23/09/2014 teatro

Con algo de misoginia, brilla "La primera vez" de Michael Walczak

Alejandro Genes es adaptador y director de "La primera vez", una fresca comedia con fuertes toques de absurdo que muestra los vaivenes de una pareja joven que intenta su primer encuentro íntimo y puede verse en Patio de Actores, Lerma 568, los viernes a las 21.30.

Por Hctor Puyo

Michael Walczak, de cuya existencia no tenía información este cronista, es un polaco nacido en 1980 y al parecer uno de los dramaturgos más interesantes de su generación, en cuyo texto puede observarse algún atisbo de autores como Slawomir Mrozek y datos anteriores a la caída del Muro de Berlín.

Hay una repetición permanente de situaciones en las que él (Andrés Giardello) intenta acceder al departamento de ella (Marienn Perseo), pero eso que parece un ensayo interminable sufre constantes cambios debidos a las actitudes de la muchacha.

De ese modo ella es quien determina los hechos que van a seguir, que pasan por el desconocimiento, por la seducción, por una constante metamorfosis a la que el varón debe adaptarse si no quiere perder su objetivo.

En "La primera vez" se habla de cuestiones profundas como el amor, el reconocimiento del otro y la inquietud existencial, reflejada en el resentimiento que él manifiesta por una ciudad de monobloques inhóspitos entre los que no es difícil perderse.

Sólo que las razones y el raciocinio caen en saco roto cuando la chica fragmenta la acción y cambia las repeticiones, entre la atracción y el rechazo, en lo que en lenguaje sexista algunos llaman histeriqueo.

Eso debe provenir sin duda de la visión de Walczak sobre sus vínculos personales, al parecer una constante en su dramaturgia según informan sus biógrafos, y que se refuerza en el contundente final en el que lo subjetivo -si no la locura- salta a primer plano.

La versión porteña tiene la ventaja de contar con dos intérpretes profundamente conquistadores, con una Perseo que puede transitar lo adorable y lo enfermizo al mismo tiempo y un Giardello con maquillaje de payaso castigado, siempre al borde de la desesperación.

A ese dúo se agrega -¿en el original de Walczak o en la versión de Genes?- una suerte de ayudante de escena (Antonela Marcello) de significativa presencia como ángel embarazado, que tanto sirve para refrendar algún parlamento como para marcar separadores cantados entre escenas, con una apreciable voz de contralto inclinada al blues.

El trabajo del director y adaptador Genes -que utiliza el texto traducido por Elzbieta Bortkiewicz- es de una comprensión cabal del mecanismo escénico, con recursos que remiten a ejemplos clásicos del teatro del absurdo, al tiempo que no pierde la noción del ritmo y el desplazamiento de sus criaturas.

Hay por supuesto un fondo de misoginia, o por lo menos la manifestación de la incomprensión del otro/a que puede vincularse a un concepto sartreano pero también bordear aquellas valoraciones que manifestaba el venerable y conflictivo August Strindberg sobre la imposibilidad varonil de conocer el alma de las mujeres.

Lo cierto es que el espectáculo está armado con gran conocimiento del fondo y la forma y en ese sentido se lucen la iluminación de Ricardo Sica, la práctica escenografía de Florencia Tutusaus y sobre todo el vestuario de Martina Cazaux.