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Sueos de mala muerte en la ltima novela de Luis Gusmn

Desde que se publicó El frasquito, en 1973, siempre un libro de Luis Gusmán ha despertado cierta expectativa. La prosa experimental de aquel texto emblemático anticipó, de alguna manera, la riqueza estética de En el corazón de junio (1983, Premio Boris Vian).

Por Osvaldo Quiroga

Como novelista, cuentista o ensayista, Gusmán suele hacer de cada texto un tejido de voces donde la historia política y social se mezcla con la subjetividad de sus criaturas. Por ejemplo, como sostiene el crítico Jorge Panesi cuando habla de Villa, una novela inolvidable, “de entre todos los sedimentos que intervienen en la construcción del personaje Villa, quizás el más importante sea el de la memoria. No hace falta explicar por qué: los genocidios instalan en la cultura el problema del olvido y la memoria. Entonces: si Gusmán otorga a su personaje el don de la memoria, si le dona la memoria, es para decirnos que Villa no es un personaje, o que es más que un personaje. Villa es la memoria”.
 
Hasta que te conocí, novela que acaba de publicar Edhasa, se emparenta con Villa en la amoralidad de sus personajes. Y también en la atmósfera marginal de los escenarios que transitan seres desprovistos de toda ideología, fracasados, refugiados de sí mismos e incapaces de generar un proyecto existencial. Ninguno de ellos se acerca a algo parecido a un momento de felicidad.
 
El sexo es fugaz, precario, a lo sumo algún momento de pasión. Y lo demás es la búsqueda de pequeñas ventajas para pasar el día. Algún enredo amoroso, pero nada que transforme una rutina marcada por la frustración y los escenarios de la marginalidad.  Walenski, uno de los personajes centrales de Hasta que te conocí, sueña con una amistad añorada. Nunca podrá ser amigo del hombre con el que se enfrenta por una mujer. Pero allí lo que cuenta es el anhelo, no la realización del deseo. También Lucero, una muchacha ilusionada con la maternidad, se encuentra con el rechazo de su novio, Silvio, al embarazo. Él trabaja como stripper en un boliche del gran Buenos Aires. Lo último que quiere en su vida es tener un hijo. Walenski y Lucero están destinados a coincidir. Una muerte violenta es el hilo conductor de la novela y genera un personaje fascinante: el inspector Bersani, un policía sagaz sin más vida que su oficio. Otro personaje femenino, Clara, agrega ambigüedad a un texto que se desliza sobre el lector gracias a una prosa fluida y a una trama enigmática.
 
Es sabido que los perros son animales nobles. Tienen una particularidad que los diferencia de otras especies: prefieren estar con los humanos antes que con sus propios pares. De ahí que matar un perro sea una tarea sencilla: basta con llamarlo. Adiestrarlos para que peleen es otra cosa. En algún lugar del gran Buenos Aires las peleas son moneda cotidiana. Se apuesta mucho, sobre todo en las que son a muerte. ¿Quién se atrevería a ver un perro despedazando a otro? Los personajes de Gusmán no le hacen asco a nada. Es más, las descripciones de estas auténticas carnicerías no apuntan al mundo animal, sino al otro, al de los hombres que apuestan sus dineros en esa orgía de sangre. En Hasta que te conocí alguien asesina al hombre y a su perro. Bersani pone todo el oficio para descubrir al culpable. Pero en el fondo no son pocos los policías que se cruzan con los que dicen perseguir y se dedican un guiño de ojos.
 
En los gimnasios se practica un culto de dudosa virilidad. Los strippers que describe Luis Gusmán son oportunistas en el peor sentido de la palabra. Buscan “salvarse” y cultivan sus cuerpos como la única mercancía que pueden ofrecer. Hay mujeres y hombres que los buscan. Todos los personajes de esta novela mienten. Después de leerla esa es la verdadera certeza. ¿De qué Argentina habla Gusmán? Quizá de ninguna, o tal vez de la de siempre para ciertos sectores que no encajan en la vida política del país. Walenski le cuenta el sueño de una amistad añorada a uno de los clientes del gimnasio donde trabaja: “Había soñado con Smith. Desde que se acostó había tenido a su compadre en la cabeza porque al día siguiente se cumplían dos años de su muerte. Era un sueño porque no sentía el olor a podrido del río, pensó cuando despertó. Soñaba que los dos corríamos al costado del Riachuelo. Como si entrenáramos. Parecía que escapábamos. Con la sensación espantosa de huir de un peligro desconocido, Sin embargo, como pasa siempre, en algún tramo de la huida comenzamos a hacernos chistes entre nosotros y a reírnos, como cuando nos conocimos. En un momento me dijo: Yo estoy muerto pero pronto vas a tener noticias mías”. Y las tuvo, pero no vamos a contar cómo, ni en qué consistieron esas noticias.
 
Como en sus ensayos, La ficción calculada (1998), Epitafios. El derecho a la muerte escrita (2005) o Kafkas (2014) Luis Gusmán muestra que las ausencias de un texto son sus presencias más contundentes. Ciertas topografías suburbanas que se hacían visibles en Villa reaparecen ahora en Hasta que te conocí. También aquí retoma a los pesistas de Tennessee, novela llevada al cine por Mario Levín bajo el título de Sotto voce.
 
 Apropiarse de los textos de Luis Gusmán es siempre un beneficio para el lector. “La primera vez que lo vi en el outlet –relata Lucero en Hasta que te conocí- me dijo algo que no voy a olvidar. Hacía fierros, y me dijo que los fierros te hacen crecer. Que haciendo fierros, crecés unos milímetros cada día, porque los fierros tiran para abajo, pero el cuerpo hace fuerza para arriba, o algo así”. Sueños de sonámbulos, sueños de fantasmas, o mejor: sueños de mala muerte.
 
De esa madera están hechos los personajes de Gusmán. Creen en lo que no existe. Pero gracias a esas ilusiones no sólo iluminan sus propias vidas, sino también las nuestras. Gusmán escribe sobre cosas muy sórdidas, pero de pronto, sin que el lector esté preparado, irrumpe una epifanía. Me acuerdo ahora de ese gran filósofo español que ha sido Eugenio Trías: “La belleza es siempre un velo ordenado a través del cual debe presentirse el caos”. De eso se trata la escritura de Luis Gusmán.




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