Cultura

15-07-2015 16:03 - Racimo

Desaparecidas en el desierto, la segunda novela de Diego Zúñiga

Las desapariciones de varias niñas en el norte de Chile, una serie de hechos violentos que irrumpen en la opinión pública aunque rápidamente se disipan y sólo quedan en la memoria local, y el murmullo de la corrupción tapado bajo el manto de aridez de un olvidado paisaje rural, se entretejen como imágenes a través de la lente del fotógrafo Torres Leiva, protagonista de Racimo, la segunda novela del celebrado joven escritor chileno, Diego Zúñiga.

Por Milena Heinrich
Por Milena Heinrich
15-07-2015 | 16:03
Telam SE
"Podía estar toda la vida esperando escribir esta novela, son imágenes que tengo hace mucho tiempo pero sentía que me faltaba experiencia para hacerla", dice en diálogo con Télam, desde la redacción de la revista chilena Qué Pasa, Zúñiga, periodista y escritor (Iquique, 1987), distinguido con el Premio Roberto Bolaño -el "espaldarazo" que necesitaba para abocarse a la escritura-, y editor del sello independiente Montacerdos.

Luego de la aparición de su primera novela, Camanchaca (2013), traducida al francés y al italiano, Zúñiga publica ahora Racimo (Random House), una novela rural basada en hechos reales, desperdigados, de a pedazos, con los que se topó cuando vivía en Iquique, uno de los escenarios de esta historia y al que regresó para terminar el borrador en tiempo récord, "una semana intensa, en la que no podía dejar de escribir", recuerda.

Télam: Racimo se presenta como un policial, sin embargo es una novela que encierra muchos significados y múltiples sentidos que involucran un caso real de desapariciones y trata de personas, corrupción, desigualdad social y el abandono de ciertos sectores de la sociedad...
Zúñiga: Aquí en Chile el tema social es clave en la conformación del país. Cuando empiezo a entender por qué me interesa esta historia de 14 mujeres asesinadas en el Norte, conocida como el caso del "Alto Hospicio", comprendo que es porque refleja muy bien Chile, el Chile de los 90, el post dictadura, ese que se conformó de una manera donde el clasismo es brutal, y unos tienen privilegios y otros nada.

Y como escritor me gusta la literatura que se adentra en esos lugares complejos, que transita lugares incómodos, que lucha contra la comodidad, no sólo en cuestiones sociales como éstas sino también en factores como el lenguaje o la imaginación. Visto así, a Racimo no la ubico dentro del género policial, sí creo que resiste a esa lectura pero tiene lecturas más interesantes desde otros lugares, como lo social o literario.

T: Escritor y periodista, ¿por qué decidiste abordar el caso del "Alto Hospicio" desde lo literario?
Z: Fue un proceso bien largo comprender por qué quería convertirlo en novela, y hay un punto donde me doy cuenta de que la literatura me permitía imaginar cosas y reflexionar otras, que van más allá del caso duro del policial.

Respeto mucho el periodismo, pero creo que la literatura puede llegar a lugares donde la no ficción no llega, básicamente sobre el lenguaje. En el periodismo una historia debe ser directa y en la novela me gustaba generar lo contrario, generar una atmósfera; es un riesgo que decidí correr.

Además, en este caso particular, la distancia de los años me permitió ver con otros ojos, por ejemplo, el vínculo que puede tener el caso de las niñas desaparecidas con cierta violencia heredada de la dictadura. Creo que la literatura me permitía desde la distancia entrar en lugares que iban más allá del caso mismo. 

T: Un protagonista fotógrafo, Torres Leiva, que registra con su cámara todo aquello que lo sacude, la presencia continua del espejo retrovisor que mira la carretera y lo que queda atrás, en definitiva una explosión de imágenes que proyectan y reflejan otras. ¿Por qué este recurso?
Z: Me gusta mucho la idea de las imágenes; en general parto escribiendo de una imagen que me interesa desarrollar y utilizo elementos que me permitan reflejarla. Que el protagonista sea fotógrafo está vinculado con esto porque la fotografía tiene que ver con la memoria: qué hacemos con esa memoria, cómo se reconstruye, cómo se desordena.

T: Y precisamente la memoria se cuela en los paisajes de la novela y en eventos específicos como la explosión de una fábrica de bombas de racimo -dispositivos que al abrirse liberan un gran número de pequeñas bombas- en el medio del desierto...
Z: Claro, esas imágenes se me fueron apareciendo mientras escribía. En muchos lugares del Norte, de donde vengo, en pueblos alejados de Santiago, siempre hay historias que están ahí dando vuelta, que la provincia no olvida, aunque el país sí, que están en la memoria. Hay una idea de paisajes condenados al fracaso y hasta a cierto «malditismo» ¿no?

Yo me fui de Iquique en el 2000 y el caso de las desapariciones salió a la luz en 2001, sin embargo ya se hablaba de estas niñas que desaparecían y hubo un caso puntual de una chica que lo recuerdo bien porque generó mucho temor en la ciudad, ese miedo, por así decirlo, era algo que yo viví, que tiene que ver con el miedo posterior al exterminio. Son cosas muy desconcertantes que uno no olvida. 

T: Estos paisajes desolados tienen gran centralidad en tus dos novelas Camanchaca y Racimo, se reflejan como escenarios de una época con referencias neoliberales -casas a medio construir, cierto abandono y entrega a la suerte de sus pueblos-, ¿fue tu intención consolidar estas imágenes?
Z: Después de publicar Racimo volví a Iquique y me impactó mucho porque efectivamente encontré que la ciudad era otra. Y me di cuenta que el libro es súper de los 90, eso me hizo pensar que ya no puedo seguir escribiendo de esos paisajes, como narrador agoté mis posibilidades de seguir profundizando sobre la geografía del Norte, es bastante desconcertante.

T: ¿Y de qué vas a escribir?
Z: Desde hace mucho tiempo vengo escribiendo cuentos y hace un tiempo sentí que tienen una conexión, que se verá publicada en un libro que debería estar apareciendo en Chile en marzo próximo. En estos relatos empiezo a transitar hacia otras cosas y ese tránsito como narrador se puede ver. Son relatos en los que voy a dejar detenido el paisaje del Norte para abordar otras obsesiones que tengo, como lo social y lo literario, porque, evidentemente, no quiero dejar de transitar hacia otras incomodidades.

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