Cultura

06-06-2015 19:24 - Stephen Dixon

Carta breve para un corto adiós

En Ventanas y otros relatos, el escritor estadounidense Stephen Dixon, despegándose del canon del realismo sucio pero en interlocución constante con esa tradición, reúne una serie de relatos que pasan de la crueldad más crasa a una suerte de absurdo existencial que sin preocuparse demasiado (o sin preocuparse) por el efecto que produce en el lector, pone de relieve la estupidez estructural de seres que sospechan su muerte futura pero que por el momento -y el poder- se imaginan inmortales.

Por Pablo E Chacn
Por Pablo E. Chacón
06-06-2015 | 19:24
Telam SE
Para sostener ese argumento, por supuesto que el también autor de Calles y otros relatos, no se vale de personajes pagados de sí mismos, winners, mujeres preciosas o excepciones a la regla sino de la simpática idiocia del lugar común llevado al extremo.
 
Ambos libros han sido publicados por la editora Eterna Cadencia (que también promete una novela) de este hombre, nacido en Nueva York en 1936, que publicó su primera colección de cuentos cuarenta años después, y ya no paró más.
 
Dixon se tomó su tiempo. Primero leyó lo que estuvo a su alcance, todo lo que estuvo a su alcance. Y  luego ambientó historias experimentales y de las otras (la oralidad hace de algunos relatos la necesidad de que use alguna metáfora) pero decidido a no hacerlo, las historias de Raymond Carver y de Tobías Wolff, por ejemplo, se asemejan a pasos melancólicos, suntuosos.
 
Es posible que el hombre pase por cínico. Sin embargo, convendría dudar de ese adjetivo, sobre todo cuando se aplica a escritores (no tan jóvenes) locales que de cinismo tienen mucho menos que cualquier torturador, médico o abogado de la policía, pero que se supone puede servir para corretear jovenzuelas en las vernissages de Palermo Rúcula.
 
Dixon cuenta accidentes, muertes inesperadas, sujetos que de un día al otro terminan con los dientes podridos por drogas de baja calidad, separaciones traumáticas, reencuentros vigorosos que terminan, otra vez, en separaciones traumáticas, el dolor de los niños y la desesperación. Y la alegría por una muerte inesperada. El poder corrosivo de la enfermedad, la vejez.
 
En estos relatos, ni el más miserable quiere morir, ni el que le pega a su mujer y la mata por error, ni el asistido por un ano contranatura, ni el dandi que pudo ver un Picasso y después contar que su esposa se ha convertido en una gorda avariciosa.
 
Si Dixon es una suerte de Onetti cruzado con Faulkner, carece del aliento dramático de Cormac McCarthy (no de su humor negro, o de su humor), porque ¿quién es capaz de soportar vivir con otro por más de treinta y cinco años? Algún sobreviviente de Auschwitz: precisamente, algún personaje de este escritor. 

También te puede interesar