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Las memorias de la Monja Alfrez

“Las Antiguas” se llama la colección que la editorial Buena Vista ha creado para rescatar textos olvidados escritas por mujeres: Juana Manuela Gorriti o Juana Manso, por citar algunos. Entre ellos se destaca uno, notable por su edición y por el contenido.

Por Javier Chiabrando

El rescate de la historia (en forma de memorias) de Catalina de Erauso, una mujer que luego de escapar de un convento vivió casi toda su vida como hombre y se destacó como soldado en la conquista que España acometió sobre América.
 
Desde el prólogo, Gabriela Cabezón Cámara se pregunta: “¿Quién fue la monja alférez, nacida Catalina de Erauso? ¿La misma que respondía al nombre Antonio de Erauso? ¿La quinceañera a la que, tornándosele insoportable la vida en el convento, decide escapar?, ¿la que, luego, transformó sus hábitos de monja en ropa de varón y así supo pasar desapercibida en tanta aventura militar o romántica anduviese?”
Para esta edición se tomaron como fuentes un texto del siglo XIX y otro del siglo XX, que fueron actualizados en su ortografía y puntuación sin alterar la musicalidad del castellano de la época, y al fin se reescribió en primera persona, dotando a la historia de Catalina de la fortaleza de estar oyendo la voz de un personaje único, como lo definió Cabezón Cámara: “la primera superheroína de América Latina”, personaje que en el cine llegó a representar María Félix compartiendo cartel con Pepe Cibrián padre.
 
Es tan increíble la historia, tan inusual, que las editoras acertaron en cerrar el libro con una serie de notas donde diversas personas, sea en cartas o en escritos, mencionan haber conocido a Catalina.
 
La historia es esta: Catalina de Erauso, vasca, es internada en un convento por sus padres a los cinco años de edad. Diez años después huye. Se corta el pelo a lo varón, con sus ropas del convento, y con la ayuda de tijeras, hijo y agujas que roba, se traviste y se vuelve Antonio de Erauso. Según dice su autobiografía, habría nacido en 1585, cuando el siglo de oro expiraba, aunque luego se dijo que habría nacido el 10 de febrero de 1592. Pocos destinos posibles para una mujer de esa época, y sobre todo si no eras una mujer interesante. Eso es lo que vieron sus padres cuando Catalina tenía cinco años: que no sería una mujer interesante, y menos bella. Por eso eligieron internarla en un convento donde también estaba internada una tía, para que le dedicara la vida a Dios. Según ellos, asunto resuelto. Pero Catalina era lo que era y se rebelaría ante ese destino escrito por otros.
 
Luego de la huida del convento la vida de Catalina se vuelve un torbellino. Se rebautiza Antonio, se presenta ante su padre como hombre y asiste a misa en el mismo convento del que había huido, sin ser reconocida en ambas ocasiones.  En 1603 se enrola como grumete en un buque hacia América. Allí comienza otra historia, la de su excepcional temperamento, su pasión por las armas, su capacidad para guerrear y pelear, incluso para mostrarse sanguinaria. “Cerré la tienda, tomé un cuchillo y fuime a buscar a un barbero e hícelo amolar y picar el filo como una sierra, y poniéndome luego mi espada, que fue la primera que ceñí, vide a Reyes delante de la iglesia paseando con otro, y me fui a él, diciéndole por detrás: “¡Ah, señor Reyes!” Volviose él, y dijo: “¿Qué quiere?” Dije yo: “Ésta es la cara que se corta”, y dile con el cuchillo un refilón que le valió diez puntos. Él acudió con las manos a la herida; su amigo sacó la espada y vino a mí y yo a él con la mía. Tiramos los dos, y yo le entré una punta por el lado izquierdo, que lo pasó y cayó”.
 
Varias veces conocería la cárcel. Condenada a muerte, sería salvada por sus superiores. Sus aventuras la llevarían a Potosí, Cuzco, Tucumán, Lima. En el puerto de la Concepción se puso a las órdenes del capitán Miguel Erauso, su hermano, que tampoco la reconoció. Si bien era un excelente soldado, o soldada, y una estupenda espadachina (palabras seguramente inexistentes en la época), llegó solo al grado de alférez porque habría desobedecido una orden directa de su superior y mató a un jefe indígena desarmado. Cayó en desgracia y abandonó el ejército. Se habló de numerosas aventuras con mujeres, y que en ocasiones tuvo que cruzar espadas con maridos celosos. En las memorias editadas por Buena Vista, ella relata que varias veces estuvieron a punto de casarlo y que por eso tuvo que desaparecer. Cuando años más tarde se presentó ante el papa diría: “Besé el pie a la Santidad de Urbano VIII, y referile en breve lo mejor que supe mi vida, mis correrías, mi sexo y virginidad”.
 
Ya sin patria ni ejército que la contuviera, se volvió en un pendenciero de taberna. Al fin, en una pelea en Guamanga fue herida, y al ser atendida por un obispo, decide revelar su secreto. “…por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima”.
 
El obispo peruano la protegió y la envió a España donde Catalina vuelve a relatar su vida ante el rey Felipe IV, que curiosamente le devuelve el grado militar de alférez y le permite seguir vistiendo de varón. Meses después la misma situación se daría ante Urbano VIII en Roma.
 
Liberada en parte de su carga, de su secreto, viaja por Europa. La gente, los nobles también, hacían cola para conocerla y la chusma salía a la calle de los pueblos para verla pasar. Catalina de Erauso, más conocido como Antonio de Erauso, se volvió un fenómeno de feria y hasta apareció en los boletines de la época. Poco más queda por decir de su vida. Habría otro convento, otro viaje a América, y al fin la muerte. Termina diciendo Gabriela Cabezón Cámara: “y así, valiente, sola y ya varón reconocido por merced de ¡un papa!, habrá muerto en algún páramo entre Lima y Buenos Aires”.
 
Catalina de Erauso, una pequeña historia individual, pero también una pequeña parte de la historia de nuestra América, y por eso tan importante de conocer.  



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