amurallado

Murió a los 84 años. Hasta entonces, Agustín Alezzo buscó en el teatro lo que aún no sabía de él ni de los demás. A los 19 años se afilió al PC. A los 20 comenzó a actuar, a los 28 cobró su primer sueldo como actor (dirigido por Juan Carlos Gené), a los 33 debutó como director (“fue un fracaso”). Durante la dictadura, blindó su nombre y montó 27 obras de teatro. Fue el precursor del Método Stanislavski en la Argentina y maestro de actores desde hace más de medio siglo.

Por Mónica Yemayel



Es jueves 9 de julio, cuatro de la tarde. Mi hija se acerca y dice: “Mamá, murió Agustín Alezzo”, se sienta a mi lado y me abraza. Sabe que con Alezzo me  quedó algo pendiente; escribí un perfil que no llegó a publicarse. Agustín estaba enojado porque su tiempo, el que yo había tomado de él –enormes horas de charlas inolvidables- se había evaporado. Le dije que no dependía de mí. Un tiempo después, volvimos a hablar. Un libro sobre su vida. Por qué no. Siempre esa idea dando vueltas. Esto fue de lo que hablamos en aquellos meses.  Lo que nunca, a pesar de su insistencia, le envié para que leyera.

                                                                         Agustín Alezzo
                                                                 (Nada dura demasiado)


Desde hace meses, Agustín Alezzo busca un texto que lo conmueva.

-Creo que encontré algo —dice en el teléfono.

-¿Un clásico?

-No, no, algo nuevo.

-Entonces ya tiene una obra.

-Eso no sé, todavía es pronto para saberlo.

Extraña la conmoción, el poder de crear, repite en cada encuentro mientras las semanas pasan.

No es difícil imaginarlo sentado en su silla mecedora, cerca del teléfono, en el living de su casa en Palermo. Leyendo una y otra vez hasta descubrir si, en ese texto que algún dramaturgo le ha entregado, hay una idea capaz de volverse mundo. No existe un manual de instrucciones para emprender la búsqueda. Es un accidente bendito. Que ocurre o no. Una correspondencia tácita entre el texto y el director de teatro. Un diálogo secreto que, como principio indeclinable, él jamás se atrevería a forzar. Aunque duela la espera. Aunque tarde en llegar ese pensamiento que, sin haber sido escrito por él, sea completamente suyo.

-De pronto, lo que leo está hablando de mí. O de algo que quiero decir. Está ahí. Y entonces necesito ponerme a trabajar para expresarlo. Es un hallazgo inesperado, una conmoción inexplicable.

                                                                                    * * *
A los 81 años, Alezzo sigue buscando en el teatro lo que aún no sabe de él ni de los demás. Su historia de seis décadas como actor, director y maestro es inseparable de los movimientos innovadores que transformaron el teatro en los años ’60. Fue actor a los 20 años, director desde los 33 y maestro de actores desde hace más de medio siglo. Todo ha sido, según él, una suma de casualidades.

Desde siempre, quiso ser escritor. Fue educado por curas franceses en el histórico Colegio San José, en pleno centro de Buenos Aires.  A los 15 años, apenas salía de la escuela, corría al Congreso para escuchar los discursos del líder socialista Alfredo Palacios; lo deslumbraba su oratoria, ese pico de oro, y el sombrero de ala ancha. Vivía a pocas cuadras de allí, en un edificio señorial sobre la Avenida de Mayo, con tres mujeres pendientes de él: la madre viuda, una madrina y la nodriza. Y un padrino que supo ocupar el lugar de su padre muerto dos meses antes del 15 de agosto de 1935; el día en que Agustín Alezzo nació.

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Desde su mecedora, el director señala el jardín y pondera el manto de césped espeso. Es un espacio del que se siente tan creador como su jardinero. Ha plantado árboles, hortensias y malvones donde no había nada. No oculta su orgullo. Mira firme. Usa frases cortas. Son sentencias. Es un hombre amurallado. Y altivo. Con la altivez legítima de quien ha plantado donde no había nada.

En medio de la entrevista en su casa, suena el timbre. Es el jardinero. Alezzo abre la puerta y los dos hablan entusiasmados de la última poda y las plantas nuevas. El director de teatro no cree en ningún dios, pero algo superior del reino de la naturaleza lo subyuga. Cuando regresa a su mecedora, mirando hacia el fondo verde a través del gran ventanal del living, pregunta: “¿Se ha detenido alguna vez a observar, minuciosamente, el mundo de las plantas y los animales?”

Él se ha pasado la vida observando. A los hombres y sus relaciones encarnizadas, sobre todas las cosas. “Si cada día, uno se detuviera a observar durante cinco minutos a una persona cualquiera -en la calle, en un bar, en una oficina, en el colectivo- sin despegar la mirada de cada uno de sus gestos; y si esa misma noche, antes de dormir, uno hiciera el ejercicio de recordar cada movimiento, de grabar cada detalle ocurrido en esos 5 minutos de observación, ¿sabe que tendría en la cabeza al cabo de un año? Una biblioteca fabulosa con los rasgos principales de composición de trescientos sesenta  y cinco posibles personajes”. Esos han sido sus rezos antes de dormir.

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El director lleva la negación en la punta de la lengua. No. Ésa es la primera respuesta que Alezzo suele dar. Una práctica que ejerce desde chico. Según él, es algo espontáneo. De ningún modo cree que sea una forma de protegerse. “No, usted no puede presenciar una de mis clases. Nadie lo ha hecho en cincuenta  y un años. Eso que pide, no es posible”, me dijo una tarde con un tono que señalaba la impertinencia.

El no más potente y decisivo que surge al narrar la historia de su vida, es uno que pronunció a los 7 años. Fue cuando su abuelo materno, un rico estanciero de General Pico, provincia de La Pampa, quiso conocerlo. No, dijo el chico. Y el abuelo se volvió a sus campos sin el perdón que buscaba. El carácter de Agustín Alezzo. Un mito que él no desmiente. Insobornable. Duro. Exigente hasta lo imposible.

Aunque ahora se reconoce menos explosivo, sigue sosteniendo que sin un carácter firme no se puede dirigir teatro. Tampoco sobrevivir. Él y su madre lo supieron pronto. Era el inicio de los años ‘30 cuando ella se enamoró de un herrero que trabajaba en el ferrocarril y tocaba el bandoneón en una orquesta de tango. La familia terrateniente se opuso pero ella, apenas cumplió 18 años, huyó y se casó con el padre de Alezzo. El matrimonio fue intenso y breve. El director de teatro también sabe que de nada sirve hacer planes.

-A veces pienso qué hubiese sido de mi vida, ¿no?, si mi padre no se hubiese enfermado.

Deja de mecerse en su asiento y se inclina hacia adelante. Un gesto imperativo que repite a menudo cuando duda. Deja el confort del respaldo y avanza hacia el frente con todo el cuerpo, como un gigante que despierta.

A sus espaldas, el ventanal que da al jardín.

-Yo podría seguir en General Pico. Ser un hombre de campo.

-¿Le hubiese gustado tocar el bandoneón como su padre?

-¿Por qué no? O  ser cantor de tangos. Yo no planeé ser actor, ni director, ni maestro. En la vida se van dando giros inesperados.

Cuando su padre murió, una pareja amiga de la familia -que quería a su madre como a una hija- los acogió en el departamento señorial de la Av. de Mayo. Eran españoles, sexagenarios, ricos, dueños de tiendas de prendas de cashmere inglés, vivían solos, se convirtieron en sus padrinos y le brindaron una niñez de abundancia, noches de teatro, ópera y zarzuela. La madre bordaba mantos para las iglesias, nunca volvió a casarse ni le habló demasiado de su padre. Lo crió decidida, distante, con la dureza arraigada en un dolor que ni siquiera Alezzo se anima a imaginar.

Fueron años en los que nada le faltó. Lo malcriaron. Pero cuando estaba terminando el colegio secundario, la muerte súbita del padrino alteró los planes una vez más. El hombre que lo crió había escondido dinero entre las páginas de un libro; si le pasaba algo, le dijo al compartir el secreto, esa suma iba a alcanzarle para terminar sus estudios sin sobresaltos.

-Me conmocionó tanto su muerte que olvidé esa pequeña fortuna que me había dejado.

La madrina enloqueció, ya no reconocía a nadie y, poco después, cuando ella murió, Agustín Alezzo y su madre tuvieron que dejar el departamento de Avenida de Mayo. Alezzo comenzó a vivir solo y a trabajar: en la tesorería de una escuela, como vendedor de libros a domicilio, en una escribanía. Durante un tiempo, convivieron la carrera de abogacía y las clases de teatro.

Casi no dormía. Mejor dicho, me dormía en los colectivos. Tenía 28 años cuando cobré mi primer sueldo como actor, en Andorra, dirigido por Juan Carlos Gené.

Se quedaba despierto para leer. Y ver cine. Mucho cine. Elia Kazan había fundado en Nueva York el mítico Actor’s Studio para desplegar el Método Stanislavski, y Marlon Brando, entre otros gigantes, lo hacía refulgir en la pantalla expandiendo una estética que fue un imán para Agustín Alezzo.

-Un actor no debe hacer que ve, no debe hacer que escucha, no debe hacer que toca —repite el director—. Un actor tiene que ver, escuchar, tocar. Tiene que moverse en escena como en la vida.

Sus primeras clases fueron con Alejandra Boero. En el Nuevo Teatro comenzó a interpretar pequeños papeles a los 20 años; además de ayudar con las tareas de mantenimiento, limpiar baños, clavar clavos en los bastidores. No sólo recuerda su debut sino que lo interpreta. Desde su mecedora, después de atender el teléfono y dar las instrucciones para resolver un problema eléctrico que dejó sin aire acondicionado a su escuela de teatro. Se llama El Duende desde 2006 y funciona a pocas cuadras de su casa, sobre la calle Araoz. Cada vez que hay algo que resolver -no importa si es un tema relacionado con la infraestructura, la administración, los profesores, o alguno de los trescientos alumnos- el teléfono comienza a sonar.



-La obra era Pasión por Florencio Sánchez, de Wilfredo Jiménez. Yo actuaba de estatua. Era un personaje sin voz, un partiquino. Tenía que permanecer quieto hasta que, en el final, la estatua de Sánchez cobra vida. Entonces, yo que estoy con la cabeza gacha comienzo a levantarla. Muy, muy despacio. Hasta quedar de frente, mirando al público.

Ensambla cada palabra con un movimiento de cabeza. Desde la pose inicial que mira al suelo va elevándola, poco a poco, hasta que su cuello se ve entero, alto y fino,  tenso como el de un cisne engreído. Alezzo no representa a una estatua. Es ahora, mientras actúa el papel en su recuerdo, una estatua dejando de ser piedra.

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La conversación telefónica es breve. Alezzo parece estar enfrascado en ese texto que cree haber encontrado y podría ser su próxima obra en cartel. Un comentario amable y, enseguida, propone el día para un nuevo encuentro.

-A las cinco me parece bien. Para ir a la escuela podemos tomar un taxi desde aquí. Está muy cerca. ¡Ah! tenga cuidado al llegar. Edesur rompió las veredas y está lleno de zanjas peligrosas  -dice antes de colgar.

El teléfono es de línea. Un aparato viejo y negro que tiene a mano. No necesita levantarse de su mecedora para atender los llamados y mientras habla acostumbra hacer girar su bastón. Tiene un pie que arrastra desde que, en 2003, le extirparon un tumor que tenía en la cabeza. Era del tamaño de una naranja. Pudo morir, quedar paralítico; su cuerpo pudo haber repetido el tumor. Frente a esas posibilidades, que el pie izquierdo se niegue a obedecerle es apenas un detalle incómodo. Incluso, a veces lo olvida. Cuando eso ocurre, el hombre alto, elegante, la piel blanca y resbaladiza como la cera, los ojos claros, las cejas peinadas, el pelo canoso que cubre la cicatriz de la cabeza; ese hombre con pose de gladiador imperial se desploma. Cae al piso y, sin el más mínimo aspaviento, se levanta.

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Necesita hablar de su casa; era un galpón cuando la compró. En el frente hizo una construcción sencilla de dos plantas, diseñó el jardín en el centro del terreno, y el fondo lo reservó para otra construcción que cubre una pileta de natación; cuando hace frío se puede entibiar el agua. Al final del jardín, hay un cuartito para guardar cachivaches. Allí están también los recortes de periódicos y revistas con notas sobre las obras que ha montado. Son más de ochenta; nueve de Harold Pinter. Alezzo dice comprender bien el pensamiento del dramaturgo inglés, su visión crítica hacia una sociedad vana y viciada de relaciones mentirosas. La última puesta fue, a principios de 2016, Traición; un poco antes, El invernadero. Y Noche, La Colección, El cuidador, Viejos Tiempos, Voces de Familia.  No hay un tema único de interés en el devenir alezziano. Sin embargo, la mentira es uno que se repite casi como obsesión. Desmontar la falsedad, descubrir la hipocresía.

La mentira -de Nathalie Sarraute- fue, en 1968 y en el Teatro Pairó, la primera obra que dirigió. “Fue un fracaso rotundo. Nadie fue a verla.  Sin embargo para mí sigue siendo un éxito artístico”. Dirigir le abría la posibilidad de una íntima e interminable revolución personal. Su Virgilio -la gran Hedy Crilla- lo había impulsado a tomar la decisión, y era parte del elenco aquella noche: la actriz y maestra que llegó en 1940 exiliada desde Austria, y convirtió a Alezzo en uno de los precursores del Método Stanislavski; un ideario para llegar a la verdad de los personajes y la obra. Sentir en lugar de representar, meterse en el pensamiento del personaje, ser reales, que cada palabra lleve lo que dice, sin artificios, exactas hasta que espanten.

-¿Sabe quién fue dos veces y se sentó en la primera fila de la sala casi vacía? Jorge Luis Borges. Cuando me acerqué a saludarlo, me dijo que la obra le había gustado mucho.

No tiene recortes de ese debut o le sería imposible encontrarlos en medio del desorden del cuarto de cachivaches. En cambio, los premios -docenas de estatuillas y diplomas a los que les da muy poca importancia- están en la planta alta de la casa. En su cuarto con balcón y vista a los árboles del jardín abundan las repisas. Sobre el estante más visible, elevado y central, hay un gato de loza blanca radiante. No importa que el día en que Alezzo lo muestra sea completamente claro, él igual enciende la luz. Un rayo nítido con forma de esfera cae sobre la figura elegante y kitsch del felino. Cualquiera esperaría un motivo especial para destacarlo por entre las demás cosas. Pero no. “Pensé que, puesto ahí, quedaba muy bien, ¿no le parece?”.

Cientos de souvenirs ocupan la casa. Son regalos. Y adornos que perduran del departamento de la Avenida de Mayo. Fotografías sólo hay en su dormitorio. El retrato más grande y llamativo, enmarcado y puesto al lado de un televisor viejo que Alezzo enciende únicamente para ver películas, es uno de su padre: a los 25 años, tomada apenas antes de enfermarse del cáncer de estómago que lo mató en seis meses. Con la belleza descarada de un hombre sano. Con la serenidad inocente de quien ignora que no conocerá a su hijo.

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Alezzo creció citadino, afrancesado y porteñísimo. Haciéndose grande en medio del lugar donde las cosas pasan. Todo lo tenía cerca y él deseaba aprender y aprenderse. A los 19 años se afilió al Partido Comunista. Quería revolucionar y revolucionarse. Ya había leído a los clásicos. Y se agitaba con los dramaturgos contemporáneos. Camus, Lorca, T. Williams, Arthur Miller. Al año abandonó la política decepcionado. “Los métodos de conducción  me parecían terribles. Las células trabajaban de una manera absolutamente cerrada. Me resultaba imposible mantener una doble cara en mi relación con los demás.” Entonces se decidió por el teatro.

En esos años, mitad de los ´50, también rechazó una imposición familiar. No sería abogado. Ni ante el ruego de su madre se rindió. Abandonó la carrera y ella lo castigó con la distancia. Alezzo prefirió dejar la seguridad para otros. El teatro sería su riesgo, el campo donde libraría sus batallas, su gabinete de ensayo, su aula de aprendizaje, su centro de experimentación.



En alguna de sus noches veinteañeras, frente a un escenario, sintió por primera vez ese sentimiento al que siempre quiere retornar: una conmoción reveladora, una fuerza emotiva y vital. Pedro López Lagar protagonizaba Los fracasados, de Henri Lenormand. En su casa, Alezzo, recuerda la escena final. “Nunca vi algo así. Esa obra requiere un actor con una capacidad expresiva…(largo silencio de Alezzo).  Lagar era un actor que no daba grandes gritos ni se valía de grandes efectos. Al contrario, era muy chiquito lo que él hacía. El personaje atraviesa una serie de situaciones con su mujer. Hasta que termina matándola. La escena termina y Lagar camina hasta un rincón del escenario, se sienta y se queda ahí, quietísimo. En silencio. La obra no terminó.  Pero el público se pone de pie. Y lo aplaude. Cinco minutos. O más. ¡Aplauden, aplauden!  Después, Lagar se levanta, regresa al centro del escenario y actúa la última escena, la de su suicidio. Inolvidable.” 

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En esos primeros tiempos de actuación, el Nuevo Teatro se dividió y él pasó a formar parte de la agrupación Juan Cristóbal -título de una obra de Romain Rolland, otra fuente de inspiración- y, un tiempo después, de La Máscara. Ávido, siempre quería más. No era el único que buscaba desacomodarse, hacer a un lado lo sabido. Por eso, junto a Augusto Fernandes y Carlos Gandolfo- todos ellos partículas fundamentales del teatro independiente- comenzaron a buscar un maestro capaz de encauzar sus ambiciones.

Se abrían cantidad de posibilidades frente a la llegada de artistas europeos en tiempos de migración. Probaban maestros y ninguno los convencía. Hasta que un día supieron de Hedy Crilla y la visitaron en su casa; ella sólo tuvo que decir unas pocas palabras para seducirlos y convertirse desde entonces en la maga que los inició en el Método Stanislavski.  “Creo que los puedo ayudar”, dijo y trabajaron juntos durante 27 años. Hedy Crilla fue una de las dos personas más importantes para Agustín Alezzo, y él quien estuvo a su lado hasta el último día. Era 1984, ella tenía 86 años y ya no quería vivir. Había dejado de comer. En una casa cerca del mar, él la convenció de seguir trabajando hasta el final. La invitó a traducir una obra de Ibsen. Así la mantuvo entera, olvidada de la muerte. Su maestra y amiga no terminó la traducción y a Alezzo le sigue faltando dirigir un Ibsen.

Dijo que fueron dos las personas fundamentales de su vida.

-Ella y mi padrino. Los dos eran inteligentes, generosos, dos notables.

Eso dicen de usted sus alumnos, los actores, la gente que ha estado a su lado.

-Ojalá piensen así de  mí.

Hace años, cuando Federico Tombetti comenzaba su carrera -hoy es uno de los profesores de El Duende-, Alezzo le dio la posibilidad de cubrir un papel en una obra, al lado de grandes actores. La noche del estreno, iban juntos en un taxi hacia el teatro. Jovencísimo, excitado, inexperto, Tombetti hizo un comentario sobre la genialidad del elenco. La respuesta del director fue tajante. Lo único importante, le dijo, lo que debía valorar de esa noche, era que había compartido el escenario con buenas personas.
Siempre dice que no le importa que lo recuerden.

-Así es.

Es difícil creerle. Todo artista busca trascender.

-Pero yo soy un hombre de teatro.  No soy escritor, ni pintor, ni compositor.

¿Y cuál es la diferencia?

-Que mi creación dura un instante. Se desvanece en una noche. Al día siguiente, no hay nada. Y hay que empezar otra vez.

Sus relaciones de pareja también fueron breves. Muchas, intensas, experimentales. No tuvo hijos. Se dio así, no lo planeó.

-Y no me pesa. Estoy acostumbrado a que nada dure demasiado.

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Como los momentos claves de su carrera elige dos casualidades. Primero, el viaje a Lima en 1964. Tras la caída del gobierno de Arturo Frondizi, La Máscara, el grupo que integraba en ese entonces, se disolvió. Ofuscado, decidió partir hacia Francia. Probaría suerte allí. Pero antes, haría escala en Perú para visitar amigos y atemperar la despedida.

Una noche limeña de lluvia suave caminó hasta el cine. No quedaban entradas y decidió ir a una fiesta en la residencia del escritor Ciro Alegría. Tenía la dirección en el bolsillo y nada que hacer. Cerca del aljibe de la casona, Alonso, el hijo del dueño de casa tomaba un whisky en soledad. Agustín Alezzo también se escabullía de la gente cuando lo vio. Se presentaron. Imposible una coincidencia más oportuna; Alonso Alegría vivía en Nueva York y estudiaba dirección en el Actor´s Studio. Conversaron hasta que se hizo de mañana. Alezzo le contó su experiencia con Hedy Crilla. Alonso lo invitó a quedarse en Perú para protagonizar una obra que quería montar. El cuento del zoo, de Edward Albee, fue un éxito. Alezzo obtuvo el premio al mejor actor y la noticia llegó a  Buenos Aires.

-Fueron dos años de gira. Gané dinero. Fernandes me propuso regresar a Buenos Aires para codirigir una obra que se presentaría en el Festival de Nancy. Él sabía que yo seguía pensando en irme a Francia. Era una buena oferta. Pero cuando regresé, el proyecto ya no existía.

No desistió y antes de viajar a París decidió hacerse un chequeo médico. En Perú, había descuidado su salud. Se alimentaba mal y la exigencia lo dejaba agotado. Pero no imaginó el diagnóstico. Tenía tuberculosis y la prescripción de un año de reposo con cuidados extremos.

-En dos meses estuve de pie. Cumplí cada indicación del doctor. La disciplina me permitió una recuperación rápida, pero Francia había quedado atrás.

Siguió actuando en Buenos Aires bajo la dirección de Fernandes y  Gandolfo. Obras de Brecht, Büchner, Halac, Hall, Frisch. Hasta que llegó aquel inolvidable ´68 y el debut como director con La Mentira. Poco después dirigió Ejecución. Alfredo Alcón vio la obra de John Herbert y quiso que Alezzo lo dirigiera en su siguiente actuación en el Teatro San Martín. Crimen y Castigo, de Dostoievski. Pero Alezzo dijo no. Era una obra inmensa para prepararla en tan poco tiempo.

-Lo convencí de hacer Romance de Lobos, de Valle-Inclán. Fue un suceso.

 Y el segundo punto de inflexión en su carrera. 1970. El momento de la consagración.

En 1973 dejó la actuación y se dedicó por entero a la dirección y a su escuela de teatro.  En sus recuerdos destella Alicia Bruzzo en Las brujas de Salem. Se formó con él. También Julio Chávez, Leonardo Sbaraglia, Jorge Marrale.

En 2016, con Sbaraglia grabaron juntos una entrevista para el ciclo Monstruos. En el final, el actor le dice a su maestro: “Sos hermoso”, y los dos se toman las manos y lloran apenas. ¿Por qué usó esa palabra y no otra? Sbaraglia dice que eligió la hermosura como la menos incompleta de las palabras que se le pueden dedicar al director.

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En los años de dictadura, el nombre de Agustín Alezzo integró las listas negras. Una tarde lo citaron para interrogarlo; después de cuatro horas, le dijeron que su vida no corría peligro pero tenía prohibido trabajar. Como su madre estaba enferma, no pudo irse. Blindó su nombre y siguió haciendo teatro. Las obras se anunciaban así: “Grupo Repertorio presenta”.

Camuflados, un grupo de jóvenes -dirigidos por Alezzo en el más completo anonimato- montaron veintisiete obras entre 1974 y 1979. Allí debutó Julio Chávez.

-Soy un hombre afortunado. Nunca hice nada que no representara mi pensamiento. Y siempre pude elegir con qué actores trabajar. Jamás acepté imposiciones.

Estar dispuesto a perderlo todo, decir no, ¿es algo innato o es algo que se construye?
-No estoy seguro. Pero sé que me costaría más hacer algo que no quiero, que perderlo todo haciendo lo que deseo.

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Un jueves, antes de que comience la clase que dicta de siete a once y media de la noche, muestra su escuela. Traza un recorrido exhaustivo a través de la casa antigua; los retratos de Marlon Brando y Hedy Crilla se repiten en los pasillos como señales de tránsito. Hay también fotografías en escena de Alcón, Chávez, Bruzzo, Sbaraglia, Aleandro. Los cuadros cubren las paredes. A cada uno le dedica un recuerdo.  Hace pausas. Al borde de la galería, se detiene junto a las varas de una Santa Rita de flores lilas. Dice que en el fondo del terreno hay otra igual de frondosa. Tan erguido, tan pulcro, tan señorial. Parece una injusticia que tenga que andar lento; por el pie y por el aire que le falta. Fue un fumador decidido. Como con todo lo demás. Hizo lo que quiso, cómo quiso y con quien quiso.  En la cocina de la escuela, se sienta a descansar. Bajo una luz mortecina, habla de los arreglos que hacen falta, en los baños, en los vestuarios, de los problemas con los permisos municipales, del precio del alquiler.

-Las veces que dije sí sin estar convencido, me arrepentí.

Recuerda entonces aquel 2006. Cuando Lizardo Laphitz, uno de sus más antiguos alumnos y colega, le propuso abrir -en la escuela- una sala de teatro. Él dudó. Pero terminó aceptando. En homenaje a García Lorca, la escuela-teatro comenzó ese año a llamarse El Duende.

Por estos días, diez años después, Alezzo se enfrenta a una demanda por reclamos de tipo laboral que Laphitz le inició hace dos años.

-No lo entiendo. Nadie lo entiende. Aunque hay gente que dejó de hablarme.

La sala de teatro dejará de funcionar.

-Y la escuela, seguramente, volverá a llamarse como antes, como fue siempre. Escuela de Agustín Alezzo.

Si pierde el juicio tendrá que vender su casa. Lo dice y cambia de tema. Desde el fondo del pasillo llegan voces adolescentes. Es uno de los grupos que está ensayando. Los adultos se preparan en la sala que está ubicada cerca de la entrada. Las clases con Alezzo llegan al quinto año de estudio. Las paredes de la sala son negras; la alfombra, roja. Algunos alumnos arman la escenografía. Una botella de vino sobre una mesa, tres sillas, telas de colores colgando de un biombo. Lo indispensable.

Un escritor norteamericano, citando a su maestro, decía que la tarea de la buena escritura es darles calma a los perturbados y perturbar a los calmados.

Pide que repita la frase que dijo David Foster Wallace alguna vez, antes de ahorcarse en 2008. Le impacta ese destino. La frase le interesa.

-Estoy de acuerdo. ¡Completamente de acuerdo!  Muy bien  —dice soltando una carcajada.

Ocurre cada tanto. Ante un descubrimiento inesperado.

Nicolás Dominici es profesor de la escuela y siempre habla de una carcajada inolvidable. Estaban ensayando El invernadero. Habían pasado varios días de completa frustración. Alezzo les había advertido que tendrían problemas con el segundo acto. Por las mañanas, llegaba casi sin dormir. Hasta que una tarde, introdujo un cambio mínimo en la discusión que mantienen los tres personajes; un detalle imperceptible que acertaba en la tensión justa entre lo dicho y lo contenido. Cuando vio el resultado, en medio de la escena, estalló su carcajada y una frase de victoria: “Ahí está, esto es Pinter, esto es Pinter”.

¿La tarea del buen teatro sería como la de la buena escritura?

-La verdad, cuando elijo un material no estoy demasiado preocupado por los demás. Me preocupo por mí.  Qué quiero hacer, qué quiero contar, qué quiero expresar. Francamente, no pienso mucho en los demás.

¿Y por qué lo hace?, ¿Qué espera?

-Siempre me interesó distinguir qué es verdad y qué no. En el arte y en la vida lo esencial es descubrir lo falso de lo verdadero.

Pero cada quien tiene su verdad.

-Eso es otra cosa. Yo hablo de desenmascarar lo falso. Lo que parece ser y no es, es falso. Y lo que es, es lo que es.
¿Cree que el arte todavía puede hacer que las cosas cambien?

-El arte ayuda a que la gente se sensibilice, a que esté más permeable a las cosas que pasan a su alrededor. Puede cambiar a las personas, modificarlas, pero no creo que la revolución se haga con el teatro. La revolución hay que hacerla por otros medios.

Sonríe, como si hubiese dicho un dislate.

Su preocupación más real por estos días es encontrar una obra para volver al teatro. Todavía le está dando vueltas a ese texto que empezó a estudiar hace unos meses. Ni siquiera el juicio pendiente que a los 81 años podría dejarlo en la ruina le preocupa tanto como no estar trabajando. Siempre está repitiendo que no hay que parar, que si para se muere.

Mira el reloj. Faltan cinco minutos para las siete de la tarde. La clase va a comenzar. Alguien corrige la intensidad de las luces. Un grupo de alumnos se ubica en las butacas como público. Otros se preparan para actuar. Al final de la escena, recibirán la devolución del maestro. Él observa los preparativos. Espera de pie junto a su sillón giratorio de cuero negro. Las dos manos apoyadas al frente sobre su bastón. Cuando se hace silencio, improvisa un gesto discreto invitándome a abandonar la sala.