23/10/2014 Marcelo Carnero

“Una de las violencias más fuertes es la alfabetización”

En La boca seca, el escritor Marcelo Carnero construye un universo distópico donde cantidad de personajes se dan cita en una época imprecisa, con alguna reverberación del desierto argentino antes de la nación, perseguidos, flagelados, instalados, ejerciendo sin piedad el poder de la cultura, la ciencia y la vigilancia.

Por Pablo E. Chacón

La novela, publicada por la editorial Mar Dulce, es la pieza de un poeta que ignora el consenso dominante en la literatura argentina preñada de buenas maneras éticas, militantes y retóricas.
 
Carnero nació en Buenos Aires en 1978. Publicó los libros de poesía Tratado de cuerpo, Sentido de la oración y Pequeño territorio de lo cierto.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
T : ¿Cómo podría situarse La boca seca: distopía rural, gauchesca, posapocalíptica, diario de una peste, nada de eso?
C : El texto habla de un mundo que excedió su borde, donde las relaciones sufrieron una regresión; y me pregunto si es posible un mundo en el que los roles no hayan sido pactados de antemano. También hay algo de la relación con el imprevisto que me sedujo a la hora de sentarme a escribir. Qué nos pasa en el punto límite como individuos, no como sociedad. Me gusta la idea de pensar en la intimidad de la reacción.
 
T : En la novela hay dos o tres personajes notorios. Vivi, la vieja; el inspector; la naturaleza misma. ¿Cuál era la idea que tenías cuando empezaste a escribir?
C : Cuando empecé a escribir el texto, y a lo largo del proceso lo confirmé, tenía la idea de no enfocar las cosas en un personaje central, sino que fueran varios los personajes importantes. Tal vez sentía que eso me daba la posibilidad de escuchar mejor las distintas voces que el texto me pedía. Eso me divierte, y es a la vez un desprendimiento, una incomodidad para el lector. No me gusta la idea de un lector pasivo, de darle una bolsa con miguitas para que marque el terreno y se guíe adentro del texto. Me gusta que se pierda un poco, que por momentos no sepa ni ir ni volver.

Con respecto a la naturaleza como una protagonista más, también tenía la sensación de que iba mejor con la imprecisión temporal que tiene el texto. Una naturaleza sobre la que el hombre parece haber vuelto a perder el control, si es que en algún momento lo tuvo, y regresa un poco a la idea que se tenía de la naturaleza en un período anterior al siglo xx. Y una vez más, pienso en la incomodidad del lector, entrando a un mundo en el que debe reubicarse, que no le es natural, sino más bien inestable, porque entiendo que esa inestabilidad, ese desubique es lo natural.
 
T : ¿Ecos del 2001, incluso de la actualidad, o de la saga de los primeros cristianos en esa parte donde el cura es protagonista?
C : Un poco de todo. Yo lo llamaría residuos, más que ecos. Me gusta la idea de trabajar con el desecho que va sedimentando. Considero que la realidad es un organismo lleno de transmisores rotos. La información que nos llega está demasiado intervenida, demasiado pasteurizada. Con esos recortes, con toda esa intervención, con ese residuo trato de escribir. Y trato de hacerlo desde la construcción de esa lengua, con todo lo que implica. Ahí también hay una apuesta, porque no quiero evadirme de la consecuencia que nace de esa intervención, de esa pasteurización. Lo que algunos autores llaman tartamudeo en la propia lengua, en mi caso, creo, es la búsqueda de escribir desde la sedimentación, desde el residuo.
 
T : Es una novela violenta. ¿Cómo pensás juega la violencia en la literatura argentina actual?
C : Creo que primero deberíamos definir violencia. Entre otras cosas, violencia, para mí, es cuerpo intervenido. A lo largo del texto aparece esa idea todo el tiempo: cómo el cuerpo está intervenido por la ciencia, la educación, la dependencia y la cultura. Eso se ve en cada forma de decir, de expresarse, en cada escritura. Una de las violencias más fuertes, creo, es la de la alfabetización. Me interesa la idea del que sobrevive a esa intervención u ordenamiento, para tener una escritura propia. Pero también por mi historia personal, me interesa el que no tiene escritura y no tiene más que la oralidad como muleta para apoyarse en el mundo. Y al no tener ese lazo, ese corset, pareciera que puede relacionarse mejor con lo mágico. Me interesa el extranjero, el que no tiene lengua y a falta de eso, inventa un espejo deformante.

Nací y me crié en un conventillo lleno de inmigrantes, en La Boca, donde la gente hablaba a retazos, como si estuviera poseída, una lengua que a veces era inclasificable. Ese era un mundo violento para el resto, sin los límites que impone la letra, la ley. Y pienso que la idea de violencia más instalada sigue relacionada a lo bárbaro, a lo salvaje, que pareciera ser el que no puede documentar su decir, su historia, su voz. Ahora bien, del recorte que yo puedo hacer de la literatura argentina actual, veo en algunos narradores, en algunos poetas, (hombres y mujeres) de qué manera llegaron a construir su escritura, de qué manera esa escritura está impregnada por sus historias, sus dolores, sus fracasos y sus alegrías. Me interesan esas escrituras, el trabajo que hacen sobre lo que no pueden obviar. Después hay escritoras y escritores que son como los muñecos de un gran ventrílocuo y han aprendido a ser hablados muy bien por una voz institucional. Esa pérdida de conocimiento me parece violenta.
 
T : Pero no es más (ni menos) violento que un texto de Lamborghini, Libertella, Echeverría. ¿Cómo diferenciarías esas escrituras y épocas de la tuya?
C : Las diferencias entre esas escrituras y la mía no sé sí puedo hacerlas. Y si pudiera no sé si me atrevería.
 
T : ¿Qué lecturas privilegiás? También creo que hay mucho humor negro.
C : Cuando era chico una de mis hermanas me regaló un libro y me dijo leé, todo lo que te llegue a las manos, porque es lo único que te va a sacar de acá. Éramos muy pobres, no había para comer, menos para libros, así que me lo tomé como un mandato. Trato de leer de todo y soy bastante caótico.  Y, pensándolo bien, tal vez de ahí sale esta idea de trabajar con el residuo. El humor también podría serlo. Dentro del texto me sirvió como un pequeño detonador. Porque es como cambiar el foco, o perderlo, medir las situaciones de otra manera, malentender entendiendo. Pienso que tenemos una relación tan dolorosa con el dolor, y a la vez el dolor duele tanto. Y el humor, es un revitalizador tremendo. Muchas cosas de mi vida estarían muertas si no hubiese podido reírme de mí mismo.