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Un cuento por da

Es cierto: Seis personajes en busca de un autor es el título que de inmediato surge cada vez que se nombra a Luigi Pirandello. Es comprensible: la pieza, estrenada con escándalo el 10 de mayo de 1921, puso del revés al teatro de su tiempo, tiró por tierra las desgastadas convenciones que lo gobernaban y marcó las pautas que a partir de ese momento regirían a la escena moderna.

Por Vicente Battista

Pirandello, sin embargo, no se consideraba un digno autor dramático, basta releer algunas de las muchas cartas que le enviara a su hijo Stéfano, prisionero de las fuerzas austríacas durante la Primera guerra mundial, para confirmarlo. En una de esas cartas, fechada el 18 de agosto de 1916, dice: “He terminado y entregado la comedia El gorro de cascabeles; y ahora, también para Musco, estoy escribiendo Liolà en tres actos.
 
Luego escribiré U cuccu, y cerraré este paréntesis teatral para volver a mi trabajo de narrador, que me es más natural”. En otra, fechada un año más tarde: el 23 de julio de 1917, anticipa: “Tengo la cabeza llena de cosas nuevas... ¡tantos cuentos...!  Y una cosa extraña y tan triste, tan triste. Seis personajes en busca de un autor: novela por hacer, se llamará. Quizá tú lo entiendas. Seis personajes, atrapados en un drama terrible, que andan detrás de mí para que los meta en una novela.” Finalmente los metió en una pieza dramática, pero está claro que los había imaginado cabalgando por una narración, algo que pocos años después y por estas tierras llevaría a cabo Macedonio Fernández.
 
¿Podríamos insinuar que los cuentos de Pirandello de algún modo preanuncian su teatro? Más de uno de ellos incluso subió a escena. No obstante, sería incorrecto afirmar que esos cuentos fueron apenas los borradores de su teatro. El modo de narrar de Pirandello, su estilo, se adecuaba armónicamente a la forma que elegía, ya fuese la poesía, el cuento o la novela, el teatro o el ensayo. En todos los casos, desde sus tempranos y olvidables poemas hasta las dos últimas novelas en las que estaba trabajando poco antes de morir, regirá la particular filosofía pirandelliana.
 
El signo de Pirandello, ese profundo pesimismo teñido de un humor ácido e impiadoso, estará presente tanto en los rústicos labriegos de los campos de Sicilia como en las temerosas criaturas de la clase media urbana. La idea del cambio constante: el hombre es distinto ahora de lo que era hace un minuto y de lo que será dentro de un momento, se repetirá en los innumerables personajes que habitan sus cuentos, sus novelas y sus piezas teatrales.
 
Un escritor total, entonces, que anduvo cómodamente por todas las sendas que decidió transitar. No le fue fácil, no le resultó sencillo llegar al final de esas calles. Nació en Agrigento, un verano de 1867, cuando los sicilianos no tenían nada para festejar: una epidemia de cólera se había declarado en la isla.
 
Tampoco la familia de Pirandello estaba para celebraciones: la madre de Luigi había muerto en el parto de su hijo. Muerte y vida, tristeza y alegría. La eterna dualidad que iba a caracterizar a su obra, apareció en el mismo momento en que Pirandello llegó al mundo; no lo abandonaría jamás.
 
Él la llamaba “las dos verdades”. O mejor: “las dos realidades”. Lo que es “para sí” y lo que es “para los demás”. Sus personajes se regirán por esa impronta: las acciones que emprendan no serán ni buenas ni malas en sí mismas, van a ser buenas o malas según el modo en que se las mire. Esto lo explicará, con mejores palabras, la extraña criatura de su cuento Los pensionistas de la memoria: “Porque, reflexionen bien: ¿qué puede haber muerto de ellos? Esa realidad que ellos le dieron, y no siempre del mismo modo, a sí mismos, a la vida. Oh, una realidad muy relativa, les ruego que lo crean.
 
No era la de ustedes; no era la mía. Yo y ustedes, en efecto, vemos, sentimos y pensamos, cada cual a su modo, a nosotros mismos y a la vida. Lo que quiere decir que a nosotros mismos y a la vida le damos, cada cual a su modo, una realidad: la proyectamos afuera y creemos que, así como es nuestra, debe ser de todos: y alegremente vivimos en medio de ella y caminamos seguros, bastón en mano, cigarro en mano.”
 
Hasta los treinta y seis años de edad Luigi Pirandello fue el arquetipo del burgués de su tiempo: había estudiado en las universidades de Palermo, Roma y Bonn, se había casado y era padre de tres hijos, había publicado dos libros de poemas —Mal Giocondo y Pasqua di Gea— y enviaba regularmente sus cuentos a las revistas Marzocco y Tribuno. No cobraba una lira por esto: vivía de rentas. A comienzos del año 1903, como copiada de uno de sus relatos, las cosas giraron al revés para el sosegado Pirandello: una mala jugada comercial puso a su familia en la miseria; su esposa —la adorada Antonietta— hizo un brote de locura del que no salió jamás: hubo que internarla en una clínica psiquiátrica; allí moriría cuarenta años después.
 
Frente a esa realidad, a Pirandello se le presentaron dos opciones: el suicidio o dedicarse por entero a la literatura. Optó por la literatura y decidió poner en práctica aquel proyecto que años antes imaginara bajo el cielo luminoso de Sicilia: escribir veinticuatro libros de cuentos, con quince cuentos cada uno de ellos. “Siempre, en todo momento, todos los días, ocho, diez, doce horas, en cualquier sitio que me encuentre, en mi casa apartada de Roma o en un cuarto de hotel; en el camarote de un transatlántico o en un viaje en un tren. Esté donde esté siempre estaré trazando signos. La vida hay que vivirla o escribirla. Yo he preferido escribirla.”
 
La cifra no era caprichosa. Se proponía componer trescientos sesenta historias, agrupadas en una colección que llevaría un título genérico: Cuentos para un año. “El título puede parecer modesto —observa en la “Advertencia preliminar” del primer volumen—, aunque, por el contrario, quizá sea demasiado ambicioso”. Sin duda, lo es. Pero sólo a partir de grandes ambiciones se conciben grandes obras.  A veces, la muerte obliga a suspender el proyecto. A Pirandello lo sorprendió en mitad del camino: de aquellos veinticuatro volúmenes que había imaginado, llegó a completar quince. Un total de doscientos cuentos, no es poco. Sobre todo si se tiene presente que muchos de ellos se inscriben entre las mejores piezas de la literatura italiana del siglo XX.  



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