16/01/2015 Osvaldo Quiroga

Medea: la verdadera mujer

¿Cuáles son las historias que la literatura se empeña en narrar? Para mí son aquellos relatos que escapan a los razonamientos lógicos. O mejor: son las historias que no dejan de producir sentidos, como es el caso de Medea. Porque Medea es mucho más que un personaje. Es un tejido de voces, una organización de planos superpuestos, un modo del discurso, un espacio abierto en el que se inscribe algo de la subjetividad humana.

Por Osvaldo Quiroga

Medea, el  libro de Christa Wolf que acaba de publicar El Cuenco de Plata, da cuenta de todo lo que gira en torno de esta mujer a la que Lacan no dudó en calificar como “la verdadera mujer”.  ¿Por qué el psicoanalista francés habrá pensado en ella de ese modo? Medea asesina a sus hijos para vengarse de Jasón, que ha elegido a otra esposa, mucho más joven que ella, con el único fin de estar más cerca del poderoso Creonte. Tiene razón Christa Wolf, la autora polaca que recibió premios tan importantes como el Georg Bûchner o el Schiller Memorial, cuando afirma: “De todas las mujeres siniestras, seductoras y transgresoras que alimentan el imaginario occidental, ninguna goza de una reputación más espeluznante que Medea”.  ¿Para Lacan la verdadera mujer será aquella que nada tiene que ver con la maternidad?
 
El libro que nos ocupa está estructurado a partir de las distintas voces que alimentan el mito: la de Medea, en primer lugar, pero también la de Jasón, capitán del Argo y esposo de la misma Medea.  Ella lo ayudó a llevarse el Vellocino de Oro y le dio dos hijos.  Antes Medea asesinó a su propio hermano con el fin de despejarle el camino al poder a su marido. Podríamos decir que Medea se enamoró locamente de Jasón. O que el amor de Medea por Jasón está más cerca de la pulsión de muerte que de cualquier otra cosa. Pero no son las únicas voces que se escuchan en el texto de Wolf. También se hacen visibles las palabras de  Agameda, que alguna vez fue discípula de Medea; de  Agamante, primer astrónomo del rey Creonte; de  Leucón, segundo astrónomo del rey Creonte, y  de Glauce, hija del rey Creonte. En el entramado de discursos que confluyen en “Medea” no podían  faltar otras voces que resultan sustanciales para entender  la conducta de la protagonista. La obra de Christa Wolf cabalga de manera admirable entre la novela y el ensayo.
 
 
“Esa mujer va a ser mi perdición”, dice Jason. Y agrega: “Medea será mi perdición, le dije con franqueza a Acamante. Él, siguiendo su maldita costumbre, no me contradijo, pero tampoco asintió.  Siempre esa fina sonrisa, siempre esa mirada llena de sobreentendidos, siempre esa forma de hablar suave, con la que quiere hacerme creer que ya no le sería tan fácil a nadie hacerme daño”. Medea es una seductora extraordinaria, como lo es Lady Macbeth o Salomé.  La primera vez que se encuentra  con Jasón, le grita “te voy a comer el corazón”. Frase enigmática, pero profundamente verdadera si sale de la boca de ella. Porque Medea cumple al pie de la letra. Primero enamora a Creonte y después lo destruye. Esto no significa que Jason no tenga otras maneras de destruir al prójimo y tampoco lo absuelve de su comportamiento moral, pero Medea es única a la hora de pasar al acto y cometer el abominable acto  de asesinar a sus hijos.
 
Medea se justifica, se revuelca en sus elucubraciones: “No hubiera debido dejar la Cólquida. Ni ayudar a Jason a conseguir su Vellocino. Ni convencer a los míos para que me acompañasen. Ni hacer aquella travesía larga y terrible, ni vivir todos estos años en Corinto, como una bárbara semidespreciada y semitemida. Los niños, sí, pero qué es lo que los aguarda. En este disco que llamamos Tierra no hay otra cosa, querido hermano, que vencedores y víctimas. Y ahora tengo ganas de saber qué encontraré al rebasar su margen”.
 
La Medea de Eurípides es fiel al mito. Por un lado ha sido capaz de asesinar a su hermano y traicionar a sus padres; por otro es la mujer despechada que aun en el centro de la desgracia es capaz de llorar por el crimen que va a acometer.  Su furia va contra Jasón y todo lo que él representa: “Te salvé, como saben cuántos helenos embarcaron contigo en la misma nave Algo, cuando fuiste enviado a dominar bajo el yugo los toros que exhalaban fuego y a sembrar el campo mortal.
 
Al matar a la serpiente que sin dormir custodiaba el áureo vellocino rodeándolo con entrelazados anillos, te ofrecí í luz de salvación. Yo misma, tras traicionar a mi padre y mi palacio, vine contigo a Yolco, con más resolución que cordura. Y logré eliminar a Pelias del modo más doloroso de morir, por mano de sus propias hijas, y destruí todo su hogar. Y, habiendo recibido ese trato de parte nuestra, ¡oh el peor de los hombres! Nos has traicionado y has contraído nuevo matrimonio, aunque tenías hijos”.
 
No bastan los argumentos racionales para entender a Medea.  Quizá por eso el libro de Wolf es tan importante: porque busca en el pensar poético una poética que sólo puede descubrirse allí, en el corazón mismo del sinsentido. La construcción de la madre como modelo de mujer  crece en el cristianismo y nos llega a través de la pintura cuyas figuras femeninas suelen ser hieráticas y despojadas de todo erotismo. Medea, en cambio, es una fiera. Una hembra deseante antes que una madre. Hasta en los últimos parlamentos de la obra de Eurípides ella sostiene que el que mató a sus hijos fue Jasón, aunque de ella haya sido la mano ejecutora.  “¡Oh hijos míos! ¡Como perecisteis por una locura paterna!”, dice Medea.  “No los aniquiló, en verdad, mi mano derecha”, responde Jasón. “No, sino tu insolencia y tu boda reciente”, concluye Medea. Para ella el crimen es obra de la conducta de Jasón.  No se hace responsable. La pasión, una vez más tan cerca de la muerte, ha sido más fuerte que cualquier otra consideración.
 
Finalmente, las preguntas que se hace la escritora Margarte Atwood después de leer la “Medea” de  Christa Wolf resultan dolorosamente contemporáneas  “¿Qué estarías dispuesto a creer, a aceptar, a ocultar, a hacer para salvar el pellejo, o sencillamente para permanecer cerca del poder? ¿A quién estarías dispuesto a sacrificar?
 
Digámoslo sin ambages: en el mundo contemporáneo abundan las Medeas y los Jasones.  Padres y madres que mandan a sus hijos a morir a las guerras que impulsan los vendedores de armas, mujeres y hombres asesinos capaces de cualquier felonía con tal de disfrutar del poder y del dinero. Medea, por qué no decirlo, es coherente con su deseo absoluto, irracional y brutal por un hombre. En ese sentido, y solo en ese, es la verdadera mujer a la que hace referencia Lacan.