16/01/2017 Cruce de los Andes-200 aos

El Plumerillo, la gran base de operaciones del ejrcito de Los Andes

Lo primero que hizo el general José de San Martín al terminar 1814, el año de mayor peligro para las Provincias Unidas, fue ordenar el 5 de enero de 1815 la incorporación 800 hombres a caballo para "tener con antelación tomadas las precauciones que puedan contribuir a la defensa de la provincia", argumentaba el gobernador intendente de Cuyo sobre la urgente decisión.

Por Eduardo Barcelona


Veintiún días más tarde, dispuso la incorporación de esclavos entre 16 y 30 años propiedad de los habitantes realistas de la provincia. El Director Supremo respaldó la medida y ofreció abonar hasta 250 pesos por esclavo.

Lo principal, hasta ahí, era crear un sistema de defensa que hiciera frente a una probable invasión realista, dispositivo que envió a los pasos por los que podían ingresar los realistas: Uspallata y el Portillo.

El Gobierno nacional, además, le envió un contingente del regimiento 8, compuesto por negros de Buenos Aires. "También llegaron a Mendoza cuatro cañones, una batería de artillería y dos escuadrones del regimiento de Granaderos a Caballo", precisó el general (RE) Diego Soria, miembro del Instituto Sanmartiniano. Se estima que en el regimiento hubo alistados alrededor de 1.000 soldados entre negros y esclavos.

En Mendoza había un batallón de milicias y cuando se decidió la incorporación de los esclavos fueron incorporados al de las milicias pardas.

Recién cuando tuvo un número importante de hombres en filas, San Martín tomó la decisión de crear El Plumerillo (yerba de las pampas o carriso), el asentamiento estaba radicado a una legua de la ciudad de Mendoza. Esto ocurrió a mediados de 1815.

El 11 de agosto de 1815, se hizo el anuncio de creación de la base militar, tarea que quedó en manos del sargento mayor José Antonio Alvarez Condarco.

Durante la construcción, el Libertador aplicó severas medidas de contraespionaje a fin de evitar la labor de los espías realistas. En el verano del '16, el comandante trabajó en una carpa cuyos bordes no llegaban al suelo, que le daban una visión de 360 grados. Esto le permitía observar todo el tiempo lo que ocurría en el campo en la etapa de instrucción.

Se les enseñaba a cargar un fusil, tirar y marchar en formación. Un buen infante podía llegar a tirar luego del entrenamiento a razón de tres tiros por minuto. Al comenzar la instrucción sólo podía hacer uno por minuto, según crónicas de la época.

Nombró al brigadier Soler al frente del estado mayor, que se ocupó de la parte técnica del combate, y al brigadier O'Higgins en la maestranza, encargado del orden y de la organización administrativa.

Con gente reclutada en San Luis, San Martín creó un quinto regimiento de Granaderos a Caballo, que luego se transformó en el escuadrón Cazadores de Los Andes, escolta del comandante del Ejército de Los Andes, al mando Mariano Necochea.

Los baqueanos y chasques (chasqui en quichua: hombre que lleva mensajes) cumplieron una tarea extraordinaria en la campaña libertadora, sin ellos el Ejército de Los Andes no habría alcanzado el éxito en el cruce cordillerano.

De acuerdo con los especialistas, los baqueanos que tomaron parte en la labor de orientación y guía en la montaña fueron un grupo de alrededor de veinticinco personas, hombres que guiaron a las columnas del ejército por los senderos más propicios, menos riesgosos y con vista a llegar a una aguada o lugar de descanso. San Martín le puso a Soler uno de los mejores baqueanos, Juan Estay.

Los baqueanos fueron los que dieron seguridad sobre cuáles eran los pasos por los que tenían que atravesar las diferentes columnas del ejército sanmartiniano. Algunos historiadores sostuvieron que había sido Alvarez Condarco quien desentrañó los senderos y recovecos del paso principal de la columna de Soler y de San Martín, pero antes de que aquél cumpliera una misión de observación ordenada por el comandante a finales de 1816, las vías y órdenes de batalla ya estaban redactadas.

Los chasques fueron los hombres que mantuvieron informados a los jefes de las distintas columnas sobre la marcha de las otras.

El trabajo cumplido por estos comunicadores es necesario destacar con mayúsculas, porque viajaron por la cordillera de día y de noche casi a ciegas, solo con el conocimiento de un baqueno para llevar las novedades a San Martín y a otros comandantes.

Cuentan que hubo un sistema de postas destinado a garantizar que los mensajes llegaran rápido, rápido con la urgencia de la época. Cambiar caballos o mulas en un lugar para seguir adelante con animales frescos.

La coordinación con que cada una de las columnas llegaron al destino fijado habla del profesionalismo militar, pero también de la labor esforzada y anónima de los chasques que llevaron y trajeron mensajes en el tiempo real de 1817.

El segundo semestre del '16 lo ocupó, entre otras cuestiones, la confección de la bandera del Ejército de Los Andes, compuesta de una franja blanca y otra azul y en el medio el escudo nacional rodeado de dos ramas de laureles. Al frente de la confección estuvo la esposa de San Martín, Remedios Escalada, rodeada de otras mujeres a las que hoy se las recuerda como "Patricias Mendocinas".

La columna del coronel Juan Manuel Cabot también confeccionó otra bandera, que hoy identifica a la provincia de San Juan. Esta insignia quedó en Chile después de la campaña, pero una hija chilena de Cabot se la entregó años más tarde al presidente Bartolomé Mitre.

El 5 de enero de 1817, San Martín nombró a la Virgen del Carmen "Generala del Ejército de Los Andes", a la vez que hizo bendecir la bandera. Ese día hubo rezos en las iglesias pidiendo por la victoria de las tropas que en pocos días iniciarían la campaña militar más importante de la Argentina en toda su historia.