11/07/2014 Historia

Patria grande, patria chica

La integración latinoamericana requiere una exploración de la historia de la región que no achate las particularidades de cada país y que permita pensar y comprender el espacio común, con sus similitudes y diferencias.

Gabriel Di Meglio

Por Gabriel Di Meglio


“¿Cómo puede ser que chiflen tanto? ¡Somos latinoamericanos y jugamos con un europeo!”. El posteo en Facebook durante el entretiempo de Argentina-Suiza parecía expresar una indignación genuina ante la actitud del público paulista hacia la selección albiceleste. En seguida le recordaron que la rivalidad deportiva con Brasil es mayor a otras fidelidades, pero para quien lo escribió, que proyectaba lo ocurrido más allá del fútbol, era un atentado a la integración continental.

El pequeño episodio habilita una reflexión sobre qué se quiere con la integración latinoamericana como proyecto. Obviamente sería ilusorio y hasta ocioso buscar evitar las tradicionales rivalidades futbolísticas, pero no lo es discutir si lo que se desea es avanzar hacia una unión a la europea, con predominio del sector financiero y una laxa construcción identitaria, o ir en cambio a una suerte de confederación sin coordinaciones generales pero con acuerdos económicos y solidaridades defensivas ante conflictos con otros bloques (cerca de lo que ya está esbozado en la actualidad), o avanzar, como quieren otros, en la construcción de una suerte de nueva nación, la “Patria Grande”, que aglutine a las naciones como componentes, del mismo modo que éstas crearon una identidad que unificó a distintas provincias y que éstas hicieran lo propio con pueblos en su interior.

Algunas de las voces más entusiastas a favor de una integración la proponen en términos esencialistas: Latinoamérica tiene un mismo origen y compartiría una cultura común, idiomas latinos, una religión mayoritaria y muchos rasgos semejantes. Sin negarlo, es evidente que eso en sí mismo no quiere decir demasiado, salvo para miradas idealistas. No existe América Latina per se, salvo como proyecto, como apuesta. Es mucho lo que une a los países de la región pero también es mucho lo que los separa, desde las identidades nacionales que para crearse debieron enfatizar las diferencias mutuas, hasta la innegable constatación de historias distintas, sociedades diferentes, culturas políticas disímiles; basta comparar el funcionamiento político de cinco vecinos, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil, bien distante uno de otro, para entender bien a qué me refiero.

Puesto que las historias son variadas y complejas, cualquier propuesta integracionista, si quiere ser exitosa, debería pensar no sólo en enfatizar lo común sino en comprender las diferencias. Y eso nos lleva a estudiar, a explorar, las historias de los otros, algo que en general se hace poco en Argentina fuera de los ámbitos especializados (y lo mismo pasa en los otros países latinoamericanos con la historia de los demás).

Ahí el obstáculo es el nacionalismo. Si se quiere destacar el nacimiento de una nación se tiende a estudiar su independencia, por ejemplo, no como parte de un proceso general que fue el mismo para toda la región, sino como algo diferenciado, aislable, y luego sí se estudia (tal vez en otra unidad escolar) lo que pasó en el resto del continente. Nada desintegra más.

Otros dos riesgos, que incluyen muchas veces al más cuidadoso mundo “académico”, son en primer lugar tomar a la propia nación como ejemplo de América Latina; decir que lo que ocurrió en México sirve como parámetro para entender cualquier otro lugar del continente. O hacer la operación contraria y destacar la excepcionalidad de la propia nación, que no se ajusta a un supuesto modelo nunca claramente explicitado: por ejemplo, Argentina como país con mucha inmigración y por lo tanto más “europeo” que el resto, Brasil como país sin una larga guerra de independencia y desde entonces con menor conflictividad política que los demás, Chile como ordenado tras independizarse y desde entonces país “estable”, y así. Todos mitos, con asidero empírico solo parcial.

Por ese camino cualquier idea integracionista se complica. Lo deseable es en cambio abordar la historia de la región en conjunto, destacando cómo se fueron delineando las similitudes y las diferencias. Eso exige incluir más la historia de otros países en las currículas escolares y en las preocupaciones más generales. Entender nuestra propia historia no nos habla de la del vecino necesariamente. Y solemos saber poco de ella: varias veces hice la prueba de preguntar a estudiantes universitarios de historia, antes de que cursen las materias sobre América Latina, la mención de dos personajes históricos (no contemporáneos) de cada país circundante y en pocas ocasiones se cubrió el cupo. No son falencias individuales sino que hablan de un estado de las cosas.

Esto no quiere decir, claro, que tengamos que dejar de estudiar la historia europea (como alguna vez escuché), sin la cual esta región es incomprensible, o la de otros espacios del mundo que también necesitamos para crear contextos y entablar comparaciones. Pero sí es importante no aplanar la historia general y rescatar las especificidades sin por eso construir falsos excepcionalismos. Hubo momentos en que casi todo el continente siguió patrones comunes, como pasó con las omnipresentes repúblicas oligárquicas y agroexportadoras de fines del siglo XIX o con las abundantes dictaduras militares de los años 60 y 70 del siglo XX; pero al  enfocar más cuidadosamente en cada caso resaltan las diferencias con los demás.

Para evitar simplificaciones y reduccionismos que nos llevan a incomprensiones necesitamos ir más a fondo, explorar las historias de nuestros socios, vecinos, hermanos, primos o como quiera llamárselos. Parafraseando al gran intelectual uruguayo Carlos Quijano, si queremos integrarnos, primero tenemos que conocernos.