03/06/2015 Laura Estrin

Unas palabras sobre el destino de Mijail Lermontov

En El demonio y otros escritos caucasianos, el poeta ruso Mijaíl Lérmontov, considerado heredero de Alexander Pushkin, consigue dar forma a un engranaje donde operan las tradiciones populares de su país con las relecturas que el propio vate hacía de la gran literatura occidental.

Por Pablo E. Chacn

Este libro, publicado por la editorial AñosLuz, es un trabajo en conjunto entre la traductora, Irina Bogdaschevski, su colega, Fulvio Franchi, y el apoyo histórico y filológico de Laura Estrin, autora del volumen Literatura rusa, que publicara la editorial Letranómada.
 
La introducción que se leerá es producto de Estrin, durante la presentación del volumen en la Biblioteca Nacional, cedida gentilmente a Télam por los involucrados en el proyecto.
 
Este es el texto:
Hoy festejamos (ya que las presentaciones deberían ser verdaderas fiestas), la edición de un libro de Lérmontov, el primero en la Argentina de este contemporáneo de Pushkin. Traducido por Fulvio Franchi, lector sensible al ambiente, al espíritu y a la obra de los rusos con que trabaja. Enorme valor y arduo trabajo que Fulvio pone en la precisión, la tersura y el brillo que su mano conserva de estos rusos geniales.
 
Las palabras que aquí traigo son de Irina Bogdaschevski, nuestra gran traductora del ruso con la que hace muchos años, compartimos nuestro amor y nuestra tarea sobre esta literatura.
 
Ella dice que no es muy común que un poeta muerto a los 26 años, en un duelo imperdonable, llegue a ocupar en la literatura de su país el lugar de un clásico. Que lo sitúen siempre inmediatamente después del Sol de la poesía rusa, Alexander Pushkin, como el segundo poeta ruso más grande de todos los tiempos. Y que a pesar de todos los disgustos y persecuciones tuviera tiempo de fundar también en la prosa una tendencia moderna, absolutamente contemporánea, que puede compararse en el mundo sólo con Shakespeare (esta afirmación tan vehemente es de Irina, aunque la modernidad de Lérmontov es única y no sabría bien con quién compararla… quizá con Goethe).
 
Mijaíl Lérmontov nació en Moscú el 15 de octubre de 1814, y a los seis meses la abuela materna lo lleva a su propiedad rural en Penza. Ella lo educa al quedar huérfano a los tres años. Su padre, Iuri Lérmontov, un modesto capitán retirado que no vivía con ellos porque la abuela no lo soportaba; al quedar viudo, se traslada a su pequeña casa cerca de la ciudad de Tula y visita al hijo muy de vez en cuando.
 
La falta de madre tanto en Pushkin (que por indiferencia y frialdad no se ocupará de él), como en Lérmontov (que no conservará ningún recuerdo de la suya), fue fatal para el destino de los dos poetas (y yo diría: poetas de madre, poetas de padre y poetas sin ellos: vaya perfecta clasificación porque es cierto que sin ellos escribir se escribe distinto).
 
Las primeras impresiones, tristes, que produjo en Lérmontov, la poco expresiva, modesta naturaleza de la gobernación de Penza; esa orfandad, la soledad hasta los trece años compartida solamente con la abuela, que lo consentía a pesar de ser una severa y arbitraria, formaron un carácter introvertido, poco optimista, pero al mismo tiempo susceptible a la expresión artística, a la belleza de las tradiciones legendarias, a la música del lenguaje popular.
 
En la infancia Lérmontov enfermaba a menudo y la abuela lo llevará tres veces a las aguas termales del Cáucaso,  viajando en un carromato a través de toda Rusia (Qué triste y grande es nuestra Rusia -podemos extender la frase de Pushkin leyendo Almas muertas). El viaje duraba tres semanas y la aparición de las montañas, después de las interminables estepas, produjo una impresión fuerte en el joven. Desde entonces el Cáucaso se transformó para Lérmontov en una fuente inagotable de inspiración, despertó en él un enorme interés por esos pueblos de georgianos, osetas, chechenos…
 
Y el destino quiso que hasta la muerte le llegara en el Cáucaso, muy pronto, en un duelo equívoco -así pensaron todos los que lo querían y valoraban su enorme talento.
 
Él se burlaba de la muerte -según dicen y recuerdan, durante el duelo, Lérmontov comía cerezas y escupía los carozos, altanero, como demostración de no creer en su final, que tuvo lugar el 27 de julio de 1841.
Un poema de él dirá:
 
A ti, Cáucaso, severo emperador de la tierra,
Dedico nuevamente este despreocupado verso,
Bendícelo igual que a un hijo y ofrécele
Una cumbre blanca de nieve.
Desde mi juventud están mis sueños
Encadenados a ti por un destino ineludible,
en el norte, en una patria extraña para ti,
soy tuyo de corazón, en todo lugar y para siempre.
 
Irina Bogdaschevski anota para concluir que le gustaría recordar las palabras de Antón Chéjov dedicadas al idioma dominado de Lérmontov:
 
No conozco idioma mejor que el de Lérmontov, por ejemplo en su relato “Tamán”. Por eso tomaría ese relato y lo analizaría oración tras oración, como lo hacen en la escuela, analizando sus distintas partes, cada forma de cada frase… Así aprendería a escribir…
Esto quiso Irina Bogdaschevski compartir con ustedes.
 
Fulvio y yo agregaríamos que trabajar en estos libros es justamente eso: mucho trabajo de la editorial añosluz y de nosotros. Esperamos que acompañen y disfruten de Retratos de Marina Tsvietáieva, el anterior libro de la colección, de estos escritos caucasianos tan genuinos de Lérmontov y que esperen los singulares y caprichosos dramas de Tsvietáieva que pronto editaremos.