Opinión

14-05-2014 06:37 - Elecciones en la Unión Europea

El Viejo Continente elige presidente

Entre el 22 y el 25 de mayo, los 28 países que componen la Unión Europea van a las urnas para votar los diputados del Parlamento Europeo. Pero esta vez, además de las bancas, el resultado electoral determinará quién será el encargado de dirigir la Comisión Europea, algo que hasta el momento se acordaba a puertas cerradas. 

Por Federico Vzquez
Por Federico Vázquez
14-05-2014 | 06:37
Telam SE


En dos semanas Europa va a tener, por primera vez en su historia, algo parecido a un Presidente. Cabe una aclaración un tanto farragosa: los ciudadanos europeos votan, cada cinco años, a diputados de cada uno de los países miembros, para conformar el Parlamento Europeo, que se encarga de legislar sobre los asuntos regionales. Las distintas fuerzas nacionales conforman, en el Parlamento Europeo, bloques ideológicos transversales a los países. Es decir: los legisladores españoles del PSOE arman una misma banca con los del Partido Socialista francés, los socialdemócratas alemanes, los laboristas ingleses, y así. Mientras que los legisladores españoles del PP lo hacen con el CDU de Ángela Merkel y el UMP de Sarkozy.

Una vez constituido, ese Parlamento elige a ciertos miembros para conformar la Comisión Europea, que viene a ser el órgano ejecutivo de la Unión Europea. El Parlamento, además, elige al Presidente de esa Comisión. Hasta ahora, ese Presidente salía de los acuerdos y votaciones al interior del Parlamento, y los ciudadanos europeos la miraban de afuera. Esta vez, las distintas fuerzas políticas decidieron acordar de antemano quienes serían sus candidatos a presidir la Comisión y presentarlos a los votantes. De esta manera la “familia” socialdemócrata lleva como candidato a Martin Schulz y la conservadora a Jean-Claude Juncker. La izquierda, tiene como referente al griego Alexis Tsipras, y la ultra derecha a la francesa Marine Le Pen. 
 
La idea es que, si bien la elección del Presidente de la Comisión seguirá siendo del Parlamento, al conocerse los nombres que van a impulsar cada bancada, los ciudadanos, indirectamente, van a estar eligiendo a quien ocupe ese puesto. Y la intención, en definitiva, es darle así una mayor legitimidad a quien tenga que conducir la integración de Europa en los próximos cinco años.

Este súbito arranque democratizador tiene una explicación. Europa lleva ya cinco años de crisis económica ininterrumpida y el miedo es que las próximas elecciones dejen asentado lo que muestran todas las encuestas: la apatía política generalizada, que hace temer que menos del 50% del padrón electoral concurra a las urnas. Y la Unión Europea necesita revalidar títulos de legitimidad democrática en tiempos donde sus autoridades se la pasan pidiendo ajuste sobre ajuste a las sociedades de los países menos prósperos. “Elegir” al Presidente de la Comisión vendría a funcionar como un aliento para que la gente acuda a las urnas. Habrá que ver, no parece un premio muy atractivo.
"Hoy, a 15 años del nacimiento de la moneda común, los resultados quedan a la vista. En vez de una región más equilibrada, la Unión Europea construyó realidades paralelas, en simetría con la clásica división internacional entre el Norte y el Sur."

Como sucede desde hace ya un tiempo, lo políticamente correcto es la indignación por el crecimiento de los partidos de extrema derecha, que tiene en común una impronta anti inmigrante, pero sobre todo anti europeístas. Algunos proponen terminar con el Euro, casi todos volver a una política de soberanías nacionales y poner freno al avance de instituciones regionales. Según lo que dicen las encuestas, es muy probable que Le Pen salga primera en Francia. Otro tanto podría pasar con el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) que hace unos días desplegó afiches en Londres con la leyenda: “¿Quién maneja realmente este país? El 75% de nuestras leyes ahora se hacen en Bruselas.”

En países sin representaciones tan extremas, como España, se espera que el descontento con Europa lo coseche la izquierda, que podría levantar la puntería por arriba del 15%. En Grecia, todavía bajo el shock de las medidas de ajuste que impuso “Troika” (como se llama al triunvirato de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI) el partido de Tsipras también puede ganar muchos votos.

En definitiva, aún si se salva el primer escollo de la asistencia a las urnas, es muy probable que  un porcentaje importante de los europeos voten a dirigentes que quieren menos Unión Europea.

¿Por qué ocurre esto? Detrás de la “crisis”, no todos son iguales. Estos cinco años desde la hecatombe financiera de 2008, dejaron a la vista un proceso lento, pero que tuvo siempre la misma dirección. En 1989, cuando Alemania dejó de estar partida en dos mitades y, sobre todo, “intervenida” por las potencias mundiales de la guerra fría, empezó -una vez más- el proceso de recomposición del poder germano al interior de Europa. Esta vez, por suerte, el ánimo expansionista estuvo centrado en la economía: Alemania unificada se transformó en un gigante regional, con capacidades industriales y comerciales inigualables para el resto de los socios europeos.  Sólo un par de números: Alemania es, detrás de China, el país más exportador del mundo. Mientras todos sus vecinos de la Unión atraviesan penurias, Alemania tiene un superávit comercial del 7% del PBI. Una enormidad. A lo que hay que agregar que en su gran mayoría corresponde a bienes industriales, con mucha inversión en tecnología e investigación.
Al mismo tiempo, en los países del sur y el oriente de la Unión se expande el desempleo, los estados necesitan pedir préstamos al Banco Central Europeo y las políticas de ajuste están a la orden del día, con independencia de quien gobierne.

El “relato” alemán de porqué ocurre esto es simplón: el espíritu teutón les permitió no sólo superar casi medio siglo de división nacional, sino que durante los años 90 tuvieron el coraje de hacer reformas laborales y sociales que aumentaron la competitividad de su industria y, diez años después, comenzaron a disfrutar de esos sacfricios.

Sin embargo, esa tesis es contrapuesta con el hecho de que los salarios alemanes distan de ser africanos y los impuestos que cobra el estado son propios de un país desarrollado, con alto nivel de inversión social, educativa, tecnológica, etc. Lo que falta en ese relato es que Alemania encontró en el crecimiento de China y otras economías emergentes nuevos y enormes mercados para sus exportaciones industriales. Estos países en poco tiempo pasaron a necesitar maquinarias, infraestructura y todo tipo de bienes de capital para sostener el crecimiento de sus economías internas, lo que fortaleció aún más el frente exportador de la industria germana. Es decir, el “milagro” alemán no se sostuvo, como ahora quieren convencer a sus socios pobres de Europa, en la flexibilidad laboral interna u otros mecanismos de ajustes, sino en fortalecer las ventajas que ya tenía su sector económico más dinámico.

A lo que hay que agregar que, mientras ocurría este cambio en la economía mundial, Berlín tuvo la habilidad y la fuerza para construir el armazón de la Unión Europea y el Euro a partir de su situación particular, antes que desde las necesidades del resto de los países que eran estructuralmente distinta.

Hoy, a 15 años del nacimiento de la moneda común, los resultados quedan a la vista. En vez de una región más equilibrada, la Unión Europea construyó realidades paralelas, en simetría con la clásica división internacional entre el Norte y el Sur. De hecho, geográficamente es así: Alemania, Finlandia, Dinamarca o incluso Inglaterra viven problemas típicos de países híper desarrollados, con sociedades cohesionadas y economías entre pujantes y amesetadas. Por el contrario, el Sur (España, Portugal, Italia, Grecia y buena parte de los países del Este, incorporados en la última década) está desde hace cinco años sometido a terapias de shock, con economías muy endebles, más vinculadas al turismo o a productos primarios o de bajo valor agregado.

El crecimiento del voto “euroescéptico” surge tanto en los países del Norte, como los del Sur, aunque por motivos inversos. En el primer grupo, las fuerzas conservadoras y de extrema derecha representan a sociedades reacias a financiar cualquier solidaridad continental, refugiándose cada vez más en identidades nacionales, vistas como barreras de contención a todo lo malo que trae Europa. En el segundo grupo, donde no casualmente tienden a crecer expresiones anti europeas, pero de izquierda o anti sistema (como Grecia, España o incluso Italia), la reacción negativa se funda en que los beneficios de pertenecer tienen, cada día, menos privilegios. 

En dos semanas se verá qué marca el termómetro electoral sobre este mapa desalentador. Los cinco años de crisis económica (que mejor sería llamarla “concentración geográfica de la riqueza”) parecen haber abierto una crisis política de la misma escala continental.

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