10/12/2015 SLT 210 pgina 2

El Golem multiplicado

Frankenstein fue fruto de una apuesta. Lord Byron había recibido en su mansión suiza de Villa Diodati a John Polidory y a Percy y Mary Shelley. Era el verano boreal de 1816 y con el fin de hacer más llevadera una incesante tormenta, Lord Byron desafió a sus invitados a escribir un cuento de terror, acorde con las historias de fantasmas que evocaran en el interior de la mansión y con los inacabables truenos que se oían en el exterior.

Por Vicente Battista

Mary Shelley imaginó, según recordaría años después, “una historia que hablase de los misteriosos temores de la naturaleza y que despertase el más intenso de los terrores, una historia que creara en el lector miedo a mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón”. El resultado fue Frankenstein: la novela apareció en 1818 y casi de inmediato se convirtió en un best-seller.
 
En 1915 Gustav Meyrink publicó El Golem y logró un éxito similar al que obtuviera Mary Shelley con Frankenstein. La criatura de Shelley estaba formada por fragmentos de distintos cadáveres, una oportuna tormenta eléctrica y un complicado mecanismo de tuercas y poleas bastaban para darle vida; la criatura de Meyrink había sido moldeada con arena del Moldava y se ponía en movimiento con solo colocar entre sus labios un papelito que cifraba la palabra secreta. Ambos engendros carecían de alma, también de inteligencia; probablemente esa escasez colaboró para que la incipiente industria del cine se interesara por ellos.
 
El norteamericano J.Searle Dawley realizó la primera versión de Frankenstein en 1910, fue, de paso, la primera película de terror de la historia. En 1915 otro norteamericano, Joseph W. Smiley, puso al monstruo nuevamente en pantalla, en 1921 se conocería la versión del italiano Eugenio Testa y a partir de entonces Frankenstein, como personaje, se multiplicaría en otras noventa y dos películas. La primera versión cinematográfica del Golem se conoció en 1914, bajo la dirección de los alemanes Henrik Galeen y Paul Wegener. En 1917 y en 1920 Wegener realizó dos nuevas adaptaciones, aunque el entusiasmo se apagó pronto: como personaje cinematográfico, la criatura moldeada con arena del Moldava no tuvo tanta fortuna como Frankenstein, sólo apareció en otras cuatro películas.  
 
La novela El Golem se editó en 1915, casi un siglo después de la publicación de Frankenstein; ante la similitud de ambos personajes y frente al destino trágico que a los dos les aguardaba, podría conjeturarse que Gustav Meyrink habría leído prolijamente a Mary Shilley y que en base a esa lectura concibió su novela. Ignoro si Meyrink leyó a Shilley, pero para crear a su personaje no se basó en la historia de aquel joven médico suizo interesado en “conocer los secretos del cielo y de la tierra”, sino en un mito de la tradición judía: El Golem, dice la leyenda, fue creado a comienzos del 1500 por el rabino Lowe de Praga con un doble propósito: ayudar en las tareas de la sinagoga y ser una eficaz defensa frente a los constantes ataques antisemitas. Frankenstein nació para satisfacer una curiosidad científica y metafísica. El Golem pretendía ser un héroe, Frankenstein no. Más allá de sus pretensiones, ambos fracasaron: tanto el rabino Lowe como el doctor Víctor Frankenstein pretendieron semejarse a Dios y eso, como bien se sabe, no tiene perdón.
 
Cuando todo parecía haberse dicho, escrito y filmado acerca de este personaje circunscrito a la tradición judía, Hernán Brienza sorprende con un libro inquietante: El Golem de Marechal. Su propósito es replantear una serie de preguntas en torno al pensamiento nacional y a conceptos como Nación y Patria, para ello acude a diversos protagonistas claves de nuestra literatura que, entiende, bien podrían vestir el sayo de aquella criatura fantástica a la que Meyring le diera forma literaria en 1915. Facundo, esa sombra terrible que Sarmiento evocaría en una novela fundadora, es uno de esos protagonistas, según señala Brienza: “El personaje ‘recreado’ por el escritor sanjuanino tiene todas las condiciones formales de un Golem: explica su pueblo y su geografía y determina un destino manifiesto”. Puestas las cartas sobre la mesa, en el capítulo siguiente, Brienza acude a José Hernández, de quien revela: “Si alguien debiera explicar qué es un hecho culturalmente hegemónico en la historia de los arquetipos políticos-literarios argentinos, le bastaría con pronunciar el nombre de ‘Martín Fierro’. Es el Golem más perfecto y acabado de nuestra narración cultural”.
 
Facundo y Martín Fierro resultan dos formas enfrentadas del Golem que se multiplicarán en personajes como Juan Moreira, ese gaucho oscuro creado por Eduardo Gutiérrez, y en ese Hombre innominado descripto por Raúl Scalabrini Ortiz, que en una esquina de Esmeralda y Corrientes está solo y espera, y en ese mítico Descamisado que nació un 17 de octubre de 1945. Todos ellos nos llevarán, sin demora, naturalmente, al Golem de Marechal: título y verdadero sentido de este libro irreverente que, tal como leemos en la contratapa, conjuga “el pensamiento nacional con el siglo XXI, abriendo discusiones con la modernidad, la postmodernidad, la liquidez, la pluralidad, la democratización de las sociedades y los medios masivos de comunicación”.
 
Una vez más Hernán Brienza inquieta y asombra por el brillo de su propuesta, convalidada en esta ocasión con textos de Unamuno, Lugones, Borges, Horacio González, José Pablo Feinmann, Josefina Ludmer y Ricardo Piglia, que supo elegir para revalidar sus palabras. 



SLT (Suplemento Literario Télam)
slt@telam.con.ar
Bolívar 531 Ciudad Autónoma de Buenos Aires
(C1066AAK) República Argentina
 
Director: Carlos Daniel Aletto
carlos.aletto@telam.com.ar