09/09/2014 "El sexo de las piedras"

Un poemario recupera voces y silencios de la familia Oesterheld

El sexo de las piedras es la ópera prima de Fernando Araldi Oesterheld, un poemario surgido de la aparición de un cuerpo, el de su padre asesinado en dictadura, que funciona como sedimento de un proceso de reconstrucción personal o cartografí­a familiar surreal, capaz de reunir en un mismo territorio las voces de su madre y abuelo desaparecidos, Diana y Héctor Germán Oesterheld.

Escribo como puedo y no como quiero, me encantarí­a otra cosa pero simplemente no, escribo como puedo", se presenta a Télam el autor de esta edición de Mansalva, que en palabras del prologuista Arturo Carrera es "un acercamiento forzoso al goce de otras vidas", "pura memoria", registro emocional de la personal experiencia del sobreviviente.

"Se te quedó enganchado el barrilete en la cabeza cuando eras un niño/, después creciste y el barrilete se incendió en tu pelo largo", se lee en una de las páginas donde el joven poeta recuperó versos escritos por su madre antes de ser secuestrada, a los 24 años en 1977, y que permanecieron guardados en la casa de Martínez que vio nacer a "El eternauta".

"Pero sólo soy de sombra, pero sólo soy admitida por la/ risa más idiota de la sombra -completa él esas lí­neas, poniéndose en la voz de Diana-, estuve atada a un coma matinal. mi vientre llora. mi/ vientre enfrí­­a. mi vientre no deja pasar el color". 

"Lo que está encomillado es como si lo dijera ella, pero es mío­", señala Fernando, con 39 años es el único sobreviviente, junto a su abuela Elsa y un primo, de la familia mutilada tras el golpe de Estado de 1976: "Me encontraron debajo de una cama en la casa de donde se llevaron a mi madre", lo transcribe Carrera en el prólogo.

Además de haber tenido que reconocer en 2011 el esqueleto de su padre, Raúl Araldi, ante el Equipo Argentino de Antropologí­a Forense (EAAF) y de dar su sangre al Banco Nacional de Datos Genéticos por presumir la existencia de un hermano apropiado, los cuerpos de su madre, sus tí­as Beatriz, Estela y Marina y su abuelo continúan sin aparecer. 

En julio de 1976 Diana escapó de una patota policial en Tucumán que entregó al niño a Casa Cuna, pero fue secuestrada y desaparecida días más tarde, con 23 años y un embrazo de seis meses; mientras que a Raúl, conocido como Capitán Pocho entre los Montoneros donde militaban juntos, lo mataron en agosto de 1977, a los 30 años, al norte de San Miguel de Tucumán. 

"Dije 'voy a hacer algo que no tenga nada que ver con mi historia' pero salió esto. En ese sentido digo 'escribo como puedo' -se sonríe-, digamos que empecé a escribirlo cuando me dijeron que encontraron el cuerpo de mi viejo y arranqué terapia por primera vez en mi vida, a los 36 años".

Esa noticia, repasa, "fue algo que vino bastante de la nada, pero el deseo siempre está, no es que estás preparado para que ocurra, pero sí­­ contemplás la posibilidad de que pase. Y no es esperanza, es lo que tiene que ser. Fue como: aparece ese cuerpo y sale esto. Toman forma mi viejo y el libro".

Así, este joven delgado e inquieto, que llega vestido de negro y conduciendo una moto, dio forma a la quietud del extenso poema con interlineados en cada página que funcionan como silencios, "algo que está bueno porque algunas frases son muy intensas y necesitás un poco de tiempo, como tomar aire para seguir".

Frases o versos como "yo no vi,/ otra humedad convertida al sexo de las piedras,/ la sangre láctea que no se intuye en la secreta/ manera de hacer".

El poemario incluye "un cuentito de mi abuelo, 'Ciencia', que encajaba perfecto y por eso lo metí­", agrega el escritor antes de leer unos fragmentos.

"En algún lugar hay un cristal muy pequeño y muy extraño (...) Para encontrarlo hay que examinar grano por grano la arena inacabable. Sabés (...) que cuando lo encuentres y trates de recogerlo se disgregará y sólo te quedará un poco de polvo entre los dedos. Sabés todo eso. Pero buscás igual".

Ese texto "es muy revelador -remarca-, es la historia de la familia, qué se yo, recuperar los huesos, los chicos que nos robaron... mi abuelo en realidad no necesita ninguna voz, la recontratiene, pero me vení­­a bien para acompañar, para que estén todos presentes".

A esos escritos los encontró "de pendejo-grande", rememora, en casa de su abuela Elsa, "me llamaban mucho la atención las poesías de mi vieja, las cartas y los manuscritos de mi abuelo. Si bien sabí­a todo, fue como un martillazo porque de escuchar historias sobre mi mamá me encontré leyéndola sin intermediarios".

"Fue increí­ble que todo eso me haya empujado a hacer lo mí­­o, más que encontrarme con la familia fue encontrar mi lugar en el mundo. No lo digo como algo metafórico, encontré que me siento bien sentado escribiendo, como un poco de quietud, un espacio donde estar", se despide.

Nietos, historias con identidad - Fernando Araldi Oesterheld