18/11/2015 Conicet

La senda de un dibujo

La mesa de trabajo de Laura está ubicada al lado de la ventana del lugar. En el centro, hay un tablero de madera inclinado. Y una lámpara focalizada en el tablero. Al costado el mate. Del otro lado, varios lápices dentro de un frasco, tinta china, plumines que descansan sobre un papel de rollo de cocina, y una regla. La radio prendida.

A ese lugar llegan los botánicos del instituto, que en primera instancia le indican qué es lo que quiere resaltar del ejemplar que necesita ilustrado –pueden ser desde grandes flores hasta plantas con detalles diminutos-. Entonces, Laura calca la planta con un estilógrafo, prestando especial atención a los detalles. Después disecciona la planta, diferenciando la flor del fruto y la semilla.

Luego, apoyándose en la lupa binocular con cámara clara –su herramienta de trabajo más importante, dice ella, además de su propia mano-, logra ampliar la pieza hasta cuarenta veces. Una vez hecho, pule con lápiz el dibujo que haya creado, y el último paso es pasarlo a tinta: lo trabajará con un plumón y tinta china, “un método tradicional ancestral –explica-, que desde el siglo XVIII se usa para trabajar una línea modulada y punteada en un dibujo”. Así es el proceso de confección de una ilustración científica.

Esta disciplina, derivada del dibujo, surgió de un modo incierto: Laura dice que probablemente exista desde el siglo I, cuando las plantas medicinales comenzaron a ser ilustradas en tratados. “Es una disciplina todavía poco difundida, sólo comprendida por aquellos estudiosos de las ciencias biológicas”.

Laura se anima a decir que no debe haber más de treinta personas que lo hagan en todo el país. ¿Si la fotografía podría reemplazarlos? No hasta el momento: la ilustración científica trabaja a una profundidad a la que no llega el soporte fotográfico.

Por eso mismo, la mayoría de los ilustradores científicos como ella sufren problemas en la visión: es un trabajo tan fino, delicado y manual. La vista es el sentido que primero se les deteriora. “El mayor grado de dificultad –asegura Laura- está en las plantas pequeñas: las que tienen detalles mínimos para dibujar”.

Su rutina diaria incluye interactuar con pasantes, becarios e investigadores, que le piden dibujos para sus tesis y trabajos. Laura pertenece, específicamente, al área de taxonomía vegetal, que tiene cinco líneas de trabajo: citogenética, anatomía, biología, genética y fisiología vegetal.

En el mundo de la botánica hay un lema: “Una buena ilustración vale más que una buena descripción”. ¿Cuáles son las cualidades que debe tener un ilustrador científico? Dice Laura: “una línea casi perfecta, poder transmitir caracteres que se resalten, un sombreado que haga despegar las formas, poder darle volumen a los elementos, y por último darle a la lámina una impronta particular, el estilo propio”.

Ella sabe mucho de eso: sin ir más lejos, en 2005 esta artista tuvo una sorpresa: una ilustración suya saltó, de su oficina en el IBONE, a la tapa de “Systematic Botany” -revista científica estadounidense especializada en botánica-. Era un dibujo de unas especies de Brasil, Bolivia y Perú que los revisores de la revista caracterizaron como “soberbia”.

Claro que cuando llega a su casa, Laura ella se permite conectarse con un trazo más suelto, aún más artístico. Le gusta pintar cuadros de arte figurativo, rostros y figuras humanas: nada que ver con las plantas que dibuja en su trabajo. Además, forma parte de un colectivo artístico correntino, llamado Ñande Kuarajhy –que significa “nuestro sol” en guaraní-, con el que realiza instalaciones artísticas con materiales de la región. Lo que se dice, una artista completa.
etiquetas