28/05/2015 Harry Mathews

Una joya escondida (y recuperada)

En Veinte líneas por día, el escritor, poeta y ensayista estadounidense Harry Mathews no hace más que confirmar la idea, acaso poco romántica pero seguro nada demagógica, que un narrador (un artista) también necesita un orden antes que una disciplina para sentarse a escribir, abandonar las musas a su sino y componer un discurso consistente sin necesidad de abrevar en la idea de inspiración o de genialidad capaz de activarse con solo decidirlo.

Por Pablo E. Chacn



El libro, publicado por la editorial Mansalva, es el registro del cuaderno de bitácora de un escritor que cerca de terminar una novela, queda inhibido para rematarla y decide seguir el consejo de Stendhal en estos casos: veinte líneas por día, preferentemente de mañana, sobre cualquier cosa.
 
Por cierto, Mathews no es cualquier escritor. Es un hombre que conoce los caprichos del lenguaje, y que las convenciones protocolares -escolares- de muchos talleres literarios resultan una excusa para la expresión de los sentimientos que también muchos polígrafos consideran una verdad que merece reconocimiento.
 
Amigo íntimo de Georges Perec, Italo Calvino, Jean-Francois Lyotard y Raymond Queneau, entre otros, este hombre, nacido en Nueva York en 1930, dirigió, junto a sus colegas John Ashbery, Kenneh Koch y James Schuyler, la revista literaria Locus Solus, homenaje explícito al francés Raymond Roussel. Y formó parte del grupo OuLiPo.
 
En castellano, antes de este volumen, sólo se tradujo su novela Cigarettes. El diario de trabajo que acaba de rescatar Mansalva es la muestra (prodigiosa) de lo que es susceptible de hacer un tipo como cualquiera que no puede escribir lo que desea, y que se pregunta qué está diciendo entonces abandonado a una disciplina: porque no puede dejar de escribir.
 
Todas las mañanas -temprano, todas las mañanas- me tomaré diez minutos para concentrarme exclusivamente en la acción de sentirme ansioso  por no poder sentarme a escribir. El sentimiento de absurdo más rudimentario debería ponerme en marcha en el minuto número tres, escribe.
 
Desconfía tanto del espontaneísmo del alma bella que parece un escritor para elites. Disfruta con esa confusión (no mucho, por cierto): cualquier cosa que escriba cuenta mi historia sin que yo me dé cuenta. ¿Alguien está libre de banalidades?
 
Lo que estoy seguro de estar diciendo, aunque pertenezca a mi historia, no es la historia que en realidad estoy contando. Lo que estoy contando no es eso, no, tampoco eso. Sea lo que sea que cuente estará más allá (quizá solo más allá) de lo que afirme estar diciendo, así que no importa lo que está diciendo siempre y cuando siga hablando conmigo mismo (=escribiendo).
El resto es información, comunicación, propagando, periodismo.