08/12/2016 Literatura

Flavia Pantanelli: “El erotismo nos mantiene vivos desde el primer día”

La autora hilvana en "Haceme lo que quieras", su segundo libro, personajes marcados por la frustración, la desesperanza y la pulsión sexual reprimida y desatada.

Por Claudia Lorenzón

 Lo provocador, lo desmesurado y lo erótico atraviesan los cuentos que Flavia Pantanelli hilvana en "Haceme lo que quieras", el segundo libro de la autora que, a través de un estilo abarrocado e incisivo, construye personajes marcados por la frustración, la desesperanza y la pulsión sexual, a veces reprimida y otras, desatada.

Lo erótico subyace en el título y en la tapa del libro ilustrada con la imagen de una peluca cortesana Luis XVI, que puede verse como una vulva asentada en un par de pequeños glúteos -de hombre o mujer- sostenidos por unas piernas con tacos altos.

Esa imagen "es portadora de una ambigüedad femenino-masculina, con la potencia puesta en la peluca, ya que la sexualidad está en la cabeza, en las posibilidades de la imaginación", sostiene la autora nacida en 1966 en Buenos Aires.

En el libro, publicado por la editorial Modesto Rimba, lo erótico y pulsional se hace presente en el cuento que da nombre a la obra para ir a fondo con el deseo de un joven hacia una compañera de trabajo, que concreta ese deseo en un triángulo amoroso con un final que conjura la violencia.

En "Propiedad transitiva" aborda la sexualidad trunca de un docente que se excita con una alumna y en "Mordida deliciosa" aparece la sensualidad para poner en evidencia la incomunicación entre una pareja.

Pantanelli, que se define esencialmente como cuentista, entreteje sus relatos con un narrador fuertemente pegado a sus personajes y en algunos casos, como en "Arrollado", madura historias donde lo cotidiano se enrarece y desborda, a partir del llanto de un bebé.

Otras, como en "La madre de Julito", construye mundos femeninos paralelos, y la frustración de una mujer, que lleva una vida aparentemente normal, se mide con la de otra mujer que tuvo un hijo discapacitado.

En "Ahora que casi no pueden moverse" recrea con un juego corporal el diálogo entre una pareja de muchos años de convivencia, que se va desarticulando a través de lo lúdico hasta casi descomponerse, como metáfora de la desintegración del vínculo.

En diálogo con Télam, la autora considera que "nada es más erótico que la palabra justa en el momento indicado, porque la glándula sexual por antonomasia es el cerebro".

- Télam: ¿Por qué te sentís particularmente cuentista?
- Flavia Pantanelli: Me gusta el cuento porque para mí es el género literario. Es poner rápidamente en relación dos ideas que naturalmente no tienen por qué estar relacionadas. Eso es hacer trama. Es hablar análogamente, sobrevolar sin tocar nunca la materia de la que se habla. Es ser rápida como una mordida de serpiente, o lenta y envolvente como la serpiente misma. Es el género con mayúsculas, tal vez solo superable por la poesía, para la cual carezco de todo talento. El cuento es el arte de contar sin decir. Cuento no es relato. Cuento es cuento. Cuento es armar la escena y no poner nunca un elemento, que por su ausencia, no puede más que brillar. Nada es más glorioso que encontrar un buen cuento, hacerte el cuento. Es un triunfo.

- T: ¿Qué situaciones o imágenes te convocan cuando empezás a escribir?
- FP: En general lo que sucede es que una escena, una frase, algo que veo por la calle, me sorprende, en general para mal, y se me clava como una astilla en la cabeza, me queda repicando, me descoloca. Con el transcurso de los días me suele aparecer una palabra, una línea de diálogo en relación a esa escena incómoda. Es una voz. Aparece y dice. Yo la dejo, la escucho y la dejo crecer.

De a poco dejo que se vaya formando la escena en mi cabeza, el diálogo aquel empieza a ser portado por alguien, comienzo a vislumbrar el lugar físico, el personaje que sostiene esas palabras. Muchas veces mis personajes no son seres humanos. Son los cuentos que más disfruto de escribir. Una vez que el cuento queda planteado, viene la etapa de engorde, de ver la estructura, la línea del tiempo, y el trabajo con el lenguaje, que para algunos es una batalla pero para mí es un disfrute enorme.

- T: En muchos de los cuentos hay un clima de frustración, de mujeres o parejas a las que la vida les pasa factura, ¿desde qué lugar surgen estas historias?
- FP: Supongo que es parte de mi sensibilidad. Es lo que más me conduele. La vocación de sufrimiento que llevamos todos. Ese empecinamiento en el goce. De todos modos, yo en mis cuentos elijo siempre mostrar la escena, jamás bajo una línea moral porque eso me resulta insoportable de leer. Yo solo muestro aquello que me descolocó en un momento. Muestro el sufrimiento desmesurado. El empecinamiento en el sufrir, que nada tiene que ver con el dolor.

- T: La niñez, la maternidad, son temas que también están convocados atraviesan el libro, ¿qué te permite este universo como escritora?
- FP: Creo que la maternidad es una crisis vital como no hay otra en la vida de una mujer. En la maternidad estamos todos: la mujer que una es, la niña que fue, la madre que una tuvo y el bebé real, que llora, que mama. En la maternidad no queda otra que mirar sin velo la propia sombra, todo aquello que sufrimos sin que nadie nombrara. Escribo mucho sobre maternidad porque no todos somos madres pero todos somos hijos. Yo elijo escribir la tragedia de la maternidad.

- T: En cada cuento parecés sacudir o maltratar a los personajes, en ese sentido ¿cómo concebís la escritura?
- FP: No me di cuenta nunca que los maltratara. De hecho, jamás los juzgo. Simplemente los muestro. Los dejo expuestos en su empecinamiento, en su sufrir, en su repetir eterno.

Yo a mis personajes los quiero, siento un gran cariño por ellos. Si pudiera les diría, aflojá.

- T: La sexualidad atraviesa muchos de los cuentos, ¿cómo surgió en vos el gusto o interés por lo erótico?
- FP: El erotismo es lo que nos mantiene vivos desde el primer día de vida. Erotismo, que es mucho más que lo genital. Erotismo que es ganas de vivir, lazo con el otro. Erotismo que no es pornografía. La pornografía me deja impávida, me agota el deseo. Me enfría. Y sobre todo el erotismo de la palabra. Nada pero nada más erótico que la palabra justa en el momento indicado, porque la glándula sexual por antonomasia es el cerebro. No es fácil escribir el erotismo. Porque justo lo que erotiza es lo que no puede estar escrito.

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