25/06/2020 La finitud de lo virtual

Amar en tiempos revueltos

En los años 90, el amor parecía estar muerto. Con el fin de las prohibiciones, de los tabúes, el amor como ficción, como metáfora, perdía su sentido. Las cuarentenas actuales, con la imposibilidad que imponen al abrazo, los besos y el tacto, le dan una nueva vida.

Por Tamara Tenenbaum*

Vero Ape, Autorretrato (Instagram: @constructoradeimagenes)
Vero Ape, Autorretrato (Instagram: @constructoradeimagenes)


En 1997, la escritora Vivian Gornick publicó un texto que –a menos que me equivoque sobre su repercusión en el mundo angloparlante– hizo muchas menos olas de las que merecía. Hablo de un ensayo que Gornick tituló “The End of the Novel of Love” (“El fin de la novela de amor”) y que incluyó en un libro con ese mismo título. Quizás el problema fue el libro: hay mucha más gente interesada en el amor que en la literatura, y los demás textos del libro hablaban casi exclusivamente de literatura. Lo que quizás no pescaron demasiados lectores –o los publicistas de Gornick, más bien– es que hablar del amor es siempre, en gran medida, estar hablando de ficción. Cuando pienso en el amor, en esa palabra tan densa y rimbombante, no pienso solamente en las parejas que tuve, o en las parejas que conozco: de hecho, ni siquiera empiezo pensando en eso. Lo primero que me viene a la mente son besos de telenovela, Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas, y recién después esa versión siempre más prosaica, gastada por la cotidianidad y las contradicciones, de la vida real; y no creo ser la única. El amor es, ante todo, una promesa, y de eso hablaba Vivian Gornick en “The End of the Novel of Love”. Una gran parte de la mejor literatura de los siglos XIX y XX –Anna Karenina, Madame Bovary, los cuentos de Carver, los de Hemingway– se basaba en una metáfora: la de encontrar el amor como encontrar el sentido de la vida. El amor no murió, no en el sentido en el que algunos lamentan: nos seguimos enamorando, y perfectamente podemos volvernos locos por una persona a niveles que jamás habíamos experimentado, en cualquier momento y a cualquier edad. Lo que murió es la metáfora; y no solamente porque, como cita Gornick en relación a la suerte de Anna Karenina, ya no hay ningún “mundo respetable” del que puedan echarte por adúltera. Murió porque, gracias a esas mismas libertades que hoy volverían a Anna Karenina una divorciada como cualquier otra en lugar de una mártir, ya nos enamoramos muchas veces, y el sentido de la vida no lo encontramos nunca. En los tardíos 90, escribe Gornick, una se sienta a comer en un matrimonio, él dice algo medio terrible sobre su relación, y en lugar de ser el momento climático que sería en un cuento de Carver, es apenas un tropiezo en la conversación. Y la magia de Gornick, eso que hace que su texto sea distinto de todos los textos sobre “la muerte del amor”, es que no escribe con melancolía: casi se diría que escribe con esperanza. “Hace solo cuarenta años casi todos vivíamos en un mundo notablemente carente de experiencias directas”, dice Gornick describiendo el cambio: no dejamos de creer que el amor es la única clave de la existencia porque sea imposible, porque nunca hayamos podido experimentarlo. Justamente lo contrario: dejamos de creer en la metáfora del amor porque conocemos el amor de verdad.

Todo esto fue escrito hace veintitrés años, y parecía absolutamente cierto hasta hace tres meses.

Necesitamos la promesa

No quiero decir, por supuesto, que la pandemia nos haya devuelto al siglo XIX –aunque lo de temerle a la gente que tose y educar a los chicos en casa es todo muy de novela decimonónica–; pero sí que he notado un cambio en las conversaciones privadas y culturales sobre el amor que me hizo pensar en esa especie de secularización que describe Gornick, ese momento en que el amor se bajó del altar para pasar a vivir aquí abajo nomás entre los mortales. Desde que las diversas formas de cuarentena o distanciamiento social se extendieron a lo largo del mundo, el amor volvió a mezclarse con los vocabularios de lo prohibido y lo imposible. Las casas de familia se llenaron de Romeos y Julietas, adolescentes que cuentan los días para volverse a ver; ese posible partenaire al que hace tres semanas daba demasiada fiaca contestarle los mensajes se vuelve un príncipe azul cuando lo envuelve el halo de lo furtivo y lo ilegal (y hay encuentros ilegales, todos conocemos al menos algún caso); las personas que viven solas, que en nuestras ciudades son cada vez más (un 35,7% de los hogares en la Ciudad de Buenos Aires en el año 2018 eran unipersonales, según estimaciones de la Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), se preguntan una y otra vez cuándo volverán a abrazar a un amigo, a besar a un amante, a conocer a alguien en un bar. El sueño cyborg no se derrumba, pero revela sus limitaciones: no solamente nuestros cuerpos son vulnerables, sino que es esa misma vulnerabilidad la que nos abre a otras personas. Es a través de esos cuerpos que pueden enfermarse que podemos querer y ser queridos. No es verdad que los encuentros virtuales pueden reemplazar a los físicos; ni siquiera es demasiado fácil trabajar en un documento con una persona que no está en el mismo cuarto. Las posibilidades que la vida digital ofrece para el encuentro son enormes, pero no ilimitadas: su finitud se evidencia más que nunca cuando no tenemos otra cosa.

En mi humildísima opinión, estas limitaciones ya se estaban haciendo evidentes hace unos años; no es cierto, como también escriben muchos, que “recién ahora nos damos cuenta” de que necesitábamos abrazos y besos, que “la pandemia vino a despertarnos”. Se acusa a la juventud (¿cuándo no?) de una supuesta excesiva virtualidad, de no conocer “los encuentros reales”; se la acusa, incluso, de no coger. Yo no sé cuánto coge la gente o deja de hacerlo; no me parece, tampoco, tan fácil de medir como creen los que cada dos o tres meses titulan “los millennials tienen menos sexo que sus padres”, usando siempre las mismas encuestas estadounidenses basadas en autorreportes. Tampoco sé qué tan importante es la cantidad en estos asuntos. Sin embargo, sí sé que las aplicaciones de levante más populares en Argentina y en el mundo están todas geolocalizadas; evidentemente algunas billeteras descubrieron que los jóvenes de esta época prefieren conocer a una persona que viva a diez cuadras –aun sin haber visto más que una foto y un nombre de pila– antes que encontrar a una alma gemela que ama la misma escena que vos de Antes del atardecer en Bangladesh, como se usaba hace veinte años (los lectores sub30 pueden apreciar este tipo de vínculo en la recordada película Tienes un e-mail, de Nora Ephron). Todos los que alguna vez usamos aplicaciones de levante como Tinder o Happn sabemos que la amplia mayoría de esos intercambios terminan en la nada; sin embargo, el hecho de que –a diferencia de lo que sucedía con los primeros sitios de “online dating” y los chatrooms del estilo del de Tienes un e-mail– conocer a una persona que está en tu misma ciudad sea prioritario en todas estas apps habla de que el encuentro físico es importante, aunque más no sea como horizonte o, de nuevo, como promesa. Este funcionamiento de las apps, en el que casi todas las interacciones mueren antes de llegar al mundo de los átomos, resulta frustrante para muchísimos usuarios; y creo que es emblemático de la realidad del amor hoy. No es que no queramos el encuentro: es que el encuentro es difícil. Mucho más, probablemente, que en otras épocas, donde por un lado no le pedíamos tanto al matrimonio –no es ningún secreto que hoy nos separamos por problemas que nuestros abuelos hubieran sencillamente barrido debajo de la alfombra, porque divorciarse era civil y económicamente inviable– y por otro, no teníamos tan presente la idea de que podíamos conseguir algo mejor; de que siempre, ahí afuera, hay algo mejor.

Es un signo de los tiempos que Tinder haya decidido habilitar el pasaporte (Tinder Passport), una función que antes solo estaba disponible pagando, a todos los usuarios: el pasaporte permite, justamente, acceder a conocer gente en cualquier parte del mundo. Si estamos en cuarentena, al fin y al cabo, una persona que está a diez cuadras está tan lejos como una a 10.000 kilómetros. Match Group, la compañía dueña de Tinder, dijo a The Wall Street Journal que la pandemia les deparó picos de nuevos usuarios y de cantidad de interacciones. Esto podría significar muchas cosas: entre otras, como sugirieron algunos amigos míos, que Tinder siempre se trató más de la validación social que de conocer gente. Pero yo tengo otras intuiciones. Creo que es una forma de orientarse hacia el futuro; incluso si solo queremos que alguien nos marque como deseables, esa ansiedad por saber que nuestros cuerpos “todavía sirven” habla de esta pulsión vital. Contra las paranoias de muchos, yo no estoy viendo –desde mi limitado punto de vista: falta mucho por ver, por estudiar, por leer, por pasar– un miedo o un rechazo a la otredad, un higienismo matador del deseo, sino todo lo contrario. Lo que necesitamos, más que nunca, es eso que Gornick dijo con razón que se gastó después de los años 70: la metáfora y, sobre todo, la promesa.

¿Un revival del “peor es nada”?

Pero esto es 2020, y no se puede desandar el camino de los últimos cincuenta años (ni, por otra parte, tendría ningún sentido intentarlo). Este posible “neorromanticismo de la pandemia” convive necesariamente con su reverso; en el siglo XXI, esta renovación estacional del amor-promesa, del amor-metáfora, coexiste con la construcción del amor que supimos conseguir, la de esos vínculos siempre erosionados por la materialidad de los cuerpos y de los problemas. Mientras quienes viven solos idealizan la pareja y extrañan las caricias, no son pocos los que se encuentran esperando la apertura para escaparse de sus casas y descansar de esa domesticidad arrolladora. Una de las grandes dificultades de sostener parejas en el siglo XXI es que nuestras subjetividades valoran la novedad y el placer mucho más de lo que los valoraban los sujetos de hace cincuenta o cien años. Si ya era difícil ese equilibrio en la “vieja normalidad”, ¿cómo se sostiene hoy, sin bares, sin amigos, sin fantasía, sin performance (y con muchas menos oportunidades para la infidelidad, otro de los grandes pilares de la pareja monógama contemporánea)? Vivo en pareja, pero sobre todo, vivo en un edificio de esos modernos con paredes de papel: nunca antes había escuchado esta cantidad de discusiones, y ni siquiera estamos hablando de situaciones violentas, también agravadas por la cuarentena como bien se sabe. La armonía siempre frágil e imperfecta que implica para la mayoría de nosotros sostener una pareja aparece directamente rota cuando las posibilidades de escaparse un rato a bajar los humores, distraerse o sencillamente ser en soledad se reducen a cero. Muchos lo dicen: preferirían separarse, preferirían que la cuarentena los hubiera agarrado solos, pero ¿quién tiene tiempo, energía o recursos para efectivizarlo ahora? La cuarentena, si algo refuerza, es el statu quo: los cambios tienen costos demasiado altos.

El diario El País publicó un artículo de Eva Illouz, la gran teórica del amor contemporáneo, en el que ella pronostica un revival de la pareja: “De repente –escribe Illouz– estar soltero no era un estilo de vida, sino un decreto impuesto a las personas obligadas a vivir la falta de relaciones sexuales y calor humano. Seguramente, esta experiencia de aislamiento obligatorio y lo que ello entraña (el celibato forzoso) hará que aumente el número de personas que quieran establecer vínculos estables y con sentido” (1). Su intervención va en línea con el planteo central de su libro más célebre, Por qué duele el amor (2): en él, Illouz argumentaba que una parte del sufrimiento de las mujeres en la contemporaneidad se explicaba por el modo en que los incentivos a estar en pareja se alinean en nuestros días. Los varones, por razones sociales y culturales, pueden realizarse y validarse subjetivamente sin necesidad de una pareja estable; para las mujeres, en cambio, también de acuerdo a cánones que internalizamos y que por eso no son solamente “presiones externas”, la pareja (y la maternidad biológica) todavía tienen un peso importantísimo en la idea de realización y felicidad. Creo que los aportes de Illouz están entre los más importantes sobre este tema en las últimas décadas, y probablemente en toda la historia de la teoría de las emociones. También creo que no necesariamente dan cuenta de muchos cambios recientes, y del modo en que cada vez más hay personas pensando por fuera de la mononorma y la heteronorma, y no solamente en pequeños enclaves de privilegio. Quizás por eso me chocó un poco el tono de su texto, ligeramente celebratorio: ahora que la soltería va a ser peor, ahora que vamos a vivir atentos a la próxima pandemia, ahora que se redistribuyeron los incentivos, quizás haya más gente con ganas de estar en pareja, y así, más parejas. ¿Pero es esto lo que alguien quería? ¿Que la soltería se volviera más amarga para que, otra vez, la pareja nos apareciera como necesariamente lo menos peor? ¿Vamos a militar el revival de “peor es nada”? Vivimos en un mundo libre, pero conmigo no cuenten.

Apuntes finales

Nadie sabe qué de todo esto va a quedar: vivimos un estado de excepción que no sabemos cuánto dura, y tampoco sabemos cuántas de nuestras ideas están imbuidas más por el miedo y la ansiedad que por la reflexión cuidadosa. En tiempos interesantes hay que desconfiar de la propia buena voluntad epistémica: si nuestros pensamientos están siempre teñidos por nuestros anhelos, angustias y emociones, en momentos como estos esos sesgos tienden a tomarlo todo. Tampoco sabemos cuántas novedades nos quedan por vivir: esta historia todavía se está escribiendo. Por ahora yo tomo estos apuntes: primero, que contra lo que dijeron muchos paranoicos, no nos tomó todavía la paranoia. A ojo, que es lo único que tenemos, parece ser más la gente que cuenta los días para volver a abrazar a sus amigos, que la que jura que no volverá a abrazar a nadie sin sentir miedo. Segundo, que la promesa gastada del amor vuelve a recuperar brillo, y que aunque sea una ficción, es una ficción poderosa, una capaz de hacernos ir a buscar experiencias que nunca estarán a la altura de los ideales, pero probablemente sean mucho más ricas; y tercero, que cuando ese momento llegue –y creo que va a llegar– quizá nos haya quedado en el cuerpo algo de estos días raros, de estos días de sobredosis de contacto para algunos y vacío total para otros. Pienso que hoy la prioridad es tratar de canalizar todo eso que nos recorre la piel en políticas de cuidado, en demandas de igualdad y de justicia, para que la pandemia no se coma ni a los más débiles ni a los más pobres; si eso sucede, puede que podamos también apreciar –como buenos ciudadanos del siglo XXI, ávidos de nuevas sensaciones y experiencias– la parte de exploración que haya tenido todo esto que nos habrá tocado atravesar.

1. Eva Illouz, “Se buscan parejas estables”, El País, Madrid, 4-5-20. 2. Katz-Capital intelectual, Buenos Aires, octubre de 2012.

(*) Escritora y periodista.