09/09/2015 Filosofía política

“Ser judío es ser extraño, extranjero, errante, enemigo según la época”

En El rechazo a los judíos, religión de Occidente. Arqueología del odio, la psicoanalista y escritora Isabel Steinberg compone -según la metodología heredada de Michel Foucault- una suerte de testimonio y de historia del devenir judío en Occidente, desde la aurora del cristianismo hasta la actualidad atravesada por la técnica y el fundamentalismo afincado de modo global.



El libro, publicado por la editorial Paradiso, es una pieza insoslayable a la hora de articular, en perspectiva, la relación de los judíos como víctimas y como actores de una política de derechos humanos.

Este es el diálogo que la autora sostuvo con Télam.

T : El rechazo a los judíos. ¿Es tan taxativa la posición para armar una arqueología del odio en Occidente? Lo pregunto sin atender dos cuestiones liminares: la Shoá y un rechazo que no sólo es patrimonio del fascismo sino también de mucha de la llamada gente común.

IS : La elección del subtítulo del libro tuvo para mí valor de homenaje a la arqueología tal como nos la transmitió (Michel) Foucault:  intrincada con la genealogía y la historia en lo tocante a las llamadas ciencias humanas. Efectivamente, y como no podría ser de otro modo, el deseo de adentrarme en un  tema tan complejo y tan concerniente en lo íntimo, me llega desde mi práctica de psicoanalista y escritora, de modo que no implicó haber transitado dos caminos más convencionales y tal vez más eruditos para atreverme con el tema: el que puede tomar una persona conocedora de la historia de manera académica, o alguien que recibió formación educativa en la tradición judía.

Respecto a la segunda parte de su pregunta, le diría que, justamente, mi experiencia  diríamos existencial como judía, estaba marcada antes de escribir este libro por mis lecturas sobre el acontecimiento Shoá y mi vivencia íntima en relación a lo que usted llama la gente común, que abordaría en este momento ya políticamente, si me permite. Desde mi experiencia como militante en los 70 y como participante en calidad de psicoanalista en DDHH, la gente común siempre para mí resultó un verdadero desafío a mi intento culposo de taxonomía. Por un lado yo soy parte de la gente común, por el otro, desde su prepotencia de mayoría silenciosa, muchas veces sentí a la autotitulada gente común como la verdadera base social del fascismo, en el sentido de señalarse como dueña del patrimonio de la normalidad.

T : ¿Cuál fue la metodología de trabajo que usó y por qué se refiere sobre todo a Occidente? Esto es, ¿qué pasó en Oriente y Oriente Medio?

S : La metodología que usé para investigar el tema toca nuevamente la fibra de lo arqueológico. En el 2011, tras la muerte de mi padre, debo hacerme cargo de sus libros y descubro una nutrida bibliografía sobre el tema, que yo desconocía y que descubro que él a veces ni había leído, ya que algunas páginas de ciertos  libros no estaban despegadas. Junto a estos libros encuentro  los que mi padre había heredado de mi madre, muerta hacía ya veinte años, que me abrió un mundo fascinante sobre las crónicas de mis antepasados en la Argentina. Por el lado materno, soy cuarta generación en el país, dado que mis bisabuelos llegaron escapando del zarismo y fueron colonos pobres de La Pampa, y descubro a través de viejos documentos que hice traducir del idish que incluso mis tatarabuelos habían llegado a estas tierras, para tener luego un retorno sin gloria pero elegido, a la muerte segura en los pogroms de principio del siglo XX en lo que hoy es Ucrania. Mi inmersión en todos los textos fue casi desesperada, pasaba de uno a otro sin orden, como si se jugara algo más que una investigación ensayística.

Respecto a su pregunta sobre por qué Occidente, le diría en primer lugar que porque es lo que conozco y lo que me configura como persona. Investigando, descubrí también que el asiatismo adjudicado a los judíos, que comienza mucho antes del advenimiento del nazismo, habla por sí solo. Ser judío es ser extraño, extranjero, errante, enemigo, según la época histórica. Tal vez la Inquisición marca con más fuerza la segregación de lo asiático (en este caso semítico) con las expulsiones de moros y judíos; la adjudicación racial de extrañeza  hacia lo judíos (y de rechazo) cobra un tinte científico cuando la naciente antropología, de cuño cartesiano, arma taxonomías tan curiosas para proteger  a Occidente de los extraños como la serie: africano- lapón- judío.

Y respecto al Medio Oriente, entendible ahora geopolíticamente como espacio de disputa entre los poderes hegemónicos mundiales por sobre el sufrimiento de su población, fue una garantía histórica de legitimación del ser judío frente a tantos siglos de reclusión y exterminio: en algún lugar había marcas (o ruinas) de algún origen, mítico como cualquier otro.

T : ¿Cómo se articulan los monoteísmos en esta arqueología del odio, y cómo usa al Freud de Moisés… para pensar ese rechazo (si entiendo bien, el mito que atraviesa el libro es el del pueblo elegido).

S : Al ser el primer monoteísmo, para algunos eruditos heredero del zoroastrismo, el judaísmo como religión sufre dos grandes sismas. El primero, que hasta el siglo III no se revela como belicoso, es el cristianismo, y en el cristianismo triunfa la corriente de Pedro, tributaria de la Eclesia, por sobre la de Pablo, mártir de su doctrina de predicar erráticamente la palabra de Cristo. Por eso podría situarse en el siglo III, en torno al Concilio de Elvira, la proclamación del judío como enemigo, al señalarse por ejemplo la prohibición (inédita hasta entonces)  de que los cristianos se casen con judíos. En el siglo VI, con la prédica de Mahoma, la puja por el patrimonio del verdadero monoteísmo encuentra por un lado al Mahoma Profeta predicando entre tribus judías beduinas, y por otro al cristianismo, ya Eclesia consolidada en Occidente, en proceso de acechanza y persecución por sobre musulmanes y judíos. Con Lutero hay un nuevo movimiento: el deseo de incorporar a los judíos al protestantismo, que fracasa y termina resultando  rechazo y diatriba en contra de quienes no lo aceptan.

Respecto al  texto Moisés y la religión monoteísta, de Freud, sí, creo que es prodigioso en la construcción epistemológica de los mitos fundantes, pero mi interés  al escribir este libro se centró sobre todo en el último Freud. Sigmund Freud muere en 1939, es decir que llega a observar y padecer en su propio destino de exilio, el huevo de la serpiente de la Solución Final para el problema judío; de allí que para mi investigación fue más interesante adentrarme en los artículos y cartas que escribía desde Londres y que pueden generalizarse bajo el nombre de escritos sobre antisemitismo. No había notado que el mito del pueblo elegido atraviese el libro, pero para ser atenta con su observación, le diría que en todo caso el mito del pueblo elegido para el sacrificio durante muchos siglos en Occidente sería más pertinente al respecto, que vuelve de manera especular para justificar el rechazo al judío como alguien que se cree superior y que merece ser castigado.

T : En el rechazo a los judíos, ¿qué función piensa que cumplió ( o cumple) la reconversión del imperio Romano en un imperio cristiano que no se privó de cometer masacres y barbaridades. Insisto: el genocidio judío, no sólo por su carácter industrial, en el siglo XX, no puede compararse con ningún otro genocidio, a mi entender porque incluye cuestiones de orden teológico.

S : Aquí se cruzan muchas cuestiones. Por un lado, el pueblo cristiano, masacrado y perseguido durante dos siglos por el Imperio Romano encuentra su reivindicación con el establecimiento del cristianismo como religión de Occidente. Esto lleva a pensar de manera ciertamente pesimista que haber sido víctima de masacres no prepara a los pueblos para evitar cometerlas. La Inquisición, que a veces olvidamos que duró casi cinco siglos, tuvo la función de depurar en la tortura y la hoguera (castigo) y de encerrar en los ghettos a quienes fueran judíos o marranos (vigilar). Castigar y vigilar, condensación de una lucidez extraordinaria en el pensamiento de Foucault sobre Occidente.

Con respecto al modo industrial de eliminación de lo execrable, yo me animaría a relacionarlo con la preponderancia que comienza a tener la tecnología por sobre las ciencias puras (ya pergeñada por Kafka en En la colonia penitenciaria), que creo que con la Shoá se instala definitivamente en Occidente como instrumento, no solamente en relación a los judíos sino a los disidentes políticos, los pueblos alzados contra la ocupación colonial o las minorías que sobran para quienes desean apropiarse de territorios. En definitiva, la necesidad de nutrir al capitalismo de sangre para alimentar a la industria militar-industrial, crea un horroroso arsenal de formas e instrumentos de exterminio, herederos de la mecánica de las mazmorras inquisitoriales. Tal vez lo específico de la Shoá  fue la necesidad de no perder nada de lo exterminado: la fabricación de pelucas  con los cabellos cortados a los prisioneros, la fabricación de jabón con los restos de los ejecutados, y otras formas del horror naturalizadas. Incluso la utilización de mano de obra esclava (el caso más conocido fue el de La lista de Schindler, escondida tras objetivos humanitarios es otra forma, más benévola sin duda, de extracción de plusvalía del trabajo y de los cuerpos). Las cuestiones de orden teológico de las que habla, ya habían desaparecido como motivo de repulsa con la Revolución Francesa, a partir de la cual se instala una cierta simpatía hacia el judío medieval porque se muestra para el escarnio, a diferencia del judío que pelea por sus derechos civiles y debe eliminarse por ser más peligroso, y por lo tanto hay que marcarlo (brazalete con la estrella de David, número en el cuerpo). No olvidemos que en las épocas en que el sujeto judío está interesado en su asimilación al resto de la comunidad y su participación en los asuntos de la polis, es cuando es más perseguido.

T : Si esos elementos teológicos estuvieran en juego, ¿cuáles serían y por qué razón habrían despertado pasiones tan delirantes?

S : Desde Wilhelm Reich hasta Bèla Szekely, por nombrar algunos psicoanalistas interesados en  el tema, la pregunta sobre el delirio ha producido numerosas conclusiones, algunas de las cuales yo comento en el libro. Pero hay un problema con el delirio, que  conocemos los psicoanalistas: el delirante ama más a su delirio que a sí mismo (y a sus semejantes), y las ideas delirantes son fuente de ligazón incalculable para los  dinamismos de masas (tema maravillosamente relatado por Umberto Eco en El cementerio de Praga, donde reconstruye desde sus cimientos el mito de la Conspiración Judía Mundial). Hay algo muy aterrador en todo esto.

Cuando se declaran los Derechos del Ciudadano tras la revolución burguesa, lleva dos años la polémica sobre si dar o no ciudadanía francesa a los judíos residentes allí hacía siglos (y que estaban bien lejos de la aristocracia derrocada).Cuando finalmente se les concede, se les otorga también a los verdugos y a los comediantes, y la polémica gira en torno de si era conveniente para la República dar la ciudadanía a todas las minorías, como por ejemplo la judía, por temor a privar a las masas de un objeto para descargar su resentimiento y su insatisfacción.

En el mundo tal como lo conocemos hoy, creo que las razones teológicas son torpes mascaradas de intereses geopolíticos y son también muchas veces instrumentos virtuosos en manos de manipuladores de la gente común a la que usted se refería.

T : Finalmente, ¿puede pensarse el rechazo a los judíos como un equivalente a la represión freudiana que retorna, en este caso bajo el formato del evangelismo, y del fundamentalismo islámico, tan parecido, en muchos casos, a la Inquisición española?

S : En principio, estoy tentada a contestarle que no, si bien su pregunta toma puntos neurálgicos de la cuestión. Con todas las dificultades y límites que debemos tener en cuenta para aplicar los conceptos psicoanalíticos a lo social, le diría que el retorno de lo reprimido implica el retorno de lo que habiendo sido olvidado, se da a ver de distintas maneras. Tal vez el equívoco pueda surgir del final del libro donde, en la conclusión, menciono al antijudaísmo  compartiendo con el síntoma su carácter estructurante de refugio subjetivo.

Para ser más específica, me parece que los tres registros desarrollados en la teoría de Jacques Lacan me servirían más para ilustrar lo que me gustaría responder. El síntoma del lado de las formaciones del inconsciente podría asimilarse al algo de segregatorio que conlleva la subjetividad: antijudísmo como tema de mi investigación, gorilismo en el caso de nuestro país, odio al extranjero en los países centrales. Pero para explicar las masacres y exterminios es indispensable recurrir, además del campo de lo simbólico donde se aloja el síntoma, a los otros dos registros: el imaginario y el real. El imaginario como el fundamento de toda creencia acerca de la necesidad del exterminio de lo diferente (naturalizada por la psicología de las masas descripta por Freud y por el campo de lo especular como engañoso, desarrollado teóricamente por Lacan); y lo real como lo inefable, donde me animaría a incluir la crueldad  (y espero no transmitir con esto un sesgo teológico) como irreductible componente de la subjetividad que, como en esos momentos singulares de eclosión de una psicosis por la aparición  de algún componente en la realidad insoportable para el sujeto, estalla bajo la forma de la destructividad irrefrenable, del odio incurable.

Que esto no se entienda como un confortable escepticismo. La política bien entendida no  debería retroceder ante estos avatares horrorosos, sino más bien resistir. Me gusta la palabra resistencia como un lugar de refugio y esperanza.
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