12/05/2020 Del divn a la videollamada

El inconsciente en modo on line

El distanciamiento social impacta de lleno en la subjetividad. También en prácticas como el psicoanálisis, que basa su intervención en la relación analista-paciente. El consultorio se diluyó con la cuarentena y abrió un debate que puede afectar la labor de los psicólogos y el tratamiento de los pacientes.

Por Daniel Giarone

La pandemia pasará. Sus consecuencias, probablemente, quedarán para siempre. Oficios y profesiones modifican su fisonomía a medida que el asilamiento preventivo y el distanciamiento social se extienden en el tiempo. Muchas prácticas y conductas sociales, mediadas por las tecnologías de la comunicación, difícilmente vuelvan a ser lo que eran.

En el ámbito de la salud, el psicoanálisis es uno de los espacios que asume con mayor tensión la nueva realidad. Es que la práctica psicoanalítica parte del encuentro presencial entre paciente y analista. Y del consultorio, hoy por hoy diluido.

Ese encuentro está mediado por llamadas telefónicas y videollamadas. Si bien esto ya existía, era excepcional. Un paciente que estaba de viaje o se había mudado, una emergencia.

El “espacio físico” donde intentar la cura se trasladó ahora a salas virtuales de Zoom o Whatsapp, abriendo un debate que si bien recién comienza puede afectar a la propia práctica psicoanalítica. Esto es la forma que asume el vínculo analista-paciente y, en definitiva, en que transcurre cada sesión.


Decime qué se siente

“La experiencia analítica es una experiencia de dos cuerpos, de un encuentro, donde hay silencios, climas y hasta ritmos que en una videollamadas o en una llamada telefónica no se perciben de la misma manera, e incluso se interrumpen, cuando por ejemplo hay una falla o demora en la conexión a Internet”, cuenta a Télam Yasmín Danas, psicoanalista que hasta la pandemia atendía a sus pacientes en un consultorio del barrio porteño de Belgrano.

Después de señalar que “el consultorio ingresó en mi casa, en espacios que no son los que el paciente reconoce como propios”, considera que “en una entrevista presencial hay un tiempo de viaje, de fantasía, de reflexión antes y después de la sesión, que ahora se ve suprimido, ya que pasamos de una tarea hogareña a apretar un botón y hablar con el analista”.

Entre los aspectos positivos de la terapia a distancia el analista Edgardo Álvarez enumera “la posibilidad de darle continuidad al trabajo con los pacientes en este momento, en el que se ponen a prueba aspectos emocionales de cada uno“.

Entre los negativos, el psicoanalista que tiene su consultorio en el barrio de Palermo señala a Télam que no se puede “mantener el marco presencial”, ya  sea “por falta de privacidad en los hogares, por falta de familiaridad con la conectividad virtual o simplemente porque el paciente necesita la presencia real del analista”.

“Si bien la mayoría de las entrevistas las tengo de manera telefónica, la experiencia resultó mejor de lo que esperaba”, relata Ariela Masri, analista en el barrio de Almagro. Cuenta que cuando comenzó la cuarentena le propuso a sus pacientes “probar con una sesión” a distancia “y si les resultaba bien, seguir”. “Con la mayoría seguimos trabajando”, asegura.

Sin embargo considera que “las videollamadas, sin bien tienen algo de la imagen, es una imagen que no es el cuerpo. En ese sentido no es lo mismo. Es una imagen en la que se pierde la dimensionalidad del cuerpo”.

En tanto, la psicoanalista Alicia Jimena cree que “es demasiado pronto” para sacar conclusiones definitivas sobre la nueva modalidad. “En un intento de paliar esta situación imprevista tomé esta dirección, sabiendo que una pérdida se estaba produciendo, ya que la presencia del cuerpo, tanto del analista como del paciente, imprime un plus, algo fundamental en esta práctica”.

“Lo positivo – destaca Jimena- es que dentro de mis actividades está la formación y la docencia, y se produjo un acceso a seminarios virtuales y de conexión a nivel mundial que favoreció el intercambio y la conversación, que había quedado más acotada”.


Paciencia paciente

De acuerdo al relevamiento realizado por Télam la respuesta de los pacientes ante la propuesta de continuar el tratamiento de manera virtual resulta dispar, aunque la mayoría parece adaptarse a la idea de cambiar el diván (o el sillón) por la pantalla del celular.

“La mayoría de los pacientes sostuvo este nuevo dispositivo en función de darle continuidad al trabajo de análisis. Pero hubo diversidad de situaciones: pacientes que trabajaban cara a cara que prefirieron seguir sólo por teléfono, sin vernos, y otros al revés, que trabajaban en diván y optaron por hacerlo cara a cara a través de la videollamada”, señala Álvarez.

“La gran mayoría los pacientes que atiendo se plegaron a la opción de seguir el tratamiento bajo un nuevo modo. Una minoría al comienzo prefirió esperar a que se restableciera lo perdido, pero al poco tiempo llamaron para ‘probar’ cómo podían sumergirse en la nueva modalidad. Y otro grupo, muy menor en mi consultorio, dejaron en suspenso el tratamiento”, cuenta Jimena.

Masri, que también trabaja con niños, cuenta que “tuve una derivación de una nena que estaba habituada a las videollamadas. Le propuse que tuviera un espacio, que era su cuarto, que dispusiera de los juguetes que ella quisiera, y que tuviera una hoja y marcadores. Jugando pudo decir que le estaba pasando y comenzó a mostrar los recursos con que cuenta para resolver su síntoma”.

“Los adolescentes y la gente joven –agrega-, más habituados a la tecnología, lo aceptó con menos dificultad. La gente un poquito más grande estuvo más reacia. Y hay otro tema que tiene que ver con la intimidad. Si uno dispone de un espacio propio puede aceptar más fácil la terapia on line”.

Sin embargo, Danas advierte que “hay una discontinuidad en relación al espacio, al consultorio, que si no está para algunos pacientes no funciona”.

Y agrega: “Hay un elemento disruptivo que no tiene que ver con el tratamiento sino con el soporte. Hay que pensar que muchos pacientes no tienen en la casa la intimidad que necesitan para hablar con el analista”.  


Y ahora qué pasa, ¿eh?

Tanto el aislamiento individual como la distancia social, que conllevan modos y prácticas que aún están en formación, pueden traer cambios de largo aliento que van más allá de una coyuntura específica.

“Puede ser que uno sugiera cosas que antes uno no sugería”, admite Masri, y detalla: “Por ejemplo, no abrumarse con noticias, tener una rutina, etc. De todos modos uno no deja de leer el discurso de los pacientes”.

“Si uno no tiene la posibilidad de encontrarse con el paciente la terapia on line es una alternativa, pero creo que de ninguna manera puede reemplazar la experiencia presencial”, concluye.

Por su parte Álvarez considera que si la teleterapia “llegó para quedarse lo veremos mas adelante”, pero “para muchas personas era y es una modalidad factible de ser utilizada, por lo tanto no veo objeciones, en la mayoría de los casos, para continuar el trabajo de esta forma”.

Jimena recuerda que “la modalidad on line existe con anterioridad a la pandemia” y que “hubo siempre una especie de juicio de valor sobre quienes lo hacían, y supongo que por este motivo permanecía algo oculto”.

Para la analista “el juicio de valor siempre versó sobre la frase ‘no es lo mismo’, y efectivamente no lo es. También es cierto que muchas cosas han cambiado desde la época de Freud en el psicoanálisis. Hoy algo empuja y obliga. Nos resta saber leer los efectos de ‘lo nuevo’ en nuestra práctica”.

“Lacan decía que el analista debe estar a la altura de la subjetividad de la época. Yo agregaría también a la necesidad de inventar nuevas herramientas frente a lo imposible”, concluye.

“La clínica es una clínica de la singularidad. Con el aislamiento hay ‘un viaje’ al interior de una mismo, porque hay mayor tiempo y espacio para conectarse con uno. Hay pacientes que se replegaron con la cuarentena, pero los que siguieron lo hicieron compartiendo la misma fragilidad y vulnerabilidad que tenemos todos”,  asegura Danas.

Creado en los albores del siglo XX, el psicoanálisis es una práctica. Y, como tal, se define por sus procedimientos. Tal vez es por eso que la pregunta sobre el tratamiento a distancia que impuso la cuarentena resuena con más fuerza.

“Es una pregunta que nos hacemos todos los psicoanalistas”, responde Danas, para quien “el desafío es encontrar modos creativos para atravesar las limitaciones que nos impuso la pandemia”.

Las formas que asuman esos modos pueden marcar un nuevo rumbo para una disciplina a la que los cambios tecnológicos y las “nuevas” angustias e incertidumbres pone en movimiento. Tanto como a los sujetos mismos. 
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