09/12/2016 libros

El Libro de la Semana por Beatriz Sarlo: “Poesía Completa”, de Fogwill

"Su ´Poesía completa´ es indispensable, aunque el propio Fogwill habría dicho que este adjetivo es banal", dice la escritora.

Por Beatriz Sarlo

 
 En uno de sus poemas Fogwill repite varias veces: “Si no existieran Los Redondos”, como una condición y un sustento del mundo. También escribió sonetos perfectos, bellos y, en ocasiones, melancólicos, tan propios de un sentimiento razonado como la exclamación sobre Los Redondos. Su "Poesía completa" es indispensable, aunque el propio Fogwill habría dicho que este adjetivo es banal. En las más de 450 páginas publicadas por Alfaguara encontramos todas sus máscaras y probablemente, aunque sea más difícil probarlo, la “verdad” de su estética.

Escribo “verdad” y me doy cuenta de que esta palabra es nebulosa. Fogwill funcionó siempre con varios registros ideológicos, narrativos y de escritura. La "Poesía completa" da la impresión de que, escribiendo poemas, exploró todos esos registros: desde la abstracción intelectual hasta el realismo de las lenguas habladas; desde las muchas aventuras de una inteligencia original e implacable hasta la repetición.

Fogwill prueba la potencia expansiva del lenguaje. Una palabra trae la otra por deslizamiento. Y, cuando una palabra se repite, lo que vuelve nunca es lo mismo; la variación de una sola letra cambia el sentido hacia adelante y hacia atrás. Muchos versos son aforismos irónicos o sarcásticos, intensamente personales: la subjetividad de Fogwill en una síntesis a la vez desgarrada por las contradicciones, pero autónoma y neta como una piedra. La poesía es cosa mental, como afirmó Leonardo de la pintura.

Así, páginas y páginas. Escribió encadenamientos lejanos al lugar común, porque la poesía fue para él precisamente ese lugar alejado, que podía mantenerse independiente de lo que la ficción exige siempre. La poesía es la reserva del lenguaje frente al uso. Aquí uno de esos encadenamientos:

“se queman
se queman sus memorias
se queman y obedecen al llamado del fuego
al llamado del juego ético
aquí, en lo épico, en lo humano del aire
no en la memoria
-son la memoria-
Quedan en la memoria: nada.”

Como algunos clásicos, Fogwill eligió con frecuencia el soneto de endecasílabos. Téngase en cuenta que el endecasílabo es el verso culto, desde el Renacimiento, que llega con Garcilaso y encuentra la encrespada maldición con Quevedo. Fogwill toma un camino inverso al de la historia de la poesía donde el soneto fue desplazado por las formas libres, en un lento movimiento que recorrió varios siglos. Hace una reincorporación al elegir como punto de partida un texto de forma “libre” para versionarlo como soneto. Son versiones formalmente estrictas de poemas que antes escribió con la libertad de incluir tantas líneas como le parecieran necesarias. Al versionarlos como soneto, Fogwill obedece a las reglas de una forma clásica.

¿A qué obliga el soneto? O mejor: ¿adónde conduce? En un poema dedicado a su hija Vera escribió: “todas las sílabas que se omitieron vuelven”. Leído esto a la luz de su "Poesía completa", aparece el programa que siguió: todas las palabras vuelven, reducidas a veces, desplazadas otras, o reubicadas en frases cortísimas. Fogwill sabe que el verso de siete sílabas es una parte del de once, decisiva por sus acentos. Y a estos versos cortos los hace volver expandidos como endecasílabos y sometidos a la disciplina de las catorce líneas.

No son tecnicismos académicos porque la duración del verso es una clave estética y conceptual: “frases en las que predominan / las siete sílabas de siempre. / ¿Se ven siete? ¿Se ven? / ¿Se ven las siete siempre gravitando / hacia esas once sílabas que eleven / el aliento que el paso va marcando / con su vacilación?”.

Las once sílabas del endecasílabo son “eleven” que elevan el aliento, es decir la respiración y el ritmo del verso. Fogwill lo dice con el tono levemente irónico de su oralidad, esa palabra suya, muchas veces temible, que aparece dulcificada por un casi ingenuo juego de palabras en castellano e inglés.

Como Saer, Fogwill escribió poesía siempre. Al leer esta edición se hace evidente que la escribió en paralelo o en diálogo con sus novelas, como impulso o como descarga. Es la poesía cerebral y antirromántica del narrador que le da un ritmo y un orden poético a lo que sucede en la ficción. Hay que leer completo “El antes del monstruito”, extraordinario poema transgénero (que también es “acto para voces representadas”) escrito durante el menemismo y dedicado a Martín Gambarotta, poeta décadas más joven que Fogwill, como es también más joven Silvio Mattoni, que recibe otra dedicatoria. Ambas, por supuesto, remiten a la relación que Fogwill mantuvo con “los jóvenes”, una categoría biográfica, vital y de comunidad estética. Los leía como un explorador generoso, nunca paternal ni concesivo.

“El antes del monstruito” es poesía de la lengua baja y del mundo bajo: referencial, sarcástica, hiperbólica, detallista de un paisaje social en ruinas, donde no hay lugar para ninguna belleza. Y, sin embargo, como rayos caídos de otros cielos, incorpora versos que cumplen varios siglos en la poesía. Sin que el lector lo espere y, a veces, sin que el lector más distraído ni siquiera lo suponga, los “monstruito” de Fogwill, esos negros de la vida pálida, quedan incrustados en un terceto de endecasílabos (estrofa de alta tradición):

“¡Con tanto despelote y tantas mantas
y tanto olor a chivo y a entrepierna
quién mierda va a encontrar una linterna!”
Fogwill es eso: un escritor culto que puede imaginar, entender y escribir la lista de deseos de dos “monstruito”:
“-Reventar un inglés
-Soltar un chancho enjabonado en el shopping
-No. Enjabonado no: ¡Mejor untado bien con grasa de carro!
-Y reventar todos los Carrefures a la vez.
-Oquei, pero no me vas a dejar afuera a la cadena Norte ni a los chinos más grandes ni a los coreanos… ¡A los coreanos también!
-Si a los coreanos y los chinos grandes, reventarlos igual…y…ah: ¡y mearla a Zulemita también eh!
-Caparlo a Macri
- ¡Sí! ¡Y fusilarlo a Menem!”

Esta "Poesía completa" incluye poemas de "El efecto de realidad", el primer libro publicado en 1980. Ya entonces se enuncia un programa: “Pido una poesía ‘repugnante’ para una época repugnante”. El poema lleva una dedicatoria a Roberto Cristina, que conoció en la Facultad de Filosofía y Letras, un desaparecido de la dictadura. Ese verso tiene un carácter prospectivo. Pocos años después, declara su impaciencia: “Pero la poesía repugnante no llega. Es solo un carnaval”. Finalmente llegó y Fogwill la ha dejado escrita.

Además de "El efecto de realidad", que publicó Tierra Baldía, el mismo sello donde editaron Osvaldo Lamborghini y Oscar Steimberg, está "Partes del todo", los poemas de 1985 a 1997, aparecidos en Sudamericana; los libros del sello Paradiso, "Últimos movimientos" y "Lo dado", publicados en paralelo con grandes novelas como "Vivir afuera", "En otro orden de cosas" y "La experiencia sensible".

También incluye “Gente muy fea”, que se encontró entre los archivos de Fogwill y reproducciones de algunos textos compuestos con una vieja máquina de escribir. Toda la obra original de un hombre original que conoció y recorrió muchos mundos. Lejos del populismo, lejos de lo políticamente correcto, está Fogwill, maestro de la ironía, el desprecio y la invectiva.

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