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De la imposibilidad al secreto

Rebeca empieza con una imposibilidad y termina con un secreto. Rebeca es el primer libro de ficción de Fernando Moledo (Buenos Aires, 1976), doctor en filosofía, docente de la UBA, investigador del CONICET y uno de los más promisorios especialistas en un Imanuel Kant, un filósofo que no siempre resulta fácil de leer.

Por Juan Pablo Bertazza

En tiempos donde el blanco más elegido de muchos escritores es su propio ombligo y el tema a tratar su propio reflejo en cualquier superficie (una especie de continuidad interminable de Facebook), Rebeca se destaca ya desde el vamos, por indagar en la petite --o no tan petite-- histoire de una serie de ancestros nucleados en torno a la figura de su baba Rebeca, inmigrante judía que llegó a la Argentina desde Europa Central en 1935, año crucial dentro de ese período de tiempo fatídico.
 
Así como la figura de Rebeca reúne con la fuerza hipnótica del mar o de un fogón la circulación de historias (de hecho, la relación entre el autor y su baba es prácticamente el único vínculo de parentesco que se nombra de forma explícita) Pruzana, actual ciudad de Bielorrusia, constituye el eje que aglutina escenarios y acciones: a Pruzana vuelve el padre de Rebeca, Meyer Wolanski, luego de pasar tres años en la cárcel a donde fue a parar por repartir volantes socialistas, a Pruzana regresa Esther, la madre de Rebeca, a punto de cruzar la frontera rusa cuando deshace sus pasos consciente de que no es capaz dejar a su familia y casi provoca que su marido vuelva a caer preso. A Pruzana vuelve también Olga, luego de recibirse de médica gracias a una serie de ayudas y estrategias.
 
Libro anfibio --apaisado como un álbum de fotos--, Rebeca combina la imagen (una serie de fotografías inauguran a manera de presentación cada capítulo) y lo simbólico.
 
Con una parece sugerir que las historias –y no el infierno-- son los otros y con la otra relativiza hasta el escalofrío lo que significa la supervivencia, el sentido exacto de sobrevivir. La indagación al respecto es tan profunda y zigzagueante que, a veces, aseveraciones y negaciones se entremezclan como fronteras recién caídas: “No se salvó de las selecciones para la cámara de gas, como se salvaron sus compañeros de escuela, una y otra vez, hasta que ya no se salvaron más”.
 
La de Rebeca es también una prosa extraña, compleja y original: si bien parece económica, juega a repetir determinadas palabras, ciertos conectores, como el eco de una voz de la infancia. Sin embargo, más allá de cualquier principio de economía y más allá de toda redundancia, la de Rebeca es una escritura cuya nitidez también señala al arte de las fotos.  
 
Como sea, el motor narrativo de este libro está en las acciones, las acciones de cada uno de sus personajes implican un consecuencia directa, aun cuando (como sucede en tragedias como la de Edipo)  la voluntad no alcanza para conseguir los resultados propuestos –como sucede con el deseo de Meyer de construir algo en el lote de un terreno que terminaría dando como parte de pago de una deuda-- y el destino parece escribirlo una serie de acontecimientos azarosos como un premio de lotería,  la predicción que una gitana hace a Esther acerca de dos verdades del futuro: “que se casaría con un familiar y que cruzaría el océano”, o la misteriosa aparición de un fajo de dólares en el jardín.
 
No obstante, ahí va de nuevo: todas las acciones de este libro implican una consecuencia tan rotunda como directa: segundas nupcias, despidos injustos y traiciones que cuestan una vida, encuentros causales planeados por familiares que quieren darle a un ser querido una segunda oportunidad, lo único que alcanza cierta trascendencia y que logra, por ende, sobrevivir incluso al anonimato, son las acciones: la ayuda económica que un vecino le hace a la familia para poder viajar a Argentina, o la respuesta obstinada del ucraniano no judío con quien se casa una prima segunda a quien su familia deja de hablarle para siempre, tal como si hubiera muerto: “Su marido, el ucraniano, saltó con ellos al foso. Los nazis lo sacaron a la fuerza. No tenía que estar ahí. Pero volvió a saltar. Entonces lo sacaron una vez más, y él volvió a saltar dentro. Allí murió”.
 
Lo mismo sucede con la zarina de Rusia que le consigue a Olga Goldfain el permiso para estudiar medicina en Suiza y, en un sentido, completamente distinto, la mujer que destroza el corazón de un hombre que, en plena situación de duelo, se vuelve fundamental para la realización de la primera bomba atómica en Israel.
En esa concatenación de decisiones, fatalidades, casualidades y milagros abreva Fernando Moledo para iluminar con su prosa poética la oscuridad recóndita del alma humana.
 
 


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