Cultura

11-11-2016 13:10 - libros

El libro de la semana por Graciela Speranza: “El Peregrino”, de J.A. Baker

Es poco lo que sabemos de J.A. Baker pero quizás mejor que sea así, que su nombre quede hermanado para siempre con "El peregrino", se confunda con el del halcón, y el propio Baker desaparezca, fundido con el pájaro que persiguió durante años con una rara pasión.

Telam SE
11-11-2016 | 13:10

Es poco lo que sabemos de J.A. Baker pero quizás mejor que sea así, que su nombre quede hermanado para siempre con "El peregrino", se confunda con el del halcón, y el propio Baker desaparezca, fundido con el pájaro que persiguió durante años con una rara pasión.

Telam SE
Se sabe que John Alec Baker nació en 1926 y murió en 1987 en Chelmsford, una pequeña ciudad rural del condado de Essex, y que las únicas trescientas cincuenta páginas que publicó ("El peregrino" en 1967 y "La colina del verano" en 1969) no se apartan de una franja de quinientos kilómetros cuadrados vecina a la ciudad, que recorrió andando o en bicicleta, desde el valle y los bosques hasta las marismas y el mar.

Aunque trabajó como gerente de la Asociación de Automovilistas de Chelmsford, nunca aprendió a manejar; era muy corto de vista pero ayudado por un par de prismáticos dedicó gran parte de su vida a mirar. Cultivó esa afición típicamente británica, el birdwatching, con frenesí de fanático, y avistó cientos de pájaros que anidan en la región, pero sobre todo observó a uno, el más veloz de la Tierra, que se convirtió en su única obsesión, su grial, una vía de ascenso y purificación. Durante diez años persiguió al halcón peregrino, una especie capaz de vuelos hipnóticos y cacerías sangrientas, sagaz y brutal, pero no más depredadora que la especie humana que lo diezmó para preservar el correo de palomas durante la Segunda Guerra y, una década más tarde, amenazaba con destruirlo todo en una carnicería más letal, la guerra nuclear.

Baker no conoció a otros escritores y poco se sabe de sus lecturas, pero reescribió cinco veces su diario de observación antes de entregarlo a un editor. Y aunque el foco del diario se ciñe a un espacio y a una especie, "El peregrino" no es la crónica de un naturalista sensible o un etólogo aficionado. Es una obra única, mayor, el rapto de un escritor extático frente a lo que se extingue, una cima de la lengua que varía y desvaría para preservar "un mundo que agoniza, como Marte, pero que aún resplandece". Un réquiem, un salto de fe, una elegía.

Es el escritor y no el naturalista el que reúne una década de observaciones en el diario de un solo año, en realidad siete meses en los que el peregrino hiberna en Essex, vuela, mata una y otra vez para alimentarse, se posa y duerme, antes de volver a migrar. Baker persigue a varias parejas que sobrevuelan el valle, pero las va aunando en un único ejemplar que se vuelve mítico por una suerte de antonomasia de la obsesión, como se vuelve atemporal el paisaje, despojado de nombres propios (todo sucede en "el Bosque Norte", "el río", "la marisma" "el Bosque Sur") y de otras presencias humanas. A escasos cincuenta kilómetros de Londres, el Essex deshabitado de Baker se convierte en un lugar misterioso, inocultablemente inglés y a la vez vago, elemental.

Desde las entradas de otoño hasta las de primavera lo sabremos todo sobre el peregrino: los colores del plumaje, la velocidad relativa del vuelo, sus bocados preferidos, el timbre del chillido, los movimientos eléctricos de los ojos el doble de agudos que los humanos. Sabremos cómo se baña, cómo vuela, cómo elige la presa, cómo la mata con una estocada del pico o las garras, cómo la despluma y la devora.

Clavados fenomenales a más de trescientos kilómetros por hora se alternan con matanzas truculentas, olas de terror entre las víctimas, regueros de cadáveres, desolación, escaramuzas, tedio. "Las descripciones de paisaje muy detalladas hastían", anticipa Baker en el comienzo pero, como en una pieza minimalista o una obra conceptual, en la repetición resplandecen las diferencias. La sucesión ritual de lo que se observa cada día es más o menos la misma pero la paleta inagotable de la lengua va sumando matices, movimientos antes desapercibidos del halcón, sensaciones, cambios en la luz, el follaje y el canto de los pájaros que trae cada estación.

Las horas solitarias de silencio, la ansiedad de la espera, la concentración parecen avivar la imaginación metafórica, los cambios de ritmo, las variaciones: "Después de treinta metros de caída se arqueó hacia arriba y una vez más cabeza abajo. Luego, en vertical, aumentó la velocidad. Aunque le quedaban treinta metros de caída se dejó ir sin más, fulgurante en su forma de corazón en llamas. Cuanto más se alejaba del sol, más pequeño y oscuro se hacía. Abajo, en la nieve, una perdiz alzó los ojos al corazón negro que se dilataba arriba y oyó cómo el siseo de las alas crecía en rugido. En diez segundos más el halcón estuvo abajo y todo ese tejido espléndido, los arcos del retablo, la inmensa cúpula del vuelo en abanico, se consumió hasta perderse en el vórtice feroz del cielo".

Difícil decidir si asombra más la astucia del peregrino para abatirse sobre la presa de mil maneras o el surtidor de la prosa que en cada visión se renueva. Entretanto, desfilan decenas de otros pájaros (más de cien, que habrán fatigado los diccionarios del traductor), una galería de especies, algunos de cuyos nombres nunca antes habíamos oído y da gusto recorrer, aunque más no sea para certificar la abundancia de la lengua y del mundo natural que los inspiró: camachuelo, correlimos, aguja, archibebe, arrendajo, avefría, ánade, andarríos, cárabo, herrerillo, mosquitero, silbón.

Pero no todo es repetición. Hay una especie de suspenso que aumenta con los días, un hilo que tensa las entradas del diario desde los primeros encuentros furtivos hasta el éxtasis amoroso, la simbiosis, la transmutación. Baker va acercándose al peregrino, apoya la mano en las huellas que dejó, descubre que el pájaro empieza a reconocerlo ("quedamos los dos duros de sorpresa"), comparte su aversión al sonido del hombre ("me endurecí en la misma bolsa sucia de miedo"), le envidia la perspectiva ilimitada del cielo ("Sus ojos globulares no conocen la chatura gris de la visión humana"), descubre por fin un lazo impalpable pero cierto ("Me ha encontrado un significado pero no sé cuál. Soy su compañero lerdo y moribundo, Calibán y él Ariel"), lo persigue para verlo por última vez antes de que abandone el valle, y lo alcanza por fin en la costa, a sólo cinco metros de distancia. El pájaro lo mira a los ojos y no escapa.

Cuando Baker escribió "El peregrino", en los sesenta, los agroquímicos envenenaban los campos, la amenaza nuclear nublaba la imaginación del futuro y la especie corría peligro de extinción. Cincuenta años más tarde, los peregrinos resisten (una pareja célebre anida en Londres, en las torres del Parlamento) y el mundo no sucumbió en una guerra nuclear, pero la destrucción es más solapadamente devastadora y la elegía, más certera. La imaginación del fin nos reúne a todos en el mismo barco desnortado, igualmente empequeñecidos ante la escala del descalabro -un suicidio inducido por crecimiento-, aunados en una coalición sin precedentes que no sólo congrega a la humanidad completa sino también al mundo animal, vegetal, mineral y la propia atmósfera, que hoy peligran si no se redefinen las condiciones que hagan posible la convivencia en el planeta.

"Ni el dolor ni la muerte son más terribles para una criatura salvaje que el miedo al hombre", escribió Baker, "Los asesinos somos nosotros. Hedemos a muerte. La llevamos encima. Se nos pega como escarcha". Como antídoto oportuno contra esa saña ciega, la lectura de "El peregrino" debería ser obligatoria. Y más: "Todo el que quiera filmar", dijo otro alucinado, Werner Herzog, "debería antes leer el libro de Baker, y todo el que quiera escribir, aprenderlo de memoria".

El ojo atento de dos jóvenes editores argentinos descubrió que esta obra de culto que fascinó a naturalistas y poetas todavía no se había traducido al español. Le confiaron la tarea a Marcelo Cohen, a quien debemos una versión en la que se redescubre la exuberancia de la lengua y se calibra otra pasión, la del traductor que se funde con el aliento del original, como Baker con el del pájaro. A la emoción estética de la lectura se suma la gratitud. "El peregrino" en español es sin duda un gran acontecimiento literario.

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