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Precipitaciones

“A la muerte y las tempestades, para no tenerles miedo hay que mirarlas a los ojos, si se puede, comiendo algo”, eso dijo la madre. Ella nunca imaginó que Gonzalo iba a quedar marcado por ecos de esa sentencia, que surgió mientras cuidaba que las papas no se pegotearan en la sartén.

Por Luis Soto

“Las noches de tormenta, si mi viejo no había regresado a casa, mamá nos arreaba hasta el baño y ahí, los tres apretaditos, con la luz apagada, yo con mi cucurucho lleno de miedo y papas fritas, mirábamos el espectáculo por el único espejo que daba a la calle”. Es la voz de Gonzalo. Tomo notas en las sesiones, a veces grabo un tramo. La madre decía que vistas por el espejo, las tempestades eran películas de Cecil B. de Mille. Contaba Gonzalo que tempestades (nunca se limitaba al singular) y descastado eran palabras que ella empleaba seguido. Un par de noches por semana el padre volvía de madrugada. Gonzalo tenía sueño liviano, despierto por el chirrido de la puerta cancel pegaba la oreja a la pared. Le pregunté por qué. “Quería oir de qué hablaban, si cogían”. “Sin un hombre en la casa, los chicos, pobrecitos”, usaba la madre a sus hijos para inyectarle culpa al marido. Una de esas noches de tormenta y el viejo ausente, llegó la revelación, sólo percibida por Gonzalo, y que sería eje de su vida.
 
Relato de Gonzalo. “Un relámpago tajeó el cielo y por el agujero vi a un gigante con barbas de profeta que movía las manos debajo de la cintura. Las agitó unos segundos, como si se rascara. El santo que fusilaron a flechazos, me pareció, tenía 11 años. Pensé en San Sebastián porque infinidad de chispas eléctricas se estrellaban contra su pecho. El gigante se desabrochó la bragueta, sacó una enorme verga y en ese momento empezó a llover. Alcé un brazo, supongo que fue instintivo, para cubrirme del chaparrón de meo”.
 
Desde esa noche - año 1964, ya había asumido Illia - Gonzalo discutía a gritos con quien negara la hermandad que une a la lluvia y lo que la gente llama meo o meada. Médicos y farmacéuticos dicen orina. “Hermandad incestuosa”, anoté. “La lluvia mea, el hombre llovizna”, era una de sus máximas. Decía que si sonaban truenos o relámpagos se reiteraba un sueño y él era el gigante. “Cuando sea grande voy a ser llovedor”, se prometió.  
 
Alta aspiración, más allá de edades, el poder de un llovedor debe bordear lo divino. Yo lo toreaba: “¿no será que usted quiere ser lovedor, por lo que significa love en inglés?”. “No me joda, doc”, se reía. Como todavía no era grande decidió adiestrarse meando en lugares públicos. Motivado por árboles, plazas, satisfacía las ganas con naturalidad. En un colectivo de la línea 95, pocos pasajeros, dijo (y le creo) que se acomodó en el último asiento y soltó el chorro, que fue corriendo hacia adelante. “¿Y esa agüita?”, alertó un chico. “Acaroína”, dijo Gonzalo. Traté de ubicarlo en la realidad, hay mucho pedófilo embozado, mucho tipo que anda con un diario tapando la bragueta, hasta que lo aparta y aparece la pija. Una señora lo denunció por exhibicionismo. Un policía insólitamente comprensivo simuló llevarlo a la comisaría y lo largó a una cuadra. Así zafó. Basta de perrerías, dijo, pero dudo que cumpliera. Le tiro un episodio grotesco. Un amigo era cultor del asado de los domingos.
 
Lo hacía en el fondo de la casa, donde su esposa había plantado cannabis en macetas. Apenas el amigo se alejaba de la parrilla Gonzalo meaba las macetas. A 3 meses de inaugurar su sistema de riego la mujer comentó que las plantas estaban espléndidas.  “¿Serán las bondades de mi meo?”, decía orgulloso Gonzalo. Salteo cosas. Hubo un encuentro, tema de varias sesiones. Lo conozco en detalle, como esas películas, “Amarcord”, que uno ha visto tantas veces. Una tarde él había ocupado un mingitorio del Patio Bullrich. Un tipo con portafolios se instaló en el puesto vecino. Gonzalo estaba incómodo, no tenía dónde apoyar el paraguas y su meada se reducía a un goteo flaco y mezquino.
 
Espiaba de reojo el otro, de pronto descuidó el equilibrio de su aparato y el chorro le empapó los pantalones. Gonzalo fingió estar mirando fijo a la pared y se topó con un par de grafitti. Uno decía: “la hipotenusa se la come”, y el otro: “la bisectriz de tu hermana, también”.  A todo esto, Gonzalo sentía crecer una tentación, absurda, pero no nueva. La habíamos tratado antes, creo que constituía el nudo de su conflicto. ¿Y si abría el paraguas en el baño y embolsaba la llovizna del meo?  Yo le había dicho que aunque él insistiese en rechazarlo, el paraguas natural de la aparato era el preservativo. La tentación no se entregaba.
 
Desplegó, nomás, el paraguas, que contuvo el chorro. La maniobra atrapó al vecino. Para mí era un declarado voyeur. Al principio Gonzalo pensó que alguien podía haberlo mandado a controlar sus pasos. No era de caer en actitudes paranoicas, pero sospechaba que había gente complotada para oponerse a que él fuera llovedor. Como si le diera razón, el vecino fichaba sin pudor mientras procuraba secar la humedad de los pantalones con la palma de su mano. En eso preguntó qué iba a hacer con el paraguas. “Al llegar a casa lo voy a retorcer para que las gotas caigan en un frasco. De mayonesa light”, retrucó Gonzalo. “¿Para un examen de orina?”. Sin descartar que lo estuviera tomando en joda, Gonzalo no contestó. El otro se concentró en una última tanda de fomentos y se fue. Escuche a Gonzalo. “Sacudí, dejé pasar unos segundos y lo seguí hasta la iglesia del Pilar. Hacía años que no entraba al templo. El tipo se acercó a una figura tallada en madera.
 
Había pocos fieles. Lo vi manotear una vela encendida y con aire solemne, como si encabezara una procesión con una antorcha, se dirigió al claustro. Yo, atrás. Recostado en una columna acercó la vela a las piernas, entonces entendí. La había afanado sólo para secar los pantalones al abrigo de la llama. Escena digna de Tadeusz Kantor. Me tranquilicé, vigilante un carajo era ése.  Ancle en La Biela”. Usted me mira como si hablara en birmano.  ¿Quién es Kantor? Gonzalo había hecho teatro con Carlos Gandolfo. ¿Quién es Gandolfo? No sé, sobre la marcha elijo qué decir. Acierto, me equivoco… No me amparo en el secreto profesional sólo por si mi aporte ayuda a reabrir el caso. Gonzalo La Rocca desaparece y nadie mueve un dedo.
 
Era vital, tenía proyectos. ¿Alguien cree que viajó al espacio, que ya es llovedor?  Sigo. Gonzalo me dijo que desde aquella tarde pasó unos días sin orinar. Sonó extraño, descubrí que confundía que no lloviera con que él no hubiera meado con normalidad. “¿Déficit de lluvia o de meo, qué es lo que más duele?”, planteaba. Algo más de Gonzalo. “A menudo me esfuerzo por recuperar un recuerdo y cuando estoy por visualizarlo, de pronto siento que soy un hombre ciego. Tanteo el terreno con el bastón, pero el bastón se acorta y ya no hace contacto con el suelo.
 
El recuerdo se esfuma, yo quiero meterme en la cama y que mi vieja me lleve fideos con manteca y jugo de naranja, como cuando tenía fiebre”. No, eso no… Le doy acceso a los textos, la voz, pero me reservo la interpretación. Gonzalo entraba al consultorio alternando estados de ánimo. “Hoy me rajé del laberinto”, decía. O: “me traga la ciénaga, como una boa me traga”. Había armado un argumento ingenioso: si Anastasio-el-Pollo, Ricardo Güiraldes y Atahualpa Yupanqui supieron resignarse a que la falta de lluvia acabara con cosechas y ganado, él, malsano bicho de ciudad, bien podía aceptar cristianamente su sequía urinaria. Es un hallazgo unir como testigos a un paisano de ficción, un estanciero que bailaba tango en Paris y un trovador perseguido. Un día dijo que sus dudas estaban en plena metástasis y él no soportaba sentirse tan inseguro de lo que había vivido antes y lo que le pasaba ahora. Esa noche me llamó a las 2 de la mañana: “compré un M99 Barrett, doc”, dijo y cortó.
 
Tiene que darse una situación realmente grave para que un paciente me despierte a esa hora. Después averigüé que el M99 es un rifle poderoso. Para francotiradores, dice el folleto. Sabía que Gonzalo estaba mal, pero no atiné a imaginar cómo buscaría escapar del laberinto, la ciénaga. En sesión saltaba de cierto desequilibrio a desnudar ideas oscurantistas. “Más que mear salteado me inquieta que no llueva. No está lloviendo bien. Habría que ahorrar lluvia. Que llueva para 100, para 11, para 1, no para todos. O privatizar el servicio. Yo lo puedo solucionar, concursos de precios, medidores, tarifas de mercado. Pero hay una mafia al acecho, por eso demoran tanto en nombrarme llovedor”, dijo la última vez que nos vimos. Termino con el remate de esa sesión. Se estaba despidiendo, no sé si era consciente. “No espero más. Una noche de éstas voy a meterle bala sin asco al cielo hasta hacer un agujero, como cuando tuve la revelación. Por ahí va a asomar el apacible Sebastián, espero que pele su caño, con discreción, claro, y nos mande el diluvio tan deseado”.