27/09/2016 libros

Silvio Mattoni: “La literatura surge para elevar a cada lengua nacional al ideal de un arte sin limites”

El poeta, ensayista y traductor de origen cordobés logró el primer premio de su categoría del Fondo Nacional de las Artes con su ensayo "Camino de agua. Lugares, música, experiencia", que publicó la editorial El Cuenco de Plata y que sin mucho ruido está haciendo su camino.

Por Pablo E. Chacón


El poeta, ensayista y traductor de origen cordobés Silvio Mattoni piensa que acaso el fondo íntimo de lo propio sea lo más propio, eso que es irrepresentable para el lenguaje, esa cadena de representaciones y asociaciones que convocan a todos y a nada, a los vivos y a los muertos y con suerte, al paisaje más singular (el de la infancia) capaz de armar un mundo, un ritmo, una música y una prosodia.

"Camino de agua. Lugares, música, experiencia", es el título del ensayo -primer premio en su categoría del Fondo Nacional de las Artes- que publicó la editorial El Cuenco de Plata y que sin mucho ruido está haciendo su camino.

Mattoni da clases de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y es investigador del Conicet, además de traductor. Entre sus libros figuran "Bataille, una introducción", "Kore", "El presente", "Poemas sentimentales", "Excusiones", "El descuido", "La división del día" y "La chica del volcán".

- Télam: En principio quería preguntarte cómo se llevan tu trabajo como traductor con el oficio de poeta centralmente, y con el de ensayista.
- Silvio Mattoni : Diría que la traducción se separa claramente de la escritura desde un punto de vista exterior. Tengo mis horas para traducir, que son muchas, que pueden convivir con ruidos, interrupciones, en medio de la vida familiar. Y tengo minutos, unos cuarenta y cinco en general, para escribir. El poema o el ensayo tienen que poder dar un tono, un fragmento, trazar sus arabescos en ese lapso. Después pasan para otro día. Pero más íntimamente hay evidentes tráficos entre lo que traduzco y lo que voy escribiendo, ciertas inquietudes o incluso giros reiterados en la traducción pueden volver en la escritura. En los ensayos, se tornan citas explícitas, lo traducido dialoga con el tema en cuestión. En un poema, la influencia puede ser involuntaria, una imagen, una palabra rara que viene de la lengua extranjera. No importa si traduzco filosofía o poesía, todo migra y se mueve porque al final no hay sino una cosa, fragmentada y vuelta a juntar.

- T: Y repito ahora una pregunta que hacés en "Camino de agua". ¿Tiene, en efecto, la poesía, la literatura, alguna relación con la zona en que se produce?
- SM: A pesar de su aire de frase caduca, pasada de moda, sobre todo en la poesía pareciera innegable algún tipo de relación, a veces evidente y temática, entre los poemas y el lugar, entre lo que se escribe y eso que se dio en llamar paisaje, quizás demasiado pictóricamente. Es evidente, decía, en poetas como Juan L. Ortiz, por ejemplo, o en Arturo Carrera. Sin embargo, aunque la zona o el territorio no sean los temas de la poesía, creo que hay vinculaciones, incluso y sobre todo involuntarias.

Aun la negación del lugar natal, el rechazo de la aldea que se habita, es una referencia a su zona. En mi caso, de muy joven levanté esa negación temática de lo cercano casi dramáticamente, con un primer libro íntegramente ambientado en la antigüedad grecolatina; no sólo mi ciudad, el país entero era un vacío, su literatura una cosa indisponible. Después, la vida se transformó en tema, las personas, amigos, hijos, los otros poetas que conocí, los libros y las correspondencias, todo se desplegaba en lugares. En poesía, la ansiedad por la naturaleza conduce siempre al problema del lugar natal.

- T: Cynthia Ozick, en su libro sobre el ensayo, dice que este es justamente una invención o, en otros términos, si se quiere, "la forma suprema de dialogar con la literatura"? ¿Cuál es tu idea al respecto?
- SM: Creo que también cometí una frase similar, y precisaría o acotaría más la afirmación: para mí la filosofía es la forma que asume el diálogo con la poesía. Lo de una "forma suprema" tal vez sea una jerarquización excesiva, pero diría que todo diálogo con la literatura que no se niegue a ser, a su vez, literatura, o sea un escrito que genere placer y felicidad, se convierte en filosofía.

- T: ¿Existe algo impropio, impersonal, un resto de lo cual el lenguaje no puede dar cuenta, incluso el lenguaje poético que creo es el que más se acerca, si fuera su "intención", a esa impersonalidad? Pienso en Des Forets, Ponge, Ajmatova, Juanele, Zelarayán...
-SM: Quizás aquello de lo que el lenguaje no puede dar cuenta sea el fondo íntimo de lo propio, antes del yo, previo al pronombre, en lo olvidado, porque digamos que lo que uno piensa, recuerda, lo que hablamos y escribimos, el flujo de palabras que somos, no es más que una representación, la conciencia. Las sensaciones, las intensidades, aun los desmayos y el sueño, lo que nos pasó antes de la memoria o en los vacíos que la acribillan, no están en las palabras de una conciencia.

Por eso, lo que parece impersonal en tantos poetas que tratan de salir de un límite sería sin embargo lo que les es más propio, su íntima excursión fuera del yo. El otro que escribe en mi lugar, el que se despliega rítmicamente en el papel, sin mí, es el que existe cuando se interrumpe el que desea, se expresa, da órdenes o comunica mensajes.

- T: ¿Cuál ha sido o es la importancia de la música en tu formación, si es que la ha tenido?
- SM : Me hubiese gustado saber más de música, leerla, tocar algún instrumento. Por suerte ahora mis hijas saben hacerlo y van acompañando mis días con sus ocurrencias musicales. Pero tal vez hubo una formación infantil en la música, salvaje, que alternaba brutalmente entre lo cursi y lo serio, entre el pop y la llamada música clásica. Recuerdo mis primeras emociones, mis lágrimas de niño, escuchando canciones en castellano, las que suelen llamarse "románticas" haciendo revolverse en sus tumbas a los tremendos filósofos que inventaron esa palabra. Y también recuerdo la eficacia de Mozart, de algunas cuerdas, para sentir la intensidad de estar vivo y la anticipación del final, porque todo lo intenso anuncia su disolución futura. Y si llamamos música a lo mismo que nombraba así San Agustín, o sea la prosodia, no habría habido para mí formación alguna sin el descubrimiento del verso, del endecasílabo sobre todo, pero también del heptasílabo que está contenido en él, es decir, sin el cuestionamiento permanente de la cesura, la interrupción o la pausa.

- T: Finalmente, quería preguntarte por la actualidad de la literatura argentina, tus preferencias, interlocutores, cómo ves la cuestión de cara al futuro?
- SM: Esto me hace acordar a Borges, que después de todo es la mejor solución que se dio la literatura argentina, cuando dijo en una entrevista: "no me pidan un saludo para los jóvenes de la provincia de Córdoba". La actualidad tiene ese aspecto, se saluda o se denosta, ambos gestos fútiles. Y "literatura argentina" es un oxímoron que se cristalizó, porque la idea de literatura surge, en el romanticismo, para elevar cada lengua nacional al ideal de un arte sin límites. Pero vamos a aceptar el uso. Por lo tanto, en la convención de contar escritores nacidos en un contorno definido estatalmente, mis puntos de referencia serían los dos pringlenses: César Aira para la novela, Arturo Carrera para la poesía. Tengo también mis preferencias en el pasado y en un presente o en un porvenir de jóvenes. Leo mucho a las chicas poetas más o menos de mi edad, que creo que cambiaron la manera de entender la poesía: Cecilia Pavón, Marina Mariasch, Fernanda Laguna, Anahí Mallol.