22/01/2015 Exposicin

Retrato de familia

Los grabados de María Inés Tapia Vera nos muestran cómo lo cotidiano se vuelve mágico, mientras recorremos su producción en el espacio “La línea piensa” del Centro Cultural Borges.

Por Viviana Ponieman

      
  
Como un retrato de familia nos introduce en un espacio íntimo, nos abre las puertas de su hogar, de sus hijas, de su gato y de su historia.

Encantadores dibujos de las niñas pequeñas rodeadas de flores, jugando; el rastro del tiempo que transcurre a través de sus mellizas ya adolescentes, la lectura, la siesta, el rescate de la mirada particular de Gala. Obras que dan cuenta de una vida familiar plácida y dinámica a la vez..

Lejos de los envaramientos, no hay poses, ni miradas a la “cámara”, estos dibujos nos plantean una cercanía, ella retrata su familia, nosotros vemos la nuestra. Algo que a veces no sucede con la fotografía, y aquí surge una reflexión, una pauta para el rescate del dibujo, del grabado, técnicas nunca abandonadas por la artista, y a las que le imprime esa magia indefinible, ese rumor que nos provoca, que nos llama.

Mientras tiempo y misterio se suceden a través de estos dibujos y del crecimiento de sus mellizas.



Esta familia de artistas que a finales de 2012 sufrió la pérdida del padre y esposo, Eduardo Iglesias Brickles, también grabador y que con sus xilopinturas, no sólo encontró su registro expresivo, sino que de algún modo revitalizó la técnica.
Se conocieron como  discípulos y colaboradores de Aida Carballo, maestra que marcó un camino del grabado en nuestro país. Y seguramente allí  germinó el amor y una imaginería particular que los envolvió y los identifica con la xilografía.

La peculiaridad es que si bien se dice que los pintores siempre se pintan a sí mismos, porque es lo que más se conoce, en esta casa esto se manifiesta a través de la familia, y para colmo multiplicado por las gemelas.

Como si fuera un juego de espejos, entramos en el mundo de María Inés, poblado de señales, con un diseño sólido, un blanco y negro abigarrado, con fondos rebatidos donde la alfombra, la biblioteca, los almohadones son tan presentes como sus hijas o el gato.

Algunos trabajos de grandes dimensiones para esta técnica, nos recuerdan los afiches de los años 70, el Pop, y alguna tapa de disco de Jimmy Hendrix. Una línea segura, los negros planos que recorren los cuerpos, y los medio tonos transformados en colores brillantes, nos cantan “All you need is love”….

Otros podrían ser  ilustraciones de Alicia en el país de las maravillas, aunque aquí la maravilla es lo cotidiano, los afectos. La vida misma.

Donde fondo y figura comparten estelaridad en la precisión del grabado, que la artista ilumina a posteriori, el resultado admirables impresiones, que aunque recostadas en una técnica antigua, trasmiten una actualidad sorprendente.
En estos tiempos donde la fotografía y la reproductividad de las imágenes inunda las pantallas. Donde la imagen se deshace o se degrada, en busca de alguna subjetividad perdida. La artista hace un elogio del tiempo, de la paciencia, del oficio.

 Trabaja con modelo vivo, recurre al barroco sensual del “Art Nouveau”, a la geometría de los estampados florales de la gráfica en la “Belle epoque". En definitiva la mirada de una modernidad que rescató lo cotidiano, la vida diaria como objeto-sujeto artístico.

Como un contrapunto entre el vértigo contemporáneo, la exasperación de lo virtual, el reino de las "selfies". La artista se planta en otro lugar, desde lo mejor de las tradiciones y el oficio, desde la mirada que amasa el  pensamiento, repuja la materialidad, donde la imagen lo dice todo, no necesita de las palabras.  

Detenerse a mirar el buen dibujo, nos devuelve el aire fresco, nos revela algún secreto, un aliento de intimidad sin impostaciones, a través de una gestualidad meditada a fuerza de arañar o acariciar la madera con las gubias.

El escritor Guillermo David escribe en “La potencia de la paradoja”: “La xilografía cambió y se adaptó porque permaneció fiel a su esencia: la simpleza y rotundidad en el trazo, aunada a la nobleza de la madera que por su relativa maleabilidad transfiere su impronta a la estampa –su rugosidad, sus poros, su veteado- son marcas que en los grabadores de nuestra época relucen cuando a la maestría técnica se une la potencia del dibujo y la sutileza en el desempeño del color”.

“Si, como en el caso de María Inés Tapia Vera, además se le suma la capacidad de capturar con ojo avizor ciertas situaciones de una filigrana existencial ambigua, transidas de inconmensurables dramas íntimos, la conjunción produce obras inquietantes, prístinas y a la vez enigmáticas, que postulan la opacidad del mundo al mismo tiempo que alientan su interrogación crítica”. Concluye el curador del Museo Nacional del grabado en su texto.

Paradójicamente estos dibujos mediatizados por la técnica, despiertan nuestro interés como un salvavidas, un refugio ante el extrañamiento que suscita el bombardeo de imágenes. Y nos permite crear lazos con estas obras. Identificarnos.

Como si espiáramos por las ventanas abiertas o, como si la autora nos abriera la puerta de su casa, mientras nos acompaña  en un viaje de interioridad, y nos da un baño de belleza iluminada, a través de escenas y retratos de una intimidad familiar, a la vez universal, que se extraña y se agradece.


 
“Imágenes grabadas” de María Inés Tapia Vera se puede ver en el primer piso del Centro Cultural Borges, todos los días hasta el 22 de febrero.