21/03/2015 Tecnpolis

El poeta colombiano Juan Manuel Roca en el Encuentro de la Palabra

Horas antes de presentarse en el Encuentro de la Palabra, que comienza hoy y se extenderá hasta el 5 de abril, el poeta, narrador y periodista colombiano Juan Manuel Roca, se refirió a su obra en cuyos pliegues asoman los “nadies” del sistema, impugnados, seres fantasmales en quieres toma espesor el desamparo.

Por Jorge Boccanera

 
Roca (1946), es autor de una profusa obra en la que destacan los libros Esa maldita costumbre de morir (novela), y el ensayo Cartografía memoria. Luna de ciegos, Señal de cuervos, País secreto y Biblia de pobres (poesía); a los que se agregará en breve su antología personal Testigo de sombras que publicará la editorial local Patria Grande.

El diálogo con Télam del escritor “paisa” (nacido en Medellín) comienza por su viaje y los lazos que unen con Argentina: “El primer golpe lo recibí adolescente leyendo El hombre mediocre de José Ingenieros, el gran ensayista que previene contra el envidioso, porque ‘se confiesa subalterno’. Soy de Medellín, allí la banda sonora de la ciudad es el tango, la mayor poética de la música popular”, cuenta el poeta que hoy tendrá un mano a mano con el público argentino en Tecnópolis. 

“De acá he recibido bellas señales a través del arte y la cultura popular; recuerdo a Roberto Artl: “creamos nuestra literatura, no conversando sobre literatura sino escribiendo con orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”, a Gelman, a Borges -como narrador y ensayista-; Porchia y su talante ácrata; Pellegrini y sus ensayos leídos en mi juventud, me acompañan", señala.

T: En breve saldrá tu primer libro editado en Argentina, "Testigo de sombra"; ¿una antología es de algún modo un libro nuevo? 
R: Resulta difícil hacer, y por eso mismo también es algo estimulante, una antología personal; es algo así como revisitarse, como ser el voyerista de sí mismo, un arqueólogo de sus propias ruinas y huellas. Preocupa en esta tarea que uno se pueda enamorar del espejo, de nostalgiar o de buscarse donde ya no se está. Pero cuando se avanza por encima de estos prejuicios hacia el pasado, aparece un libro nuevo y la sorpresa inigualable de lo no pensado. 

De ese forcejeo con el cedazo salió "Testigo de sombras", un vago oficio o un intento por encender la oscuridad. Por tratarse de mi primer libro publicado en Argentina y por el hecho de entrar, gracias a la propuesta de mis editores en la estantería de las librerías argentinas, esto resulta para mí algo sin duda muy estimulante. 

T: Alguna vez hablaste del poeta como un pastor de abismos.
R: Sí, porque creo que el poeta es sobre todo un pastor de dudas; pastorea esos abismos, sus fantasmas, para traducirse a sí mismo. En la medida en que lo haga, quizá llegue a habitar en los demás. En ese camino aparecen vacíos que son los que intenta llenar el lenguaje.   

T: En tu poesía abundan las imágenes visuales, ¿esto tiene que ver con tu gusto por la pintura?
R: Creo que sí, hay poema, míos que son muy coloquiales, argumentales, pero hay también  un encuentro con la pintura de atmósferas, no tanto con las cosas figurativas. La diferencia entre  poesía y prosa está por el lado el ritmo y las atmósferas. Hay pintores del habla como Georg Trakl, que escribe pintando; sus poemas  parecen cuadros.  

T: Una galería de marginados recorren las páginas de tus libros: ¿son los excluidos socialmente? 
R: De alguna manera sí, es el vapuleado. Dentro de esa categoría entran muchos ‘nadies’, desde el Ulises de La Odisea a los N.N., los desaparecidos de mi país, los que llenan las fosas comunes. También el hombre corriente, el fantasma de carne y hueso con el que nos tropezamos en una esquina. Es nuestro ‘nadie’ y nosotros su ‘nadie’.

T: El especialista internacional Darío Azellini, escribió que Colombia, sobre todo durante el gobierno de Álvaro Uribe, fue un laboratorio de las guerras privadas, ¿coincidís con eso? 
R: Me suena no solamente creíble sino verificable. Creo que Colombia ha sido un laboratorio del horror; un país estratégico por su situación geográfica y de una gran riqueza, con dos mares, tres cordilleras y una sola clase dirigente y corrupta. Siempre digo que en Colombia la guerra viene después de la posguerra. 

T: ¿Qué expectativas tiene la gente con las conversaciones de paz que realizan desde hace 3 años el gobierno del presidente Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)? 
R: Por primera vez Colombia avanza de manera seria y eficaz en la búsqueda de un acuerdo para finalizar el conflicto con la guerrilla más antigua, las FARC, y se busca hacerlo con el ELN. Al principio de las conversaciones rondó el escepticismo, atizado por la extrema derecha guerrerista del país, por un cesarismo de viejo cuño o de claros visos patriarcales que encarna Alvaro Uribe. 

Se ha ido venciendo ese escepticismo, tan propio del país de Sísifo, un país que ha visto mil veces rodar la piedra para volver a subirla, y con larga práctica política en una bicicleta estática. Tengo como todas las fuerzas progresistas del país una firme esperanza en las conversaciones de La Habana. Y esto, a pesar de que mi más reciente libro publicado se titule “No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego”.

T: ¿Cómo se conjuga en tu escritura la poesía y la narrativa?
R: Creo que cualquier arte que no comporte una poética, difícilmente pueda llamarse arte. Mi novela, que en cierta medida se afilia a narraciones de Orwell o de Bradbury, es un homenaje al carácter libertario en pugna siempre con los ademanes hipnóticos del gregarismo, de la abolición del individuo.
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