26/07/2014 Filosofía

“El enamorado incumple el ideal hiperconsumidor que esta sociedad alienta"

En Adiós, historia, adiós y Amo, luego existo, el filósofo y columnista español Manuel Cruz despliega una suerte de teoría de la memoria capaz de proyectarse hacia el futuro, de la cual el sujeto enamorado es un paradigma, por estar menos atado al instante y resultar una complicación a la lógica de la rentabilidad compulsiva alentada por el capitalismo de última generación.

Por Pablo E. Chacón


Los libros, uno publicado por el Fondo de Cultura Económica y otro por la editorial Eudeba, encuentran un articulado en la hipótesis de la subjetivación provocada por el amor, que emerge como un acontecimiento incalculable.
 
Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, donde nació en 1951. Publicó, entre otros libros, Las malas pasadas del pasado, Acerca de la dificultad de vivir juntos y Cómo hacer cosas con recuerdos. Amo, luego existo se alzó con el premio Espasa de Ensayo 2010.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde su ciudad natal.
 
T : ¿Cuál es la tesis central de Adiós, historia, adiós? Lo pregunto porque en América Latina pareciera haber una reivindicación de la historia, o mejor, una reivindicación selectiva de la misma, por derecha y por izquierda.
 
C : En alguna ocasión he utilizado la fórmula, tal vez un tanto presuntuosa, recordamos mal, para llamar la atención sobre el hecho de que nuestro problema no es el de si el pasado está más o menos presente sino la modalidad de dicha presencia. Porque, pongamos por caso, una evocación puramente conmemorativista de lo ocurrido nunca ha dejado de existir. Incluso cabría afirmar que el conmemorativismo es uno de los rasgos distintivos de los regímenes autoritarios europeos de entreguerras. Creo que uno de los rasgos más característicos del imaginario colectivo actual es el hecho de que nos desentendemos de la historia como fuente de lecciones, como fuente de conocimiento que ilumine nuestro presente y permita proyectarnos hacia el futuro. En ese sentido, determinadas reivindicaciones selectivas de la historia, lejos de refutar mi tesis, la reafirman. De la misma manera que la reafirman todas esas intervenciones en el pasado que, en realidad, lo consideran un mero parque temático destinado a ratificar nuestro convencimiento de que nada tenemos, en realidad, que ver con él, y que si vale la pena visitar es precisamente para ratificar nuestra extrañeza.
 
T : Es posible articular este libro con su volumen anterior, dedicado a ciertos modos del amor que por cierto han cambiado con el paso del tiempo?
 
C : Probablemente la pasarela para transitar entre ambos textos la constituya el hecho de que la experiencia amorosa representa uno de los vehículos más importantes de subjetivación. Cuando nos enamoramos emergen dimensiones de nosotros a menudo desconocidas incluso para nosotros, de la misma forma que entramos en una relación intersubjetiva (con la persona amada) de una intensidad infinitamente superior a cualquier otra forma de intersubjetividad. Pero esto, claro está, se da en la historia. No de una forma meramente circunstancial, como si la época fuera simplemente el diferente telón de fondo para una realidad que permanece, en el fondo inalterable, siempre igual desde el origen de los tiempos, sino porque la historia nos hace de una u otra manera y, en esa medida, configura nuestras relaciones. Las expectativas amorosas de los hombres y mujeres de nuestra época en aspectos sustanciales tienen poco que ver no ya con las de la Edad Media, sino con las de nuestros abuelos. Pero, al mismo tiempo, eso no significa que no podamos aprender de esas mismas experiencias de nuestros antepasados (por eso podemos leer y emocionarnos con la poesía amorosa de hace un siglo). El error equivalente al señalado en Adiós, historia, adiós sería el adanismo en materia amorosa. Es decir, que actuáramos también en el amor como esos adolescentes que se creen los inventores de lo que ellos descubren por vez primera.
 
T : Usted dice que la Ilustración incuba sus propias armas críticas. ¿Cómo pensar, hoy, ahora, entonces, aquella expresión de Adorno sobre la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz?
 
C : En clave poética, como la de Sartre cuando señalaba que frente al sufrimiento de un niño, ninguna obra de filosofía tenía el menor valor. Pero eso no le impedía escribir sesudos textos sobre Baudelaire. Creo que fueron precisamente Adorno y Horkheimer quienes mejor señalaron en qué medida el modelo de razón de dominio consagrado por la Ilustración está en el origen de muchas de sus patologías. Pero habría que añadir, para ser justos, que también en ella se encuentran los antídotos frente a las mismas, como se hace evidente cuando uno constata el auge de los fundamentalismos y fanatismos de todo orden a los que sola un adecuado uso de la razón (no de una razón unilateral, por supuesto) puede hacer frente. En todo caso, si es cierto que el sueño de la razón produce monstruos, es en la vigilia de la misma cuando se les puede combatir eficazmente.
 
T : ¿Y cómo pensar las tesis de Fukuyama y de Huntington sobre el fin de la historia después del 11/S?
 
C : Alguna vez he escrito (en un artículo aparecido, por cierto, en un diario argentino) que durante un tiempo Fukuyama tuvo razón. En efecto, llegó un momento en el que el capitalismo aparecía como un modelo irrebasable, que había acabado con su gran alternativa histórica, el socialismo, quedándose solo en el escenario de la historia. Afirmar, en ese escenario, el final de la historia tenía, además de un importante componente ideológico, mucho de descriptivo. Pero ya no estamos ahí. Aunque no haya emergido un modelo alternativo, otro modo de producción y de organización política capaces de sustituir al capitalismo y a la democracia liberal, lo cierto es que estos ya han dejado de verse como realidades inmodificables y, sobre todo, insuperables. Más bien al contrario, en la primera década de este siglo se ha demostrado su profunda fragilidad y, sobre todo, su incapacidad para ofrecer un modelo de vida buena para amplias mayorías.
 
T : A cien años del desencadenamiento de la Gran Guerra, ¿qué piensa un especialista en historia sobre la exacerbación de la violencia en sociedades que de hecho no están en guerra?
 
C : Que expresan la existencia de un profundísimo malestar que busca diferentes formas de salida y de expresión. Transparentan un orden social injusto, fuente permanente de desigualdades, por añadidura crecientes. Si a esto le añadimos el fracaso de las utopías, el hecho de que haya desaparecido de nuestro horizonte colectivo la esperanza de una transformación radical de lo existente que acabara con la fuente de todas las injusticias, nada tiene de extraño que muchos consideren que el único vehículo para dar rienda suelta a su desesperación es la violencia.
 
T : Finalmente, quería preguntarle sobre el estado de excepción teorizado por Carl Scmitt y Giorgio Agamben, si ese es el paradigma bajo el cual podría entenderse la sociabilidad contemporánea, y si así fuera, cuáles son las posibilidades para el encuentro amoroso en semejantes circunstancias.
 
C : Aunque no se acepte por completo el paradigma del estado de excepción, lo cierto es que la vida se ha endurecido en nuestras sociedades de una manera extraordinaria. La lógica del capitalismo (cuyos valores supremos son la competitividad, el beneficio, la rentabilidad) ha terminado por afectar a todas las esferas de lo real sin excepción. Ninguna se escapa de su influencia, ni siquiera las tenidas por más intimas. En ese contexto, el amor se ha ido haciendo crecientemente disfuncional desde todos los puntos de vista. Incluso desde el de la posibilidad del encuentro amoroso para unas personas cada vez más entregadas a la actividad productiva, sin margen para ninguna otra cosa. Pero el enamorado incumple desde todos los puntos de vista el ideal hiperproductivo e hiperconsumidor que esta sociedad alienta. Nada le importa más que su amor y nada necesita más allá de la mera presencia de la persona amada. Todo un estorbo, en definitiva. 
etiquetas