22/06/2019 teatro

Marcelo Lombardero dirige en el San Martn dos obras sobre msica y autoritarismo

"Colaboración" y "Tomar partido", de Ronald Harwood, abordan la problemática del arte musical durante el nazismo. Se ofrecen en la sala Casacuberta del Teatro San Martín, de miércoles a domingos a las 19.30.


Las obras "Colaboración" y "Tomar partido", de Ronald Harwood, que se ofrecen dentro de un mismo programa dirigido por Marcelo Lombardero en el Teatro San Martín, abordan la problemática del arte musical durante el nazismo y comparten el mismo elenco, a cargo de personajes que fueron reales, aunque ambas se diferencian por su teatralidad y su estética.

La primera observa las dificultades que sufre el compositor Richard Strauss (Osmar Núñez) al haber compuesto una ópera junto al escritor judío Stefan Sweig (Boy Olmi) en aquellos tiempos tenebrosos, mientras funcionarios o subalternos del régimen (Sebastián Holtz, Néstor Sánchez) interfieren peligrosamente en sus vidas y la esposa de Strauss (Lucila Gandolfo) se hace cargo de incomodar a los violentos.

Jugada como un drama de salón y con una escenografía art déco de Gastón Joubert que revela los antecedentes operísticos de Lombardero, "Colaboración" sufre de una especie de distanciamiento -quizá por jugarse en la mitad más profunda del escenario- y hace hincapié en la megalomanía del autor mimado por el régimen, frente a la excesiva humildad de Sweig, lo que señala dos posturas antagónicas frente a las cosas.

Con un prescindible epílogo de posguerra en la que el compositor, ya anciano, explicita su pensamiento acerca del arte y la política, la pieza aparece más como una justificación del artista que una exposición dialéctica de su proceder frente a una realidad que no podía manejar.


Las cosas cambian con "Tomar partido", que tiene una teatralidad mayor, quizá por desarrollarse sobre el pistón de la sala, que surge de la profundidad con señales de los desastres de la guerra y que gracias a la música -mayormente Beethoven- ofrece una fuerza que la anterior no tenía.

Hay un oficial estadounidense, brutal y soez, que Olmi moldea a la manera de ciertos personajes del cine negro y que le permite al actor adquirir una convicción que no tenía en la anterior -donde no llegó a entender su trabajo-, destinado a interrogar al famoso director de orquesta Wilhelm Furtwängler (Núñez) y detectar de cualquier modo su vínculo con el nazismo.

Con él colaboran una muchacha simple (Romina Pinto), que compone con sensibilidad a una secretaria con secretos, y un joven soldado alemán y judío (Holz, mucho mejor en "Colaboración"), y antes del músico pasan por el lugar un violinista fabulador (Sánchez) y una mujer desequilibrada por la desaparición de su marido durante la guerra (Gandolfo, muy convincente en sus dos papeles).

Lo interesante es que Harwood construye sus acciones a partir de personajes reales y documentos que atestiguan sus acciones y sus palabras, pero la diferencia es que en la segunda obra todo funciona como un thriller en el que el espectador no solo disfruta de la cadencia que Lombardero le imprime, sino que encuentra similitudes entre lo que se narra y ciertas realidades universales.

Para el oficial estadounidense que reporta a uno de los ejércitos que ocuparon Alemania tras la guerra, es importante encontrar a toda costa la culpabilidad de Furtwängler, otro artista que jugó con fuego quizá sin proponérselo; no importa si no perteneció al partido nazi -como su joven competidor Herbert von Karajan-, lo importante es probar su complicidad, lo que será para él un mérito personal.

"Tomar partido" tiene una vuelta de tuerca final que la enriquece, pues allí aparece el papel del periodismo como solución para lo insoluble; setenta años después de los hechos que se cuentan en escena, hay mecanismos que aún se muerden la cola.